Shabat Najamú – Destrucción y consuelo

¿De donde proviene esa sensación de consuelo y esperanza que nos invade inmediatamente después del nueve de Av?…

Pero ocurre algo muy extraño; de inmediato luego del nueve de Av, nos embarga una profunda sensación de alegría y consuelo. Llega el primer Shabat (sábado) luego de ese fatídico nueve de Av, “Shabat Najamu” (sábado de consuelo), como un huésped querido y jubiloso, trayéndonos una alegría plena, colmada de esperanza. Y no solo esperanza, sino profunda convicción de que El Creador construirá nuevamente la Casa Santa, que será más sagrada aún que las dos anteriores.
A todo esto, surgen dos preguntas: ¿Cómo es posible que los judíos no olvidemos un acontecimiento ocurrido hace dos mil años y continuemos efectuando manifestaciones de duelo por la destrucción acaecida hace tanto tiempo?
¿Y de donde proviene esa sensación de consuelo y esperanza que nos invade inmediatamente después del nueve de Av?
Nuestras preguntas se hacen más difíciles aún de responder, si recordamos que la persona posee una aptitud natural que le permite olvidar las desgracias que le acaecen juntamente con la facultad de poder recordar acontecimientos felices. Si no fuera por ello, la persona no podría soportar la abultada carga de sus recuerdos penosos.
Cuando se pierde a un íntimo amigo o a un familiar muy querido, el dolor es tremendo e insostenible. Sin embargo, lo que fue cubierto por la tierra, será olvidado por el corazón, como lo expresa un versículo del Tehilim (Salmos 31-13): “nishcajti quemet mileb” (olvidé, como olvida el corazón a un difunto), pues los difuntos no son olvidados sólo por el recuerdo que reside en el cerebro, sino también por el sentimiento que procede del corazón. Lo mismo ocurre con cualquier otra desgracia. Al principio la persona se halla bajo la dolorosa influencia de lo acontecido; sufriendo, y con el corazón triste por la angustia. No obstante, lentamente se debilita esa influencia- su mente y su corazón se liberan de la penosa impresión producida por el triste acontecimiento y el tiempo va curando todas las heridas.
Tomando como base todo lo dicho, se torna absolutamente incomprensible, como nosotros los israelitas no hemos olvidado aun, la destrucción de nuestra Casa Santa. Y no solo la recordamos el nueve de Av, sino diariamente en las oraciones, en la bendición que recitamos después de comer y en todo acontecimiento feliz; aún los sábados y días festivos en los que nos está prohibido ponernos de duelo, recordamos nuestra Tierra Santa y nuestra Casa Sagrada, rogando al Creador que las reconstruya pronto. Hace más de dos mil años que nos conducimos de esa manera. De dónde procede tan prolongada memoria?
La respuesta que dilucida este enigma, nos servirá también para contestar la segunda pregunta, es decir, el origen de esa sensación que nos embarga luego del nueve de Av. Es verdad que la persona termina por olvidar toda pérdida, sea cual fuere su valor; no obstante, ello ocurre cuando el dueño de la pérdida ha abandonado toda esperanza de recobrarla, considerando ya imposible que vuelva a su poder. De esta manera, se comprenderá también el motivo por el cual una persona que halla un objeto perdido, tiene derecho a adueñarse de ese objeto, siempre que tenga absoluta certeza de que sus dueños anteriores, han renunciado a toda esperanza de recobrarlo. La reglamentación exige esa condición pues ella indicaría que se ha cortado toda relación entre los dueños y el objeto perdido, porque si los dueños de ese objeto aun tienen esperanzas de recobrarlo, no renuncian a él y tampoco lo olvidan. Exactamente lo mismo ocurre, cuando se pierde a un familiar querido, si ése familiar ha fallecido, el tiempo curará la herida. No obstante, si solo ha desaparecido como ocurre en épocas de guerra y existe la posibilidad de que permanezca con vida en algún lugar del mundo, no será olvidado, pues el corazón no lo permite.
Esto mismo le aconteció a nuestro padre Jacob; él no encontraba consuelos por su hijo losef (José), pues su corazón le decía que aun vivía. Se hallaba muy triste por la separación y rogaba al Creador que le devolviese a su hijo querido.
Nosotros, los judíos, no podemos olvidar nuestra Casa Santa, pues ella aun existe. Solo las maderas y las piedras han sido destruidas e incendiadas, pero su santidad no la pudieron exterminar
La Casa Santa espiritual, se mantiene eternamente. La realidad de que no hemos podido olvidar nuestra Casa Santa, nos prueba, que fue despojada provisoriamente y que nos será devuelta muy pronto.
En ello, justamente, se halla oculto el secreto de nuestro consuelo. El ponernos de duelo por la destrucción de la Casa Santa y no poder olvidarla, es un indicio de que aun se mantiene; por eso inmediatamente después del nueve de Av, en “Shabat Najamú”, nos invade esa gran alegría, pues poseemos una profunda convicción de que El Creador construirá muy pronto nuestra Casa Santa.
Y así se expresaron nuestros Sabios: todos los que se enlutan por Jerusalem, verán su reconstrucción, como está dicho en un versículo del Profeta Isaías (cap.66): Alegren a Jerusalem y gocen en ella todos los que la aman; alégrense con Jerusalem todos los que se enlutaron por ella.

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