El decreto

En el pueblo de Lubavitch, el mes de Elul estaba llegando a su fin…

decretoLos vientos de teshuvá (arrepentimiento) soplaban a través del pueblo durante treinta días, ayudando a todos a perfeccionar su servicio espiritual. Más Tehilim ( Salmos), más caridad, más estudio de Torá. La preparación alcanzó su clímax.
La caída de sol señaló el principio de un nuevo año. Miles de Jasidim llegaron al pueblo, ávidos de pasar Rosh Hashaná con el Tzemaj Tzedek, Rabi Menajem Mendl, el tercer Rebe de Jabad-Lubavitch. Entraron en el shul (Sinagoga) del Rebe. Un enorme silencio se produjo cuando el Tzemaj Tzedek entró. Milagrosamente, se abrió un camino, y el Rebe llegó a su lugar, y Maariv, el servicio de la noche, empezó.
Era un Maariv inusual. El Tzemaj Tzedek parecía angustiado. Sus oraciones se imbuyeron con un fervor extraordinario, como si – si fuera posible – fueran más fervientes que un Rosh Hashaná ordinario. El temor y miedo se apoderaron de cada corazón. Es el momento en que “los ángeles tiemblan, el terror los ase, y ellos exclaman: ” el Día de Juicio está aquí” Los Jasidim duplicaron su concentración, intentando despertar la misericordia Divina desesperadamente. Todos sentían que algo anormal estaba en el aire.
Esa noche después de la Tefilá, el Rebe se unió a su familia en la comida festiva. Aunque los Rebes generalmente minimizaban toda la charla en Rosh Hashaná, el Tzemaj Tzedek en esa oportunidad habló durante la comida. Discutió los eventos actuales en general en la capital, los nombres y rangos de los diferentes ministros y la situación política. Rabi Iehuda Leib-uno de los hijos del Rebe- comentó: “Él está realizando maravillas en Petersburg en este mismo instante”
El Tzemaj Tzedek se refirió a todo lo ocurrido en la capital y se concentró en ciertos ministros y sus roles. De hecho, todo parecía más minucioso que otros años.
El día de Rosh Hashaná amaneció y los Jasidim llenaron el shul del Rebe. De nuevo las Plegarias del Rebe los penetraron con emoción. Después de que la Tefilá de la mañana finalizó y la Lectura de la Torá concluyó, todos se prepararon para la mitzvá del Shofar.
Un sentimiento de temor envolvió al shul cuando los hijos del Tzemaj Tzedek se pararon alrededor de la bimá, cada uno en su lugar designado. El Tzemaj Tzedek terminó sus preparativos para tocar las tekiot (sonido del Shofar). Su cara brillaba cuando cantó suavemente para sí mismo, sus ojos cerrados en una concentración profunda. ¡De repente su voz resonó a lo largo del shul: ¡Mi corazón! Un Salmo…”
El pánico se apoderó de la congregación y las lágrimas fluyeron libremente. Algún mal decreto incitó la extraña exclamación del Rebe, sin duda, y los gemidos llenaron el lugar. Todos los corazones estaban abiertos y receptivos. La congregación recitaba el Salmo 47 siete veces como es requerido y el Rebe empezó a hacer sonar el Shofar…
El ministro Suvorin, de Petersburg- la capital, estudió su imagen en el espejo que adornaba las paredes de la antecámara del zar. Estaba esperando su cita fijada con Su Majestad. En su mano tenía el documento en el que había invertido tanto trabajo. Involucraba al gran Rabino, aquél que llamaban el “Tzemaj Tzedek.”
Era intolerable que un Rabino tuviera todo ese poder, con todos sus seguidores desparramados por la Rusia Blanca. Su poder residía en su lugar de residencia, un pueblo pequeño, lejos de los ojos de los denunciantes gubernamentales.
El Rabino sería obligado a mudarse a Petersburg o Kiev. Sus seguidores pensarían dos veces antes de visitar a su Rebe en una ciudad grande. Los seguirían fácilmente. Él tenía el documento oficial en su mano: todos lo que necesitaba era la firma del zar.
Suvorin miró fijamente por la ventana. Había problemas últimamente – el enojo estaba apoderándose del populacho, y él era el principal culpable. Dos nuevos decretos habían provocado la ira de los residentes de Petersburg. Después de todo, sus intenciones eran puras.
No se permitía fumar en las calles de la ciudad; era desaliñado. No se vendería más carne dentro de la ciudad; la bonita capital no sufriría por el olor de la carne. El Ministro Suvorin, haría de Petersburg, la capital más hermosa del mundo.
Un sirviente entró en la antecámara y se arqueó. “Ministro Suvorin,” dijo. “Su Majestad lo verá ahora.”
Suvorin siguió al sirviente. Entró en la relumbrante cámara y se arqueó ante el zar.
El zar estaba de mal humor. “Usted presentó dos decretos que prohíben la venta de carne y el uso de cigarros. La población está enfadada; los decretos son insufribles.”
El zar tomó el documento de la mano del ministro y lo lanzó enojadamente en el suelo. Suvorin se puso blanco.
Su sueño se había estrellado. Su meta de refrenar al gran rabino se estaba esfumando. A esta altura, cualquier pedido que realizara sería rechazado y era ilegal presentarlo de nuevo. El Rebe se quedaría en su pueblo.
Lejos, en Lubavitch, el Tzemaj Tzedek terminó de hacer sonar el Shofar. Volvió a su lugar y la congregación retornó a sus Plegarias.

Por E. Lesches

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