Una menorá única

El soldado W. marchó junto al Ejército de los Estados Unidos a Europa al final del Segunda Guerra Mundial. Su unidad fue asignada a un pueblo con la orden de afianzar la tranquilidad en la villa y buscar cualquier Nazi oculto. Además, ayudar a los lugareños como pudieran.
El soldado estaba patrullando una noche cuando vio a un muchacho que atravesaba un campo de las afueras del pueblo. “Detente o disparo” gritó. El muchacho se agachó detrás de un árbol. El soldado esperó pacientemente.

El jovencito salió. Figurándose que el soldado se había ido, el muchacho fue cerca de un árbol grande y empezó a excavar. W. esperó hasta que el muchacho terminó de escarbar. Salió y gritó, “¡Detente o disparo”! El chico corrió pero el soldado decidió no disparar. En cambio, siguió la figura furtiva. Alcanzó al muchacho y lo asió.
En la lucha, el joven dejó caer una Menorá- Candelabro- de Janucá que había estado sosteniendo contra su pecho. El soldado recogió la Menorá. El muchacho intentó agarrarla, “Déjela. ¡Es mía!”
W. notó que el niño estaba profundamente asustado y le aseguró que estaba entre amigos. “Soy judío”, le dijo al joven.
El muchacho que había sobrevivido el campo de concentración, desconfiaba de todos los hombres en uniforme. Había sido obligado a mirar la ejecución de su padre. No tenía idea de lo que le había pasado a su madre.

El soldado W. mostró mucho interés por el bienestar del joven. El muchacho, David, se sintió más cerca del soldado americano. W. se ofreció a traer a David a los Estados Unidos, a Nueva York dónde él vivía. David aceptó y W. hizo lo necesario para adoptar a David. El Sr. W., era activo en la comunidad judía. Un conocido suyo, un curador del Museo judío de la Ciudad de Nueva York, vio la Menorá. Él dijo a David que era muy valiosa, una reliquia de la judería europea, y merecía compartirse con la Comunidad judía entera. Ofreció a David 50,000 dólares por el Candelabro.
David se negó, dijo que la Menorá pertenecía a su familia desde hacía más de 200 años y por ningún dinero la vendería.
Cuando llegó Janucá, David y el Sr. W. encendieron la Menorá en la ventana de su casa. David fue a su cuarto para estudiar y el Sr. W. se quedó en la sala junto a la Menorá.

La quietud de la casa fue interrumpida por un golpe en la puerta. Sr. W. salió para ver de qué se trataba. Una mujer que hablaba con un fuerte acento alemán, estaba ante él. Parecía agitada y se excusó por estorbar.
“Caminaba por la calle y vió la Menorá en la ventana”, explicó.
“Teníamos una Menorá así en Europa” dijo con dificultad. “Nunca vi otra igual. ¿Podría verla más de cerca?”
El Sr. W. la invitó a pasar. Dijo que la Menorá pertenecía a su hijo adoptivo, quien podría decirle más sobre la Menorá. W. llamó a David para que le contara más a la mujer sobre la historia de la Menorá.
A la luz mística de la antigua Menorá de Janucá, David se reunió con su madre.

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