La vajilla de Pesaj

“¡Que bella vajilla de Pesaj tienes!”- me dijo mi amiga tomando un plato…

“Si, es una auténtica porcelana china; azul y blanca” comenté, “cuando fui a comprar mis platos de Pesaj, sabía que tenían que ser de ese color. Es una larga historia que tiene que ver con mi mamá, mi juventud y mi herencia”. La curiosidad de mi amiga hizo que me sentara a contársela:
Estaba muy joven, sólo tenía 20 años y vivía en mi primer apartamento.
Mi madre había fallecido hacía un año y aún me sentía dolorida y confusa. No había nada judío en mi vida, no quería que lo hubiera. Olvidé, rechacé o quizás nunca aprendí lo que significaba ser judío. Mi novio no era judío, ni amigas tampoco, comía comida taref (no casher) y vivía una vida taref.
Un día mi padre me llamó y me dijo que tenía algo que mi mamá dejó y que él no necesitaba: la vajilla de Pesaj, que si yo la quería.
En mi infancia no hubo mucho judaísmo, pero de alguna manera Pesaj sí se celebraba, cada año cambiábamos todos los platos, ollas, copas y utensilios; aunque no hacíamos Seder; supongo que era porque mi mamá hacía su parte, pero mi papá, no. A mí me tocaba desempacar la vajilla guardada en el sótano, una finísima vajilla azul, que además hacía juego con las copas de cristal con borde de cobalto, que venían en tres tamaños y recipientes y piezas de servir que combinaban. Por supuesto solo los veíamos una vez al año, en Pesaj.
Le dije a mi papá que no sabría que hacer con eso, porque no celebraba Pesaj, pero lo mismo le pasaba a él; así fue que los mandó a mi apartamento en varias cajas grandes y pesadas. No sé por qué las dejé en el pasillo fuera del apartamento, pero eso fue lo que hice.
Un par de días después llegué a la casa y las cajas no estaban. Corrí a buscar al conserje: ¿”Moshe, sabes algo de las cajas que tenía fuera de mi apartamento?” “Ah si, hice que un tipo se las llevara” dijo. “¿Por qué hiciste eso? Esa era la vajilla de Pesaj de mi mamá”.
“Pensé que eran cajas de basura, estaba limpiando y…. lo siento”, me respondió.
“¿Lo sientes? ¿Quién era el tipo? ¡Dime rápido, a lo mejor lo encuentro!”.
“No lo sé, alguno de la calle”, fue su respuesta.
“¡Oh no!” murmuré.
Salí del edificio y empecé a correr, mirando por todos lados, preguntándole a la gente de los negocios y en la calle, buscando en los montones de basura; pero nada. Regresé caminando despacio, cabizbaja y llorando por dentro.
Bueno, desaparecieron, se fueron para siempre, como muchas personas y cosas en la vida. Encerré mis sentimientos y seguí adelante.
La luz de las velas, casi se desvaneció, y los platos de la vajilla azul y blanco seguían en la mesa, mientras quedamos en silencio, cada una absorta en sus pensamientos.
“Estos platos no significaron mucho para mí hasta que asumí mi judaísmo y no sólo porque empecé a observar kashrut y necesitaba platos de Pesaj, sino más que eso – me detuve y miré a mi alrededor; los platos, el candelabro, las Hagadot, la matzá; el plato del Seder, mi esposo y mis niños dormidos – estos platos simbolizan mi herencia, tanto la espiritual como la física.
Se fueron con la basura porque yo no los supe valorar. Fue poco el cuidado que puse en algo que me fue confiado. Nunca más podré recuperar aquella vajilla que perdí, pero si reclamé la herencia que ella representa. Con estos platos, esta mesa de Pesaj, mi vida; me he redimido”.
Mi amiga sonrió, cuando se acercó ví que había lágrimas en sus ojos y entonces susurró: “Tu mamá estaría orgullosa de ti…”

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