Tres Matzot para un Judío

Un corto tiempo antes de Pesaj, el teléfono sonó en el hogar de uno de los emisarios de Lubavitch en Europa.

En la línea hablaba el secretario del Rebe. “El Rebe desea que tomes tres matzot y se las entregues a un judío que vive en determinado pueblo de Holanda”, le dijo. No hubo mención referente a quién era ese “judío”, pensó.

Sin cuestionar, el Jasid tomó las tres matzot y comenzó su viaje. Llegó al pueblo y comenzó a averiguar sobre los judíos del vecindario. Para su gran sorpresa, cada uno encogía sus hombros diciéndole que no habitaban judíos en el área. El Jasid fue de casa en casa, mas en cada una recibía idéntica respuesta:”en este pueblo no hay judíos”.

Algún otro, hubiese asumido que se trataba de un error. Pero este pensamiento ni siquiera pasó por la cabeza del Jasid. En este tipo de temas no existen confusiones.

El Jasid continuó la búsqueda de los habitantes del lugar. Dónde estaba este judío? A pesar de todos los esfuerzos, no tenía ninguna pista. Cuando oscureció, decidió pernoctar en el pueblo y continuar su búsqueda al día siguiente.

Por la mañana, durante sus Plegarias, el Jasid rogó a Di-s por ayuda en encontrar al judío y cumplimentar su misión. Con renovadas esperanzas, retomó su investigación en el pueblo por el judío que debía ser encontrado.

Finalmente mientras conversaba con un anciano lugareño, el hombre lo conmovió diciéndole: “Estas buscando a un judío? Creo que el cocinero en el restaurant es de orígenes judíos”.

Apurándose al restaurant, el Jasid pidió hablar con el cocinero. El hombre salió de la cocina y, al ver al Jasid se quedó paralizado. Entonces rompió en un llanto incontrolable.

“No lo puedo creer…debe ser un sueño”, sus labios murmuraron. Después de calmarse un poco, comenzó su historia.

“Yo nací en este pueblo, donde vivían pocos pero fieles judíos. La Segunda Guerra Mundial estalló cuando yo era un niño y toda mi familia, como todos los otros judíos del pueblo fueron asesinados. Quedé solo en el mundo. Mi vida fue salvada por una persona del pueblo que me escondió en su casa.

“Yo traté de ocultar mis orígenes después de eso y me alegró saber que las personas del lugar se olvidaron sobre mi judaísmo. Secretamente traté de seguir cumpliendo algunas mitzvot.

“Así pasaron los años. Ya van treinta años que trabajo en este restaurant. Nunca me casé pues no hay mujeres judías aquí. No tengo parientes ni hijos a mi cargo. Mi vida es una gran soledad.

“Ultimamente estaba muy depresivo. Hace exactamente dos semanas, estallé y le clamé amargamente a Di-s, “Amo del Universo! No puedo continuar así. Si Tu quieres que continúe mi vida como judío, por favor, dame una señal, algo. Si en dos semanas no hay señal, iré a lo del sacerdote y renunciaré a mi religión.

“Los días transcurrieron uno tras otro”, sigue el cocinero con lágrimas. “Cada noche empapaba mi almohada con lágrimas, pues otro día se había ido sin señales”.

“Ayer era el anteúltimo día. No te puedes imaginar cómo pasé la noche. Yo grité casi toda la noche y solo el cansancio me hizo dormir. Estaba seguro que esto ya era todo. Hoy iba a convertirme. Y, de repente, tú apareciste, como un ángel”.

El Jasid prestó atención a la historia con gran emoción. En un abrir y cerrar de ojos, entendió por qué el Rebe lo envió en una misión de dar tres Matzot en un lejano, inhóspito pueblo.

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