La matzá todavía estaba caliente

En la antigua ciudad de Maintz vivía un grande y santo Sabio de la Torá, cuyo nombre era Amnón. Rabí Amnón tenía un hijo llamado Eliezer, a quien educó en los caminos del estudio de la Torá y su devoción…

En la antigua ciudad de Maintz vivía un grande y santo Sabio de la Torá, cuyo nombre era Amnón. Rabí Amnón tenía un hijo llamado Eliezer, a quien educó en los caminos del estudio de la Torá y su devoción. Cuando a Rabí Amnón le llegó el momento de dejar este mundo, una de las últimas cosas que dijo a su hijo fue lo siguiente:
“¡Jamás cruces el río Danubio!”
Eliezer no sólo perdió a su padre sino también a su maestro. Ansiaba enormemente cumplir el dictamen de los Sabios de “exilarse en un lugar de Torá”. Ahora bien, su padre tenía un pariente lejano, el famoso Rabí lehudá Hajasid -’el Piadoso’-, quien dirigía una igualmente famosa leshivá -Academia Talmúdica- en Regensburg (Ratisbona). Sin embargo, aquella ciudad no sólo estaba muy lejos, sino que para llegar a ella ¡tendría que cruzar el Danubio!
Durante muchos días y semanas Eliezer no supo qué hacer; ir allí o quedarse en casa. La urgencia por estudiar Torá, y los
secretos de la luz interior de la Torá por los cuales Rabí lehudá Hajasid era tan conocido, se hizo cada vez más poderosa, hasta que finalmente Eliezer decidió correr el riesgo y viajar allí.
Eliezer tenía una joven mujer y un hijo, y estaba dispuesto a dejarlos por un tiempo para satisfacer su poderosa ansiedad de Torá. Conociendo sus sentimientos acerca del viaje, su mujer estuvo de acuerdo en que fuera. De modo que Eliezer se despidió de su esposa y su hijo, y con el corazón palpitante de ansiedad, comenzó el largo viaje a Regensburg.
Cuando Eliezer se presentó finalmente ante Rabí lehudá Hajasid, el santo Sabio le dijo:
“No debería darte la bienvenida en este lugar, por cuanto has desobedecido la orden de tu padre. Pero en su memoria te permitiré quedarte en mi leshivá. ¡No desperdicies ni un momento!”
Eliezer estaba aterrado.
Nada había contado a Rabí lehudá acerca de la advertencia de su padre.
¿Cómo lo sabía?
Sólo se le ocurrió pensar que sin duda el espíritu de la profecía descansaba sobre este santo hombre. Esto, a su vez, hizo que Eliezer sintiera más ansiedad que nunca por recibir instrucción personal de este nuevo maestro suyo. La gente decía de Rabí lehudá que el Profeta Eliahu lo visitaba regularmente y le revelaba muchos secretos de la Torá. ¡Cuánto deseaba ser considerado meritorio de la atención personal de Rabí lehudá!
Pero los días y las semanas fueron pasando, y el santo maestro no invitó al joven Eliezer a su estudio privado. Eliezer se entregó con gran devoción y diligencia a sus estudios de Torá en la leshivá, pero sus anteriores esperanzas de convertirse
alguna vez en discípulo personal de Rabí lehudá se fueron esfumando poco a poco.
Llegó el mes de Nisán, y para Pesaj faltaban apenas dos semanas. Eliezer comenzó a pensar en su esposa y en su hijo, y en cuánto lo extrañarían durante la festividad, especialmente en las dos noches del Seder. ¡ Cuánto deseaba poder estar nuevamente en casa!
Llegó la víspera de Pesaj, y en la mañana de aquel día recibió de repente la orden de presentarse ante el maestro.
Mientras su corazón palpitaba con fuerza, Eliezer ingresó a la habitación personal de Rabí lehudá Hajasid, aquella que sus discípulos solían llamar Kodesh HaKodashím, el “Santo de todos los Santos”.
“Estás apenado por no estar con tu familia hoy”, le dijo Rabí lehudá. “Levanta tus ánimos. Estarás compartiendo la noche del Seder con tu mujer y tu hijo. Pero ven, primero debemos ir a la matzeria (donde se hornea la matzá), para hornear nuestra propia ma tzá shemurá ‘maizá cuidada’ de todo contacto con humedad, para las noches del Seder-”
Eliezer había quedado sin habla. Maintz, su ciudad natal, estaba a mucha distancia de Regensburg, ¡y hoy era el día anterior a Pesaj! ¿Cómo podría llegar allí para el Seder? Además, ¡pasarían buena parte del día en la matzería! Pero algo era indudable: el santo maestro no hacía bromas.
Eliezer no dijo nada. Se sentía feliz por haber sido invitado
a unirse a su santo maestro en la matzería. Valía la pena venir
a Regensburg aunque fuera sólo por eso: para observar al
maestro supervisando el horneado de las matzot y tomar parte
en ello junto a él.
En el momento en que llegaron a la matzería y se encontraron atareados con las matZot, de la mente de Eliezer desaparecieron todos los pensamientos de duda o tristeza. Su corazón rebozaba de júbilo por la mitzvá de hacer matzot para la festividad de Pesaj. Jamás en su vida olvidaría la emoción, la alegría y la inspiración de este momento.
Cuando las últimas matzot fueron retiradas del horno, Rabí lehudá tomó seis de ellas y las envolvió en una tela blanca.
“Toma estas matzot calientes contigo, tres para cada uno de los Seder que celebrarás en tu casa, si Di-s quiere. Y aquí tienes seis más, que te pido entregues al Rabino de Maintz, junto con esta carta. Salgamos ahora, te llevaré hasta las afueras de la ciudad”.
Una vez allí, antes de despedirse de su discípulo, Rabí lehudá dijo a Eliezer:
“Sé que te sientes muy decepcionado por no haber aprendido de mí nada del saber secreto, como era tu esperanza. Pero esa fue tu sanción por desobedecer a tu padre. Sin embargo, tu devoción y aplicación en el estudio de la Torá, y tu conducta en general como corresponde al mejor de mis discípulos, han superado con creces tu falta. Llegó la hora de recompensarte”.
Diciendo esto, Rabí lehudá Hajasid escribió con su bastón una palabra en la arena.
“¡Léela!”, dijo a su discípulo.
Eliezer la leyó, y al instante sintió su mente inundada con una brillante luz de sabiduría Divina. Al instante siguiente Rabí lehudá borró la palabra y Eliezer sintió que la poderosa luz desaparecía, dejando un terrible vacío. Sintió en su cabeza un agudo dolor que trajo lágrimas a sus ojos. El santo maestro escribió una vez más la palabra, y luego de que Eliezer la leyera la borró. Eliezer imploró a su maestro que abriera su corazón y su mente de una vez por todas. Entonces Rabí lehudá la escribió por tercera vez. Eliezer se arrojó al suelo y comenzó a lamer la palabra, con arena y todo. Rabí lehudá sonrió.
“Mientras tanto tengas esta hambre y sed de Torá, encontrarás los portales del conocimiento y la sabiduría de Di-s abiertos para ti”.
Dichoso y sintiéndose elevado, Eliezer emprendió su viaje. Se sentía como si estuviera soñando. Estaba en trance. Cuando abrió los ojos, se encontró ante los portones de su nativa ciudad de Maintz. Algunos momentos más tarde estaba en casa, feliz de encontrar a su mujer y a su hijo en buenas condiciones de salud y sumamente emocionados por la placentera sorpresa.
El sol sólo comenzaba a torcer hacia el oeste, cuando Eliezer se apuró a visitar al Rabino de Maintz.
Allí, el Rabí abrió la carta y sobre su rostro se dibujó una mueca de asombro. “¡Esta carta tiene fecha de ayer a la noche…!”, dijo sorprendido. “¿Cuándo abandonaste Regensburg?”
“Sólo puedo decirte que hoy, hace un rato, el santo Rabí lehudá me llevó consigo a la matzería. Toma, también para ti envió algo de matzá shemurá”.
La sorpresa del Rabí creció mucho más cuando sintió el calor de las matzot, como si recién hubieran sido retiradas del horno.
Esa noche, mientras Eliezer se sentó para el Seder y comió el primer trozo de matzá que había horneado junto a su santo maestro, sintió una inspiración que nunca antes había conocido, la sensación del logro espiritual de una misión cumplida con éxito.

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