El Mishloaj Manot prohibido

En una pequeña aldea de la vieja Rusia Zarista, donde se desarrolla nuestra historia, el Comisario (o Pristav, como se lo llamaba en ruso), era corno un pequeño Zar. La sola vista de su uniforme, con sus relucientes botones de bronce en los que estaba estampado el emblema oficial, y su gallardo sombrero brillando con autoridad, bastaba para aterrar a los pobres residentes y comerciantes judíos. Porque el comisario era un hombre rudo, y decididamente los judíos no le gustaban. Muy adecuadamente, estos lo llamaban “Hamán”.

El Comisario se consideraba el representante personal del Zar. En la aldea no había autoridad superior a la suya. El era La Ley. Amaba su poder e incluso el título que los judíos le habían dado. Más todavía, disfrutaba la oportunidad que su posición le brindaba para obtener dinero de los pobres judíos mediante amenazas e incluso la violencia.

Debemos recordar que el Comisario era muchos funcionarios en uno. El era Jefe de Policía, el Departamento de Sanidad, Inspector de Salud, Inspector de Alimentos, Inspector de Pesos y Medidas, y muchas otras cosas más.

Cuando salía para hacer su paseo de “inspección” por la calle principal, donde a ambos lados estaban todos los negocios, corría un frío sudor. La calle se llenaba de mujeres con escobas, barriendo febrilmente las aceras de sus pequeños comercios. Adentro, los hombres ponían velozmente las cosas en su lugar: cubrían las verduras, quitaban el polvo de los estantes, volvían a tapar los frascos de arenque y los barriles de kerosene, revisaban las fechas de sus “permisos”, y se preparaban para la crisis. De un negocio a otro corría la terrible noticia: “¡Viene Hamán!” ¡Qué batahola se armaba!

Y no era para menos. Desde la madrugada hasta el anochecer los pobres comerciantes estaban en sus apretujados negocios, congelándose en el invierno y transpirando en el verano, apenas ganando su sustento. Y allí venía este “Hamán” y se llevaba el último trozo de pan de la boca de sus niños. Porque si el Inspector encontraba una mota de polvo sobre un estante, o si una mosca aterrizaba sobre la mantequilla ante su augusta presencia, extraía el anotador de violaciones, y todas las difíciles ganancias de una semana o un mes desaparecían más rápido que la mosca. El pobre comerciante lloraba e imploraba:

“¿Puedo estar todo el día con un abanico en mis manos para no permitir que una mosca pruebe un poco de mi mantequilla? ¡Ten piedad de mi mujer y de los niños!”

Pero del mismo modo podría hablarle a la pared. “Hamán” tenía un corazón de piedra; ni se molestaba en contestar. Serenamente llenaba el formulario de violaciones, se lo entregaba al aterrado comerciante y seguía hacia el negocio contiguo, o del lado de enfrente.

Allí encontraba todo en perfecto orden, pero de nada servía. Tomaba el cuchillo, raspaba con su punta un poco de mantequilla y se la ponía en la boca. Hacía una mueca, la escupía, y rugía:

“¡Puaj! ¡Qué mantequilla! ¡Cómo te atreves a vender una cosa tan venenosa!” Y allí extraía su formulario de violaciones.

“Pero Honorable”, protestaba el comerciante, “fue sólo ayer que compré esta mantequilla, fresca, del granjero”.

“Se lo dirás al Juez”, contestaba “Hamán”, quien, casualmente, también era el juez.

Entrando a otro negocio, “Hamán” se ponía a husmear por allí, disfrutando del rostro pálido y tembloroso del comerciante. Luego forzaba una sonrisa y decía, “Lindo negocio; debo decirle a mi mujer que venga a hacer sus compras aquí”, sin dejar acta de violación detrás de sí. Pero el alivio del comerciante duraba muy poco.

Más tarde llegaba la esposa del Comisario y, toda sonrisas, ordenaba una bolsa repleta de verduras. Pero cuando llegaba el momento del pago, descubría de repente que había olvidado su monedero en casa… La próxima vez que vino a hacer compras, resultó que le faltaba cambio. Cuando el comerciante le recordó respetuosamente que no podía darse el lujo de dar crédito, se sintió insultada. El comerciante se enteraría pronto, muy a su pesar, que mejor hubiera sido olvidar la deuda, pues el Comisario apareció y le impuso una multa, y muy pronto otra. El comerciante tuvo que reconocer su derrota. Cuando el Comisario volvió por tercera vez, el comerciante simplemente le dijo: “Honorable Señor, su mujer no me debe nada”. No hubo más multas, y la esposa del Comisario pasó su costumbre a otro negocio…

¿Qué podían hacer los pobres judíos fuera de rezar a Di-s para que los librara de este Hamán?

Los aldeanos más ancianos todavía recordaban al Comisario cuando no era más que un joven bribón. Había sido su shabes goy, que venía los Shabat por la tarde y retiraba las velas de la mesa, agregaba leña al hogar, y hacía algunas tareas menores también durante la semana. Por este servicio suyo era recompensado con una comida, un trozo de pan blanco, o una manzana. Pero Vania (así se llamaba el niño), no sentía gratitud hacia los judíos que le habían mostrado amistad. Los envidiaba, pues en su imaginación sus humildes pero limpios hogares, llenos con la atmósfera del sagrado Shabat, parecían palacios encantados. Su envidia dio lugar al odio y a la codicia. Comenzó a robar chucherías, hasta que fue atrapado con las manos en la masa y se encontró con las puertas de los hogares judíos cerradas a él. Pronto desapareció, y nadie volvió a verlo por muchos años. Cuando regresó, vestía un gastado uniforme militar, y caminaba por la calle principal con su nariz en alto, como si fuera un general. Volvió a desaparecer, sólo para regresar años más tarde como el nuevo Comisario. No tardó mucho en ganarse el título de “Hamán”.

Como se había criado entre judíos, conocía todo lo referente a la vida judía, sus hábitos, sus costumbres, y sus festividades. Sabía, por ejemplo, que Purím era un día en el que los judíos celebraban la caída de Hamán, y cuando comer y beber era la orden del día; era mitzvá beber tanto, hasta no saber la diferencia entre “maldito sea Hamán”, y “bendito sea Mordejai”. De modo que nuestro Hamán decidió arruinar la diversión que los judíos tenían en el día de Purím. En vano buscó judíos borrachos, aunque podía emitir algunas multas por “alterar la paz”. Pero este no lo satisfacía del todo; planeaba algo realmente grande, algo que pusiera realmente furiosos a los judíos.

Antes de que llegara el próximo Purím, el Comisario hizo saber que de ahora en más los portadores de Mishloaj Manot no tendrían permitido hacer “negocios” sin una licencia. Por supuesto, esto era ridículo Quienes llevaban los Mishloaj Manot no podían ganar ni en cien Purím lo que costaba una licencia. Los judíos estaban furiosos y enviaron al Comisario una delegación pidiéndole que retirara su ordenanza. Hasta le ofrecieron una suma de dinero. Pero esta vez el Comisario no estaba interesado en dinero; quería realmente forzar a los judíos a abandonar la mitzvá de Mishloaj Manot y arruinar su Festividad. El Comisario amenazó con arrestar a cualquiera que llevara Mishloaj Manot y confiscar los mismos.

Llegó Purím y todos los judíos se reunieron en la Sinagoga para escuchar la Lectura de la Meguilá. Cuando se mencionó el nombre de Hamán hubo un estallido dé ruidosos pisotones y vueltas de matraca, no sólo por el Hamán de la Meguilá, sino también por su propio “Hamán privado”. Lo mismo se repitió una vez más a la mañana siguiente.

A la tarde, cuando era momento de enviar Mishloaj Manot, algunos bravos portadores de Mishloaj Manot decidieron “romper el bloqueo”, aun si por ello tuvieran que ir a prisión.

El Comisario y su asistente estaban patrullando. No pudieron dar abasto con todos los portadores de Mishloaj Manot pero lograron atrapar a dos de ellos y arrestarlos. Luego, el Comisario y su asistente se sentaron para disfrutar del Mishloaj Manot que habían confiscado a los “criminales”.

El Mishloaj Manot que el Comisario había confiscado estaba dirigido al venerable Rabí de la aldea, quien era muy respetado no sólo por los judíos sino también por los no judíos. Afortunadamente, el viejo Rabí no dependía del Mishloaj Manot para tener su banquete de Purím. Estaba en medio de éste, acompañado por varios invitados, cuando la esposa del Comisario entró corriendo, con lágrimas en sus ojos.

“¡Santo Rabí!”, imploró, “¡mi esposo se está muriendo! Estaba comiendo los Mishloaj Manot que había quitado a los portadores, y una espina de pescado quedó atorada en su garganta. Por favor, ayúdale, reza por él; quítale de encima la maldición…”.

El viejo Rabí le explicó que no eran los judíos quienes habían embrujado a su esposo, sino que Di-s lo había castigado, y también a ella, por ser cruel hacia los judíos y volver miserables sus vidas. “Si ustedes dos prometen dejar de perseguir a los judíos, tu marido se salvará. Ve y dícelo”, concluyó el Rabí.

La esposa del Comisario corrió de regreso a su casa, donde su esposo seguía agonizando aterrado por la muerte. Su mujer le transmitió las palabras del santo Rabí. Con sus últimas fuerzas, el Comisario juró que nunca más haría daño alguno a un judío. Por un momento siguió asfixiándose, pero entonces, de repente, sintió alivio. La espina se había movido de alguna manera y se había deslizado por su garganta. El Comisario supo que se le había hecho un milagro.

Al día siguiente, en Shushán Purím, el Comisario vino a ver al Rabí.

“Santo Rabí”, dijo, “yo sé que tú salvaste mi vida. Quiero volver a prometerte que nunca, nunca jamás, causaré problema alguno a un judío. ¡Te lo juro! Reza por mí”. Mientras se volvía para retirarse, dijo un tanto tímidamente: “Preferiría que no me llamaran más ‘Hamán’”…

En la pequeña aldea hubo mucha alegría mientras todos se enteraban que “Hamán” —perdón, el Comisario— se había vuelto un hombre distinto. Y cada año, en Purím, el Comisario venía a presentar sus respetos al viejo Rabí, a brindar Lejáim con él, y renovar su promesa de ser bueno con los judíos.

Extraído de “El narrador”

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