Lo milagroso y lo natural

Observamos la festividad de Purim porque Di-s salvó al pueblo judío del decreto de extermino a través de un milagroso evento. Aquel período, percibido en un contexto natural, fue una de las eras más felices en la historia de toda la diáspora.

El pueblo judío había logrado un papel significativo en el gobierno: Mordejai, el jefe del Sanhedrin (la corte judía) era también un funcionario del gobierno, que se sentaba entre aquellos que se reunían en la “puerta del rey”.
Ester era la esposa del Rey Asuero. En toda la historia judía no hay paralelo, fuera de este ejemplo de la Reina Ester, donde una mujer judía fue la esposa de un monarca que reinó sobre todo el mundo civilizado de la época. Es por lo tanto evidente que no hubo ningún otro período dentro de nuestro largo exilio en el que los judíos pudieron estar tan confiados en cuanto a su seguridad, como en el tiempo de Asuero. Realmente, sin embargo, sucedió todo lo contrario. Específicamente en este período, cuando el pueblo judío estaba ostensiblemente seguro, tuvo lugar el decreto de “destruir, matar y aniquilar” a todos los judíos, “desde jóvenes hasta ancianos, infantes y mujeres, todos en un mismo día”. Este fue el más duro decreto que alguna vez se promulgara contra los judíos, pues nunca en el curso de la historia se promulgó una orden de destrucción contra todos los judíos como durante la época de Asuero.

Durante otras épocas de exilio se podía encontrar judíos en diversas tierras. “Di-s ha hecho con nosotros un acto de bondad al dispersarnos entre las naciones”. Si una nación proclamaría un edicto de destrucción contra los judíos de su territorio, los judíos de otras tierras permanecerían indemnes, e incluso los judíos de aquella tierra podrían tomar refugio en otros países.
Incluso durante la era del Faraón, cuando todos los judíos estaban sujetos a su soberanía y era totalmente imposible escapar de Egipto, su decreto no se aplicaba a todos los judíos, sino sólo a los varones.
Sin embargo, en el tiempo de Asuero, todos los judíos estaban sujetos a su mandato y no había posibilidad de huida porque:
a) El regía con firme autoridad sobre todo el mundo poblado, de modo que no existía lugar de refugio alguno;
b) El deseaba su destrucción en un día, por lo que no había tiempo de huir.
c) El decreto ordenaba la aniquilación de todos los judíos sin excepción.

¿Cómo sucedió, en el curso normal de los acontecimientos, en una era en la que los judíos estaban tan ostensiblemente seguros, que se promulgara un edicto tan aterrador? El Talmud nos da la razón de estos sucesos: “porque ellos derivaron placer del festín de ese individuo perverso”, del banquete de Asuero.
Este es un claro indicio de que los judíos y el curso natural de los sucesos conforman dos planos distintos. La Providencia Divina en relación con los judíos no está sujeta a las leyes de la naturaleza. Su destino depende totalmente del cumplimiento de la Torá y sus mandamientos. Así, aunque hubiera sido totalmente ilógico prever el perverso decreto en el orden normal de las cosas, el placer que los judíos derivaron del banquete prohibido resultó, como consecuencia de su destino especial, en un edicto de aniquilación.
Lo mismo puede percibirse también en la manera en que Di-s los salvó y provocó su triunfo. La anulación del duro decreto no se produjo debido a una sucesión normal de eventos, sino más bien por medio de su arrepentimiento y compromiso total a Di-s.

Cuando se informó a Mordejai y Ester del edicto, ¿no parecería plausible que su primer empeño debería ser proceder con una misión diplomática en un esfuerzo por hacer cambiar la idea de Asuero? La Megila (el Rollo de Ester) cuenta, sin embargo, que las primeras palabras de Ester a Mordejai fueron “ve y reúne a todos los judíos que están en Shushán, y ayunen por mí, no coman ni beban tres días, noche y día”. Este fue el intento inicial para anular el decreto. Además, Ester declaró a Mordejai: “yo y mis doncellas también ayunaremos similarmente”.El majestuoso papel de Ester se basaba en el hecho de que “ella encontró favor y gracia ante él (el rey Asuero), más que todas las otras mujeres jóvenes”. Es bastante evidente que ayunando por tres días consecutivos, su belleza, según las expectativas normales, a duras penas mejoraría: por el contrario, disminuiría.

¿Cómo se justificaba entonces su decisión de ayunar?
La respuesta a esta pregunta es: tal como el decreto en sí mismo era una ocurrencia antinatural, similarmente la salvación no debía ser por medios normales. El salvataje de los judíos se logró por medio del arrepentimiento, y uno de los aspectos de penitencia es el ayuno. Si todos los judíos de Shushán ayunan, entonces le está prohibido desviarse de la práctica de la comunidad y, por consiguiente, es obvio que “yo y mis doncellas también ayunaremos”.
Por supuesto, es cierto que uno no debe confiarse en milagros, y se debe actuar dentro de los aspectos y formas externas de la naturaleza, dentro de los límites impuestos por las leyes de causa y efecto.
Todo esto, sin embargo, conforma el aspecto y la forma externa, no la causa de la salvación del pueblo judío.
El aspecto exterior de las cosas no es de importancia primaria.
Si la causa –el fortalecimiento propio en la Torá y sus mandamientos- es adecuada, entonces una concordancia superficial con la realidad bastará también.

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