24.000 Más Uno

Había una vez un hombre que tuvo veinticuatro mil discípulos. Él les enseñó a amar, pero el amor de estos fue demasiado absoluto, demasiado verdadero, para ser amoroso…

Ellos murieron, y su muerte desató un período de duelo que oscurece nuestro calendario hasta el día de hoy.
Este hombre tuvo un discípulo que dedicó toda su vida -literalmente cada uno de sus minutos- a la procura de la verdad. Con todo, su verdad era suficientemente verdadera como para amar. También él se fue del mundo, y el aniversario de su desaparición se celebra como un día de alegría y festividad hasta el día de hoy.
Esta, en breves palabras, es la historia de Lag BaOmer, la historia de Rabí Akivá (aprox. 134 de la Era Común) y su discípulo más grande, Rabí Shimón bar Iojái.

Una Muerte Celebrada

Las siete semanas entre Pesaj y Shavuot constituyen un período de anhelo, preparación y autorefinamiento. Con nuestra diaria “Cuenta del Omer”, volvemos a seguir los rastros del viaje de nuestros antepasados desde el Éxodo hasta el Monte Sinaí, desde su primer atisbo al semblante de Di-s hasta su elección como pueblo elegido de Di-s y su recepción de la Torá.
Es también un tiempo de tristeza. No se realizan casamientos durante este período; cual deudos, no nos cortamos el cabello ni disfrutamos del sonido de la música. Fue en este período que los 24.000 discípulos de Rabí Akivá murieron en una plaga “porque no se condujeron con respeto uno con el otro”[1].
Un día se destaca en estas semanas de abatimiento como una isla de alegría: Lag BaOmer, el día 33 de la cuenta del omer. Las leyes y costumbres que proscriben la alegría durante el período del omer se suspenden[2], los niños salen a excursiones, y el día se marca como una ocasión alegre y festiva.
Hay dos razones para este regocijo. Una es que la plaga que se desató entre los discípulos de Rabí Akivá cesó en este día[3]. Una segunda razón es que es el aniversario de la desaparición del discípulo más grande de Rabí Akivá, Rabí Shimón bar Iojái. Antes de su muerte (muchos años después, sin conexión con la plaga), Rabí Shimón se refirió al día de su desaparición como “el día de mi alegría”, e instruyó que fuera observado cada año como un día de celebración festiva[4].

Amor y Verdad
¿Por qué la desaparición de los demás discípulos de Rabí Akivá es evocada con el luto de una tragedia nacional, mientras que la desaparición de Rabí Shimón bar Iojái se recuerda con celebración y regocijo? De hecho, ¡el mismo día que celebra el fin de la muerte de los discípulos de Rabí Akivá, celebra la muerte de su discípulo más importante!
Para comprender el significado de estos dos sucesos de Lag BaOmer debemos examinar primero la raíz de la “falta de respeto” que ocasionó la plaga entre los discípulos de Rabí Akivá.
Rabí Akivá enseñó que “Ama a tu prójimo como a ti mismo”[5] es un “principio cardinal en la Torá”[6]; de hecho, ésta es la más famosa de sus enseñanzas. Uno esperaría, por lo tanto, que los discípulos de Rabí Akivá fueran los principales ejemplificadores de este principio. ¿Cómo puede ser que justamente ellos fueran deficientes en este área?
Su diligencia misma en cumplir el precepto de “Ama a tu prójimo como a ti mismo” fue su ruina.

Nuestros Sabios han dicho que “tal como el rostro de cada persona difiere del de sus semejantes, del mismo modo la mente de cada persona difiere de la de sus semejantes”[7]. Cuando los veinticuatro mil discípulos de Rabí Akivá estudiaron las enseñanzas de su maestro, el resultado fue veinticuatro mil matices de comprensión; los mismos conceptos eran asimilados por veinticuatro mil mentes, cada una única y distinta de la de sus 23.999 colegas. Si los discípulos de Rabí Akivá se hubieran amado menos entre sí, esto hubiera sido cuestión de menos preocupación; pero porque cada discípulo amó a su semejante como se amó a sí mismo, se sintió obligado a corregir el pensamiento “erróneo” de aquél e instruirlo acerca del verdadero significado de las palabras de su maestro. Por la misma razón, cada uno se sintió incapaz de expresar un “respeto” hipócrita por la óptica del otro cuando sentía sinceramente que la comprensión de aquél era deficiente, incluso en el grado más sutil.

Cuanto más grande una persona es, tanto más altos son los criterio en base a los cuales se la juzga; en las palabras de nuestros Sabios: “Con los justos, Di-s es exigente como el espesor de un cabello”[8]. Así, lo que para gente de nuestro calibre se consideraría un defecto menor, tuvo un efecto sumamente devastador sobre los discípulos de Rabí Akivá.

El Decimotercer Año
Pero había un discípulo de Rabí Akivá que aprendió a superar los peligros latentes del amor y la verdad intransigentes, como se ejemplifica en el siguiente incidente de la vida de Rabí Shimón bar Iojái:
Cuando los regentes romanos de Tierra Santa pusieron precio a las cabezas de Rabí Shimón y su hijo Rabí Elazar, estos se ocultaron en una cueva durante doce años. Durante este tiempo, pasaron cada minuto de su día estudiando Torá. Cuando salieron de la cueva, se escandalizaron al descubrir gente arando y sembrando: ¿Cómo puede la gente dejar de lado la vida eterna, que es la Torá, y ocupar sus días con la vida transitoria de lo material? Tan intensa fue su cólera ante tamaña insensatez que cualquier cosa que se encontró con su ardiente mirada se encendió en llamas. Proclamó una voz desde el cielo: “¿Habéis salido para destruir Mi mundo? ¡Regresad a vuestra cueva!” El decimotercer año de estudio de Rabí Shimón, mientras aumentó su conocimiento y apreciación de la verdad eterna de la Torá, también le enseñó el valor de empeños diferentes a los propios. Ahora, dondequiera que iba, su mirada curaba en lugar de destruir[9].

Los 4.000 años de historia y erudición judía han conocido muchos grandes y diligentes estudiosos de la Torá; sin embargo, ninguno epitomizó la devoción absoluta a la procura de la verdad Divina en el grado ejemplificado por Rabí Shimón bar Iojái. A lo largo de los escritos de nuestros Sabios, su ejemplo se cita como el caso máximo de uno “cuyo estudio de la Torá es su única vocación”[10].

Ciertamente, el compromiso de Rabí Shimón con la verdad no era menos absoluto que el de los otros discípulos de Rabí Akivá. Pero su verdad, sin embargo, era lo suficientemente verdadera como para amar. En su decimotercer año en la cueva, él logró una dimensión de la verdad Divina que tolera, de hecho abraza, las muchas y diversas avenidas de conexión con que Di-s ha provisto a una humanidad cuyas mentes, naturalezas y temperamentos son tan dispares como su número. En su decimotercer año en la cueva, Rabí Shimón logró un nivel de verdad en el que podía dedicarse absolutamente a la “vida eterna” que es la Torá y abogar por idéntica devoción en todos los demás[11], y al mismo tiempo apreciar y respetar la senda de aquellos que sirven a Di-s por medio de la “vida temporal” de los empeños materiales.
De modo que el mismísimo día que celebra el fin de la plaga entre los discípulos de Rabí Akivá celebra la desaparición de Rabí Shimón bar Iojái.

Los maestros jasídicos explican que la desaparición de una persona justa marca el punto en el que “todos sus actos, enseñanzas y obras” logran el pináculo de plenitud y realización y el punto de su más poderosa influencia sobre nuestras vidas[12].
Y los “actos, enseñanzas y obras” de Rabí Shimón bar Iojái son la máxima rectificación del trágico fracaso de los discípulos de Rabí Akivá en la tarea de lograr la apropiada síntesis de amor y verdad que haría de su amor algo verdadero y de su verdad algo amoroso.

Una Lección Dual
Como se dijera antes, sólo entre hombres del calibre de los discípulos de Rabí Akivá semejante defecto podía presagiar resultados tan devastadores. Pero nuestros Sabios han elegido registrar esta historia para la posteridad y fijarla en nuestras vidas a través de una serie de leyes que rigen nuestro comportamiento en las semanas entre Pesaj y Shavuot cada año. Obviamente, también nosotros tenemos algo para aprender de lo que sucedió a los discípulos de Rabí Akivá.

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