Expresiones de Libertad

Si bien hay muchas razones ofrecidas en el Talmud para el precepto de beber las cuatro copas de vino durante el Seder de Pesaj, la respuesta más estándar es que representa las cuatro expresiones o frases diferentes empleadas por Di-s al anunciar a Moshé nuestra redención. A fin de comprender adecuadamente de qué se tratan estas cuatro frases diferentes, permítanme contarles una corta historia que ayudará a aclararlo.

Meir Senderowitz fue arrestado por la célebre KGB en Rusia por el terrible crimen de enseñar Torá a niños judíos. Su sentencia fue cinco años en Siberia, una palabra que arrojaba terror en los corazones de cada judío.
Meir fue alojado en una unidad cuyo trabajo consistía en limpiar un bosque y colocar vías férreas. El primer invierno fue sumamente crudo. Las temperaturas descendieron a más de 40 grados bajo cero, y los poderosos vientos hacían que el frío se sintiera más aún. Trabajar bajo estas condiciones era espantoso. Cada día era una lucha con la muerte. El alimento que recibía el prisionero no era más que una dieta de inanición, apenas lo suficiente para sobrevivir. La fortaleza de Meir se iba debilitando lentamente. Sabía que no podría durar mucho más bajo estas condiciones inhumanas.

Y entonces, repentinamente, tuvo lugar un milagro. Sucedió en un día invernal particularmente duro. Después de haber trabajado en el clima helado, repentinamente se derrumbó agotado. Su cuerpo se congeló completamente, y no era capaz de levantarse del suelo.
Mientras yacía allí, impotente sobre el suelo, clamó agonizante y profundamente a Di-s.
“¡Por favor, Di-s, ayúdame!”, gritó. El clamor surgió de la profundidad de su corazón y llegó al Trono Divino de Gloria mismo.
Pasaron unos momentos y entonces sintió repentinamente dos manos que lo levantaban desde atrás y lo llevaban a algún lugar. Perdió el conocimiento. Cuando despertó, se dio cuenta que yacía en un lecho cubierto con gruesas mantas. Un médico estaba de pie junto a él tomándole el pulso.
“Te encontré justo en el momento preciso”, dijo el médico. “Un poco más, y estarías muerto”.

Pasó los próximos días acostado en el lecho y recuperándose. El extraño médico, a quien nunca antes había visto ni encontrado, estaba constantemente a su lado, brindándole el mejor cuidado.
“Escucha”, le dijo una noche, cuando estaban solos. “Déjame contarte un secreto que no debes revelar a nadie. También yo soy judío. Fui criado en un Hogar Cristiano, y mis amigos piensan que realmente soy como uno de ellos. Recientemente he sido asignado a este campo. Trataré de ayudarte tanto como pueda. Quizás algún día hasta logre sacarte de aquí. Entretanto, he dado instrucciones de que estás demasiado débil y enfermo como para trabajar afuera. Serás reasignado a tareas de cocina en cambio. Espero que ello haga las cosas mucho más fáciles para ti. Simplemente recuerda, no debes dar a conocer mi secreto a nadie”.

En efecto, Meir fue reasignado a las tareas de la cocina. El trabajo era ahora incomparablemente fácil. Adentro se sentía mejor y el lugar era cálido. El estar en la cocina también le dio fácil acceso a los alimentos. Ya no pasaba más hambre. Su trabajo era mucho más fácil que antes. Por lo menos ahora lo encontraba tolerable. Al menos, no era tan tortuoso como antes. Se sintió en deuda eterna con su nuevo amigo, el médico, por lo que había hecho por él.
Por supuesto, todavía extrañaba su libertad. Seguía encerrado. Todavía tenía que trabajar todo el día. Pelando patatas. Limpiando los platos. Era trabajo, trabajo, y más trabajo, desde temprano en la mañana hasta tarde en la noche.

Una noche, mientras caminaba de regreso a el pequeño bunker en que dormía, se encontró una vez más con el médico. Por supuesto, le agradeció mucho por todo lo que había hecho por él. El médico entonces le contó que tenía un plan para lograr liberarlo de este campo de prisioneros. Había tramado un plan muy inteligente, por medio del cual podría escapar. Con todo, había un cierto riesgo involucrado. Siempre existía la posibilidad de que fuera aprendido.
“¿Estás dispuesto a correr el riesgo?”, le preguntó el médico.
Meir se sintió de inmediato sobrecogido por una gran excitación. Sí, estaba más que dispuesto a hacer el intento.
El médico le dio inmediatamente todos los detalles. A la mañana siguiente iría en su camión a la aldea cercana a fin de buscar algunos medicamentos. El camión estaría lleno de madera. Debía trepar debajo de la madera muy temprano en la próxima mañana. Seguramente el guardia no se molestaría en descargarla. Entonces lo dejaría cerca del bosque, desde donde podría continuar su huida. De hecho, hasta le dio un mapa del bosque y le dijo dónde podría ocultarse mejor de modo que no fuera capturado.
El plan funcionó exactamente como habían esperado, y Meir ahora continuó su marcha por el bosque, siguiendo cuidadosamente el mapa que el médico había confeccionado para él. Cuando su desaparición del campo fue descubierta, comenzó una gran búsqueda para encontrarlo. Pero por más que lo intentaran, él permaneció cuidadosamente oculto a sus ojos.

Unos pocos días después, cuando estuvo seguro de que habían abandonado su búsqueda, salió de su escondite y continuó la marcha. Cuán bien se sentía ahora.. Ya no se le exigía más que trabajara cada día. Por fin estaba afuera. Podía hacer lo que quisiera. Miró a su alrededor, los árboles, las flores, las casas y los hermosos jardines. Cuán maravillosamente bien se sentía ahora. Era un nuevo ser humano. Era un hombre que había vuelto a nacer. Cuánta gratitud debía a su amigo, el médico, por todo lo que había hecho por él.
Pero todavía debía tener mucho cuidado. Caminaba todo el día y dormía en el bosque durante la noche. Sabía que si era apresado nuevamente sería devuelto de inmediato al campo de prisioneros. Cuando veía policías, corría rápidamente en la dirección opuesta.
Cierto. Ya no tenía que trabajar; con todo, todavía se sentía un forastero dondequiera que iba. Todavía se sentía encarcelado.
Un día, mientras cruzaba una pequeña aldea, un automóvil se detuvo repentinamente a su lado. No era otro que su buen amigo, el médico.
Se abrazaron con gran amor.
“Simplemente no puedo agradecerte lo suficiente”, dijo Meir, “por todo lo que has hecho por mí”.
“No importa”, respondió el médico. “Salta adentro. Estoy realmente feliz de haberte encontrado”, dijo a Meir mientras pasaban por la hermosa campiña.
“He estado verdaderamente preocupado por ti. Sé que aún no han cejado en tu búsqueda. Esperaba encontrarte a fin de ser de ayuda adicional. A decir verdad, la mejor cosa que podrías hacer sería salir del país clandestinamente al exterior. Por supuesto, eso no es para nada una cosa fácil. Pero tengo un muy buen amigo que podría resultar útil. De hecho, vive cerca, en la aldea próxima. Quizás debamos detenernos allí y ver qué puede hacer”.
“Tú ya has hecho tanto por mí”, dijo Meir. “¿Cómo puedo pedirte que hagas todavía más?”
“No importa”, contestó el médico. “Es mi mayor privilegio poder ayudarte. Por favor, ni lo menciones”.
Después de viajar más de dos horas, llegaron a una pequeña granja de aldea. Pararon frente a una vieja y dilapidada cabaña. El médico saltó del automóvil y golpeó a la puerta. Un corpulento leñador abrió la puerta. A juzgar por los cálidos saludos que intercambiaron, podía verse al instante que eran muy buenos amigos. Los invitó a entrar, y comenzaron una charla amistosa. Pronto el médico explicó por qué había venido. Necesitaba de alguien que pudiera sacar a Meir de contrabando al exterior, y había escuchado que él tenía cierta experiencia en eso.
“Has llegado al lugar preciso”, dijo el leñador, “pero debo advertirte que tiene sus riesgos. Si te apresan, puedes ser ejecutado en el momento”.
Meir ya había corrido riesgos antes. Estaba más que dispuesto a tomar la oportunidad nuevamente. “Estoy listo para ir cuando sea”, dijo.
El leñador explicó que precisaría algún dinero que sería usado para sobornar a cierta gente. También necesitaría un par de días para arreglar los papeles falsos para la nueva identidad de Meir. Entretanto, era bienvenido a quedarse con él hasta que los arreglos apropiados estén listos. El médico extrajo el dinero que acordaron y lo entregó al leñador. Se dieron un apretón de manos y el negocio estaba cerrado. Pasó más de una semana, y finalmente todo estaba listo.

Por Eli Teitelbaum

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