El Kotel Ha Maaravi

El decreto celestial estaba sellado: “¡El Beit HaMikdash será destruido y los judíos serán expulsados de su tierra!” Entonces dijo Di-s: “Pero el Kotel HaMaaraví (el Muro Occidental, o ‘De los Lamentos’) no será destruido, de manera que siempre quede algo que permita recordar que la Gloria de Di-s mora en ese lugar!”
Tito, el cruel general romano, seguía con su obra de destrucción. Cuando conquistó Jerusalén y rodeó el Santo Templo, repartió las cuatro murallas entre sus cuatro generales y ordenó a cada uno de ellos que destruyera la suya.
Tres de ellos destruyeron sus murallas, pero el cuarto, cuya tarea era destruir el Muro Occidental, no lo hizo.
Tito ordenó a sus guardias que trajeran al general a su presencia.
“¿Por qué nos has cumplido mis órdenes?”, le preguntó.
“Juro por la vida del Emperador”, respondió el general, “que lo hice por el honor de Roma. Si yo hubiera destruido también la última muralla, la gente no hubiera sabido qué inmenso santuario has destruido. Ahora todos los que vean la muralla restante del majestuoso Templo, exclamarán:
‘¡Qué héroe es Tito! ¡Miren qué gran Templo ha destruido!”‘
“Tienes razón y has actuado sabiamente”, le contestó Tito, “pero puesto que no has obedecido mi orden, súbete a la muralla y salta. Si quedas vivo, te perdonaré la vida”.
El general obedeció y encontró la muerte sobre el suelo junto a la muralla.
Los judíos no podrían ni hubieran olvidado su Beit HaMikdash. Cada año, el 9 de Av (Ttshá BeAv) se reunían junto al Muro Occidental para derramar sus corazones por la destrucción, e implorar a Di-s que reconstruyera el Beit HaMikdash y trajera de vuelta a todos los judíos desde los cuatro rincones del mundo hacia la Tierra Santa.
Los romanos no podían soportar ver cuán resueltamente los judíos mantenían viva su religión, y cuán sagrado consideraban al Muro Occidental.
Por eso, los gobernantes romanos ordenaron quemar y destruir el muro. Era en vano; el fuego no quemaba las inmensas piedras y el muro seguía entero.
Los romanos pensaron y pensaron, hasta que se les ocurrió un plan. Ordenaron que todos los gentiles que vivían en Jerusalén debían arrojar su basura diariamente junto al Muro Occidental. Tenían la esperanza de que con el correr del tiempo el muro quedaría totalmente cubierto con basura y así desaparecería de la vista.
Pasó un día, pasó otro, y la montaña de basura crecía junto al Muro Occidental. Poco a poco todo el muro quedó cubierto. Los gentiles se alegraron y los judíos guardaban duelo…
Pasaron muchos años. Cierto judío del exilio vino una vez a Jerusalén para derramar su corazón ante Di-s por la destrucción. Era un gran tzadik. Caminó por las calles de Jerusalén buscando el Muro Occidental, pero no podía encontrarlo.
Preguntó a sus habitantes ‘¿Dónde está el Muro Occidental?’ Pero la gente se encogía de hombros y decía que nunca en sus vidas lo habían visto. Este judío, sin embargo, no se dejó vencer. Día y noche andaba por las calles de Jerusalén buscando el Muro.
Cierta vez se encontró con una enorme pila de basura y desperdicios y se preguntó por qué se había acumulado tanta basura precisamente en este lugar. Entretanto, notó que se acercaba una anciana mujer gentil cargando una pesada bolsa sobre sus espaldas. Caminaba unos pasos, se detenía para descansar, y luego seguía. El judío se le acercó para ayudarla.
“¿De dónde vienes, anciana, y qué es lo que cargas?”, preguntó el judío.
“Vengo de una aldea próxima y traigo una bolsa de basura para arrojar en la montaña”.
“¿En tu aldea no tienes lugar para la basura”, le preguntó sorprendido el judío, “que te ves obligada a traerla hasta aquí?”
“Se ve que eres forastero en este lugar”, respondió la anciana mujer. “Es una costumbre nuestra traer la basura hasta aquí. Alguna vez hubo aquí una enorme muralla de piedra que los judíos consideraban santa, por lo que se nos ordenó cubrir el muro. Se nos solía pagar por hacerlo, pero hoy en día no recibimos ni una moneda por ello”, se lamentó la anciana. Luego vació su bolsa y regresó a su aldea.
El judío quedó parado allí, petrificado. Las lágrimas brotaban de sus ojos. “No me moveré de aquí hasta dar con un plan para retirar la basura y poner al descubierto una vez más el Kotel HaMaaravi.
Se quedó allí un rato hasta que de repente sus ojos se encendieron…
El judío comenzó a caminar en dirección a la ciudad y decía al oído de quienquiera encontraba por el camino lo siguiente:
“Dicen que debajo de aquella montaña de basura hay enterrado un enorme tesoro…
Luego, tomó una pala y un balde, regresó, y comenzó a cavar en la montaña de basura, llenando el balde y vaciándolo en una cañada próxima.
Poco tiempo después arribó al lugar más gente con palas y baldes. Toda la ciudad de Jerusalén estaba excitada por el anuncio de que un inmenso tesoro se escondía debajo de la montaña. Pronto la población entera se entregó al trabajo, cavando y limpiando la basura.
Cavaron durante todo el día hasta que se hicieron visibles las piedras superiores del Sagrado Muro. El sol se puso y la gente regresó a su casa para descansar tras un día de trabajo agotador. Sólo una persona se quedó sobre la montaña – el judío del exilio. Este abrazó las piedras del muro y las besó con lágrimas en sus ojos. Luego tomó algunas monedas de oro, las cubrió con basura, y se fue.
El sol apenas había comenzado a mostrar su rostro sobre el horizonte cuando la montaña de basura sobre el lugar del Muro Occidental ya estaba llena de gente.
De repente se escuchó un clamor. Alguien había hallado una moneda de oro, y así una segunda persona y una tercera. La gente comenzó a cavar con más entusiasmo aun.
La gente se reunía cada día y cavaba cada vez más y más profundo. La basura extraída era llevada lejos, y luego se seguía cavando. Cada día se encontraban algunas monedas de oro, pero todos decían que el verdadero tesoro estaba abajo, en la base misma del muro. El judío, por su parte, cavaba y extraía la basura igual que todos los demás, y así gastó toda su fortuna en esta sagrada misión de poner al descubierto el Kotel HaMaaravi.
Los habitantes de Jerusalén continuaron cavando durante cuarenta días alrededor del Muro Occidental en busca del “tesoro” hasta que finalmente todo el lugar quedó limpio. No encontraron el tesoro pero ante sus ojos apareció un enorme muro de piedra. De repente se desató un gran temporal y cayó un torrente de agua. Llovió durante tres días y sus noches, lavando el Muro y dejándolo limpio de todo rastro de suciedad. Cuando la gente vino a ver qué era lo que habían desenterrado, se encontraron ante una portentosa muralla de enormes piedras, algunas de ellas de unos tres metros de alto.
Desde entonces, los judíos acostumbraron a reunirse junto al Muro Occidental en Tishá BeAv, para volcar sus corazones a su Padre Celestial, rezando por la Redención completa que El prometió a Su pueblo a través de nuestros sagrados Profetas.
En aquel lugar sobre el que Avraham trajo a Itzjak para la Akeidá, donde estuvo en pie el Primer Beit HaMikdash -construido por el Rey Salomón- y el Segundo -construido por Ezra y Nejemia-, en ese mismo lugar será construido el Tercer y último Beit HaMikdash cuando muy pronto venga el Mashíaj.
El nuevo Beit HaMikdash superará en belleza y majestad incluso a los dos primeros, y una vez más los Kohanim (sacerdotes) llevarán a cabo su sagrado servicio, los Levitas entonarán sus cánticos, y todas las naciones reconocerán al Di-s único. Entonces tendremos un mundo radiante y hermoso. Y el Muro Occidental ya no será más llamado “Muro de los Lamentos”, porque el sonido de la alegría y la felicidad resonará por las calles de la Vieja Jerusalén.
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