“Acercándonos a Rosh Hashaná – Lo humano en el hombre”

Sin el hombre, el universo es meramente una máquina.

Cada mineral, planta y animal se comporta de acuerdo a las leyes dictadas por su naturaleza innata, y no tiene la inclinación ni la habilidad de comportarse de otra manera. Sólo hombre refleja a su Creador en eso que él solamente posee: libre albedrío; sólo el hombre puede querer y actuar contrariamente a su naturaleza, sólo el hombre puede hacer de sí algo distinto a él mismo, transcendiendo los parámetros del “ser” en que él nació.
Por lo tanto, sólo los actos del hombre tienen verdadera importancia. La ingeniería de las hormigas o la fidelidad de la paloma no son más “morales” que la crueldad del gato o la tortuosidad de la serpiente. La majestuosidad de los Alpes cubierto de nieve no es más poderoso que el hedor de agua empantanada. Sus rasgos “positivos” o “negativos” son solamente el resultado de la manera en que han sido formados y programados por su Creador. Pero cuando el hombre actúa virtuosamente, para servir a su Creador; o cuando no lo hace, corrompiendo su naturaleza (de una manera en que ningún animal u objeto lo pudo haber hecho o lo haría), el hombre entonces se arrepiente de su mal e incluso lo convierte en una fuerza para el bien, algo de verdadera importancia ha pasado. El hombre se ha liberado del universo “programado” que Di-s creó, y se ha expandido de maneras que su potencial implícito no podría haber generado o anticipado. El hombre se ha convertido, en las palabras de nuestros Sabios, en “un socio de Di-s en la creación.”
Los demás elementos no humanos de la creación cumplen su propósito a través del hombre, cuando el hombre los involucra en la acción de una mitzvá (un acto que cumple un precepto divino). Por ejemplo, una persona que escribe un cheque para caridad tiene muchos participantes en su acto: el papel y tinta del cheque, los recursos naturales y las fuerzas que él ha tenido para ganar el dinero que está dando, inclusive la montaña de la cual fue extraído el mármol de la fachada del banco que procesa su cheque. Éstos e innumerables otros elementos “moralmente neutrales” han sido elevados e incluidos en un acto humano, creativo y trascendente, para cumplir el propósito de su creación.

Este es el por qué Rosh Hashaná es el “inicio de tus acciones”. En este día, el primer hombre abrió sus ojos, contempló el mundo y a sí mismo, y escogió consagrar ambos al servicio de su Creador. Su primer acto fue involucrar toda la creación en la sumisión a Di-s. En palabras del Zohar: cuando Adán se puso de pie, vio que todas las criaturas lo temieron y lo siguieron como sirvientes a su amo. Entonces les dijo: “Venid, alabemos y prosternémonos ante Di-s nuestro creador. ‘”
Cada Rosh Hashaná, repetimos el llamado de Adán. Intensificamos nuestra conciencia del Creador, reiteramos nuestra aceptación de Su yugo, y reunimos todos nuestros recursos para que Él sea una presencia tangible en nuestras vidas. Como proclamamos en un pasaje central de las oraciones de Rosh Hashaná:
Nuestro Di-s y D-os de nuestros padres: Reine encima del mundo entero en Tu gloria…. Que todo lo que ha sido hecho sepa que Tú lo has hecho; todo lo que ha sido creado comprenda que Tú lo has creado. y declare todo el que posee aliento de vida en sus narices que Di-os , el Di-s de Israel es Rey y su reinado tiene dominio sobre todo.
De esta manera “la Cabeza del Año” no coincide con el primer día de la creación en que Di-s creó el tiempo, el espacio y la materia; o con el tercer día en que creó la vida; o con el cuarto día en que creó criaturas con instinto y sentimientos; sino con el día en que Di-s hizo al hombre “en Su imagen y semejanza,” impartiendo en él la capacidad divina de desear, elegir y crear. Por cuanto en este día cada componente de Su creación–mineral, vegetal, animal y humano–comenzó su propósito en los hechos del primer hombre y la primera mujer.

La vida como un Mineral
El hombre, dicen nuestros Sabios, es un universo en miniatura. Así como todos los elementos del macro-universo cumplen su propósito en la creación vía los actos del hombre, así todos los componentes del “universo humano” logran su propósito a través del elemento distintivo que hay en el hombre, lo humano en el hombre.
Nuestros sabios categorizan la creación en cuatro “mundos” o “reinos”: el “inanimado” o el reino mineral; el reino vegetal; el reino animal; y “el reino del habla”–el ser humano.
El hombre, también, incorpora estos cuatro “reinos” dentro de sí mismo. Hay ocasiones en nuestra vida en que nosotros nos parecemos al mineral inerte. Podríamos estar dormidos, de vacaciones, jugando, o comprometido en cualquier otra forma de reposo y recreación a los cuales dedicamos una parte significativa de nuestro tiempo. Obviamente, estamos físicamente vivos en todas estas situaciones e inclusive podríamos estar cultivándonos y empleando nuestras habilidades más competentes; pero espiritualmente, somos como una piedra inanimada. “La vida,” en su sentido más profundo, es el esfuerzo por trascender nuestro estado actual–crecer y lograr más allá de lo que uno es –mientras que la función de nuestro “mineral” es sostener en lugar de producir, conservar en lugar de crear.
Hay también ocasiones en que estamos en nuestro modo “vegetal” –cuando nuestro foco está en el autocrecimiento y autodesarrollo. Con estas actividades, mostramos señales de vida espiritual, en oposición a la inercia de nuestras ” horas minerales”. No obstante, estas actividades están destinadas a la mejora de “ego”, éstas representan una limitada ” vitalidad botánica”: estamos creciendo, floreciendo y produciendo un fruto jugoso; pero permanecemos arraigados al “lugar” donde la naturaleza nos ha plantado.

Una vitalidad más dinámica se expresa por el “animal” que hay en nosotros–los instintos, las pasiones y la sensibilidad con la que nos relacionamos con los otros. Con nuestras facultades para amar, temer y sentir otras emociones, navegamos por terrenos más allá de nuestro estrecho ser, transcendiendo el crecimiento meramente vertical de nuestro elemento vegetal.
Pero nosotros somos más que la suma de nuestra vida mineral, vegetal y animal; más que el reposo, el crecimiento y los sentimientos. Lo humano en el hombre, nuestra verdadera esencia y cualidad humana, es nuestro intelecto y nuestra espiritualidad.
Con nuestra singular capacidad para el pensamiento individual y la inteligencia transcendemos el mundo auto-definido de instintos y emociones, para vernos desde afuera y cambiarnos de acuerdo con ello. De esta manera nuestro ser intelectual está de verdad “vivo”–constantemente recomponiendo y redefiniendo sus percepciones y sensibilidades.
Más aún trascendente que el intelecto es nuestro ser espiritual, “la chispa de Divinidad” dentro nuestro, que nos hace ser el ápice de la creación de Di-s. El intelecto es “libre” y “objetivo,” pero sólo con respecto a las emociones subjetivas; de última el intelecto se afirma y se define por la naturaleza y las leyes de la razón. Lo divino en nosotros, sin embargo, no reconoce ningún límite, venciendo todos los obstáculos y las limitaciones que podrían inhibir nuestra relación con nuestro Creador.

Cuando comprometemos nuestras facultades intelectuales y espirituales estamos de verdad siendo humanos. Es en estos momentos–cuando empleamos nuestra mente para recrearnos, literalmente, a través de la autoevaluación y el refinamiento de nuestro carácter y conducta, cuando transcendemos todas las limitaciones de nuestro ser, nuestros sentimientos y nuestra razón para servir a Di-s)–que nos elevamos a nuestro rol como socio de Di-s en la creación, como la única de Sus creaciones que poseen la libertad para crear.

La doble lección de Rosh Hashaná.

En el nivel macrocósmico, Rosh Hashaná nos enseña que “Todo el mundo se creó para servirme, y yo fui creado para servir a mi Creador”. Que nuestro “privilegio” para explotar los recursos de la naturaleza para servir a nuestras necesidades es también un deber y una responsabilidad.

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