Pesaj – La Era Vegetariana

El Éxodo fue más que una transición de esclavitud a independencia: fue la liberación de las restricciones de lo corpóreo hacia las extensiones infinitas del espíritu…

Rabán Gamliel dijo: Quienquiera no habló de las siguientes tres cosas [en el seder] en Pesaj, no ha cumplido su obligación [de narrar la historia del Éxodo]. Estas son: la Ofrenda de Pesaj, matzá, y maror.
— Hagadá de Pesaj

En Pesaj fuimos liberados del látigo del capataz y puestos en camino a convertirnos en un pueblo soberano en su tierra. Pero el Éxodo fue más que una transición de esclavitud a independencia: fue la liberación de las restricciones de lo corpóreo hacia las extensiones infinitas del espíritu.
Fuimos sacados de la más materialista y promiscua sociedad sobre la tierra (“la depravación de la tierra”’) y llevados al pacto con Di-s como Su “reino de sacerdotes y nación santa”.
No fuimos, sin embargo, transformados en una multitud de ángeles o una comunidad de almas descorporizadas. Permanecimos seres físicos, habitando un cuerpo y supeditados a sus necesidades.
¿Cómo, entonces, debe considerar el judío su propia corporeidad? ¿ Es una mera herramienta, para ser usada pero nunca consentida? ¿Debe ser provista sólo de lo indispensable para sostener al alma y patrocinar sus procuras espirituales, o hay valor, y hasta virtud, en la experiencia del placer físico y la mejora de la vida física con objetos de lujo y belleza?
La óptica de la Torá al respecto parece confusa. Por un lado encontramos expresiones de un enfoque decididamente “asceta” de la vida. El Talmud interpreta el versículo “sed santos” como una orden de “abstente también de aquello que te está permitido”, y advierte contra ser “un hedonista con licencia de la Torá” que se dispensa cada placer permitido.

Ética de los Padres (Pirké Avot) declara: “Esta es la senda de la Torá: Come pan con sal, bebe agua en medida pequeña, duerme sobre el suelo y lleva una vida de privación”. Y la primera cosa que se dijo a los jasidím que venían a estudiar bajo la tutela de Rabí Shneur Zalman de Liadí era: “Lo que no se debe, no se puede; y lo que se puede, no hace falta”.

Por el otro lado, la Torá amonesta al nazir (quien hace votos de abstinencia del vino): “¿No te basta con lo que ha prohibido la Torá, que asumes prohibiciones adicionales sobre ti mismo?” y lo llama “pecador” por haberse privado de una de las bendiciones de Di-s7.
“El hombre”, dice el Talmud, “está obligado a decir: ‘El mundo entero fue creado para mí; y yo fui creado para servir a mi Creador”’8.
De modo que no solamente las necesidades de la vida, sino la totalidad de la Creación —incluyendo aquellos elementos cuya única utilidad humana es hacer la vida más placentera— pueden, y deben, servir a una vida dedicada al servicio de su Creador. Nuestros Sabios van tan lejos como para decir que “la persona deberá responder por todo lo que su ojo vio y él no consumió”9.

Pan, vegetales y carne
Un enfoque para resolver esta paradoja puede encontrarse en los tres símbolos primarios del Éxodo: la Ofrenda Pascual, matzá, y maror (las “hierbas amargas”).
Los tres son alimentos y —siendo el comer la más física de las conductas humanas— pueden verse como representativos de las diversas áreas de la vida física.
matzá, el humilde “pan de la pobreza”, representa las necesidades elementales de la vida. La Ofrenda Pascual, un cordero primal faenado en el Beit Hamikdash (el Gran Templo), asado entero y comido en el seder; encarna los lujos cuya única función es proporcionar placer. maror, un vegetal, representa un terreno medio entre estos dos extremos: más que el minimalista pan, menos que la suntuosa carne
Un examen adicional de los tres artículos del seder genera otra distinción interesante entre ellos.

Desde que fue destruido el Beit Hamikdash, no hemos podido traer la Ofrenda Pascual; hoy, está presente en la mesa del seder sólo en la forma del puramente conmemorativo zeróa —hueso— que no se come, colocado en el extremo superior derecho del plato del seder.

Comemos el maror, pero tampoco éste es la mitzvá cabal de Pesaj como en el tiempo en que el Beit Hamikdash estaba en pie en Jerusalén. Según la ley de la Torá, las hierbas amargas debían ingerirse como acompañamiento de la carne de la Ofrenda Pascual; cuando no hay Ofrenda Pascual, no hay mandamiento bíblico (mitzvá mideoraita) de comerlas. No obstante, nuestros Sabios decretaron que se comiera maror en la primera noche de Pesaj en conmemoración del “verdadero” maror ordenado por la Torá. El único de los tres alimentos de Pesaj que hoy tiene la condición plena de una Mitzvá de carácter bíblico (mideoraita) es matzá.
“Desde el día en que fue destruido el Beit Hamikdash, dicen nuestros Sabios, “se ha decretado que los hogares de los justos estén en ruinas… “El sirviente no debe ser mejor que el amo”. Mientras Di-s permanece sin hogar, alejado de Su presencia manifiesta en la vida del hombre, el judío, también, es un forastero en el mundo material.

En esencia, la materia no es menos creación de Di-s, ni menos capaz de servir y expresar Su verdad, que el espíritu; pero en épocas de Presencia Divina opacada, la calidad substancial de lo físico oscurece demasiado fácilmente, en lugar de revelar, su esencia Divina. En semejante época debemos limitar nuestra involucración con lo material, no sea que nuestra inmersión en su densidad embote nuestros sentidos espirituales y entorpezca los objetivos Divinos de nuestras vidas.

Así, ninguna Ofrenda Pascual es posible en el mundo espiritualmente opaco que habitamos actualmente: tratar con los desolados huesos de lo físico es suficiente desafío sin que la carne de la opulencia atasque nuestras vidas.
De hecho, visto desde el más básico punto de ventaja de la vida (o sea, la perspectivamideoraita), sólo se necesita la austera matzá; cualquier cosa más allá de eso es una irrupción en territorio enemigo cuyo riesgo rivaliza con su potencial retribución.

No obstante, nuestros Sabios han abierto a la exploración y el desarrollo una extensión de este territorio, facultándonos para hacer positivo y Divino uso de mucho de la vida física. Mientras timoneaban a distancia de la exageradamente superflua “carne”, ensancharon nuestra vianda física para incluir “vegetales” — experiencias y bienes físicos que, si bien no de la más estricta necesidad, son más una necesidad que un lujo.
“Carne”, sin embargo, el placer por placer, queda fuera de los límites, constituyendo un grado de involucración con el materialismo con el que no puede tratarse en nuestra era de oscuridad espiritual.
De hecho, también debe trazarse una clara distinción entre los planos “pan” y “verdura”: marores un vegetal amargo, enfatizando el hecho de que cada vez que nuestras involucraciones materiales se extienden allende las necesidades más estrictas de la vida, constituyen un desafío más difícil y laborioso, demandando un grado mayor de vigilancia para impedir que los medios oscurezcan los fines.

Hacia dónde vamos
Nada de esto significa que el judío considere lo físico como perverso o irredimible.
Por el contrario, sabe que la carne era, y nuevamente será, un componente básico del seder. Sabe que en el ambiente espiritual apropiado, la más física de las experiencias puede ser una expresión tan pura de la esencia Divina de la existencia como la plegaria más sublime. Y es este conocimiento lo que le permite mantener la perspectiva apropiada sobre cualquier aspecto de la vida física que es capaz de “manejar” bajo sus circunstancias actuales.
Se cuenta la historia del visitante que, deteniéndose en el hogar de Rabí DovBer de Mezritch, se sintió herido por la pobreza que encontró allí. El hogar del gran jasid estaba desierto de todo mobiliario, fuera de un surtido de ásperos bloques y placas de madera que servían de asiento para los discípulos de Rabí DovBer durante el día y como lecho para su familia durante la noche.

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