Operación retorno

El 16 de abril de 1946 en Bytom, Alemania, un grupo de sobrevivientes del Holocausto planeó celebrar por primera vez Pesaj desde su liberación. Una historia del ocultamiento de niños judíos con familias cristianas.

El 16 de abril de 1946, en un edificio en Bytom, Alemania, un grupo de sobrevivientes del Holocausto planeó celebrar por primera vez Pesaj desde su liberación. La mayoría de ellos había perdido a sus familias en la guerra y, todavía sangrando interiormente, buscaban aliviar sus heridas abiertas entre sí.

Estaban averiguando el paradero de cualquier niño judío oculto con familias cristianas, intentando devolverlos cueste lo que cueste a su judaísmo. Habían “comprado”, por una fuerte suma de dólares, a un grupo de niños, que no tenían idea sobre su propia identidad. Miraban al suelo, vestidos al estilo campesino, con ropa demasiado grande o demasiado pequeña. Permanecían mudos, y respondían con miradas hostiles.
Entre ellos, había una niña de nueve años. En sus brazos cargaba un gato blanco con manchas oscuras. El campesino de quien había sido “comprada” (a un alto precio) explicó que la llamaban Marisha.
Una sobreviviente llamada Sara quiso hacerse cargo de la muchacha. Pero Marisha no cooperaba. Sara intentó quitarle el crucifijo pero la niña se rehusó. Se negó a reconocer su nuevo nombre- Miriam. La llevaron a un cuarto grande con otros niños y le mostraron una cama limpia sólo para ella. Marisha la miró fijamente. No estaba acostumbrada a una cama, pero su gatito saltó de sus brazos y se abrazó a la manta.
Marisha no hablaba con nadie. Comía la comida servida en la mesa. Recibió la nueva ropa, limpia, y nuevos zapatos. Pasaba la mayor parte del día en una esquina oscura con el gato en sus brazos. Sara logró quitarle el pañuelo que la niña llevaba, y arregló el pelo de la muchachita.
Marisha recordó la noche en que su madre la había traído al pueblo, a la familia campesina. Puso una manzana en su mano izquierda, y en la otra un bulto pequeño con ropa, y dijo a su hija que obedeciera a estas personas hasta que ella regresara a buscarla. Luego, desapareció en la oscuridad de la noche. Marisha recordó que lloró pero el campesino le dijo que callara.

Cuando Marisha no pudo detener el llanto, la golpeó en su cara. Su boca empezó a sangrar, pero él continuó golpeándola.
Él gritó a su esposa Zosia. “Mira a esta niña. ¡Con su cara judía traerá tragedia a todos!”
Sus dos hijos, de diez y once años, y la hija de ocho, se divertían con la escena.
Zosia se acercó a la muchacha con un par de tijeras y cortó la mayoría del pelo, al compás de las risas de los niños.
Tomó a Marisha y la llevó al ático. Allí apuntó en la oscuridad a la esquina dónde había un bulto de paja podrida y una colcha remendada. Le dio un pedazo duro de pan y un jarro de leche.
La muchacha, exhausta, tomó el pedazo de pan. No podía tragar la leche. De repente oyó un maullido. No vio nada. Sentía la piel de un gato a su lado. Recogió el animal en sus brazos y se lo acurrucó en su cara ensangrentada. El gato respondió a las caricias y lamió la cara lastimada. Después tomó la leche. Se acurrucó bajo la colcha al lado de Marisha.
Marisha oyó que Zosia la llamaba. Besó su gatito y obedientemente fue a la cocina. Allí, la familia, comía. El aire olía a salchicha, queso agrio, y pan fresco. Marisha se sentó al borde de la silla y Zosia le dio leche, una rodaja de queso duro, y un pedazo de pan viejo.
Zosia puso una cruz de plata alrededor del cuello de Marisha y un pañuelo en su cabeza. La vistió con ropa enorme y le indicó las tareas que debía realizar.
Marisha tenía cuatro años y no sabía limpiar establos, lavar platos y ropa, recoger huevos y alimentar pollos. Sus manos pequeñas sangraban del trabajo. Stanislaw y sus niños, la llamaban “judía sucia”.
Pero Zosia sentía culpa. Recordó la cortesía de la familia Lavinski. Ella limpiaba su casa. Siempre fue tratada bien. Recordó cuando la familia Lavinski – en particular Matilda, la madre de Marisha – la ayudaba cuando venía golpeada por su bruto marido.
Matilda había traído a su niña, suplicándole a Zosia que la cuidara y le dio un paquete de joyas, prometiéndole que cuando regresara a buscar a su hija, le daría más.
Después de un largo tiempo, el ejército ruso entró en el pueblo.

La vida empezó a normalizarse. Los sobrevivientes judíos volvieron a buscar a sus familias. Ahora Stanislaw y su esposa trataron a Marisha más humanamente. Marisha preguntó cuando vendría su madre por ella. No hubo respuesta.
Después de unos meses, Stanislaw anunció que el comité judío local estaba buscando a niños judíos y pagaba buenos precios. Después de todo le correspondía cobrar por ella buen dinero.
A los pocos días, Marisha entró en la cocina y Zosia explicó: “Estas personas son judías. Quieren llevarte con ellos.”
Una mujer del grupo se acercó a Marisha, hablándole suavemente. La muchacha huyó de ella. Se asió del delantal de Zosia y lloró: “Por favor permítame quedarme. Mi mamá vendrá pronto por mí!”
Brutalmente, Zosia la empujó…
Los niños estaban sentados a la mesa del Seder. Un hombre llevaba adelante la ceremonia.
El hombre sonrió y dijo que explicaría el significado de Pesaj. Empezó a contarles que sus antepasados, hace muchos siglos, habían sido los esclavos del Faraón en Egipto.
Les contó sobre el decreto del Faraón que cada bebé masculino de cada familia judía sería arrojado al Nilo. En la desesperación, la madre de Moshé puso a su bebé en un cesto y lo colocó en el Nilo; ella le dijo a su hija Miriam que lo vigilara. El bebé Moshé fue salvado por la hija del Faraón.
Los niños escuchaban. De repente Marisha se paró. En tono agitado preguntó, “¿Y la madre de Moshé regresó por su bebé?”

Su pregunta aturdió a todos. Era la primera vez que hablaba desde que vivía allí.
Sara, con lágrimas en sus ojos, se acercó a la niña y la recogió en sus brazos. Entendiendo el centro de la pregunta de Marisha, contestó, con un temblor en su voz: “Iojeved, la madre de Moshé, no pudo venir por él. Sólo podía alimentarlo en secreto. Miriam, estoy tan contenta de que nos hayas hablado.”
Después de una pausa, el hombre a la cabeza de la mesa continuó con la historia de Pesaj. Miriam se abrazó silenciosamente a Sara.
Tomó el crucifijo que llevaba y lo entregó a la mujer.

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