Otro milagro del aceite

Abraham Pinjas vivía hace 100 años en Bagdad. El adinerado comerciante judío tenía siempre la mesa llena de invitados, pero este Shabat sólo tenía uno, un pobre que había invitado en la sinagoga. El invitado se intimidó por la riqueza: las alfombras Persas, la vajilla y las paredes bellamente decoradas. Sólo una cosa lo dejó perplejo: en medio de la mesa había una vieja botella rota, vacía.

El Sr. Pinjas notó el interés de su invitado y le contó la siguiente historia:
Mi padre era un hombre de negocios respetado, pero siempre estaba ocupado y me dejó al cuidado de mi abuelo. Todas las mañanas mi abuelo me despertaba, lavaba mis manos, decía las bendiciones de la mañana  conmigo. Antes de partir a la escuela, me besaba en la frente, levantaba sus manos y decía: “Va’ani ana ani ba” [ “Y yo, dónde  iré? ‘(Génesis 37:30)]. Esto es lo que Reuven clamó cuando descubrió que Iosef ya no estaba en el pozo y era imposible salvarlo. Pero no tenía idea de por qué lo decía.
Cuando tenía 14 años, mi abuelo falleció. Empecé a acompañar a mi padre a trabajar. Él intentó asegurarse de que yo rezara y estudiara Torá, pero siempre estaba muy ocupado. Me fasciné con su negocio y no presté atención a mis estudios.
Dos años después, mi padre murió. Ahora estaba solo y tenía que decidir qué hacer con el negocio. Tenía la opción de venderlo, o probar mi suerte como gerente. Contra el consejo de los abogados, escogí lo último.
Me sentí como un pez en el agua. Tuve éxito. Pero empecé a sentirme fuera de lugar como judío observante. Sentía que cuidar Shabat y comer kasher me impedían extender mi negocio. Despacio descubrí que cuantas más mitzvot dejaba de lado, más exitoso me volvía.
Pasaron varios años. Un día, estaba paseando por la calle cuando noté que un muchacho judío, quizás de 13 años, estaba sentado en la acera llorando. Le pregunté qué estaba mal. “Gracias, señor” dijo “pero esto es algo que sólo judíos entenderían”
Sus palabras me apuñalaron en el corazón. “Yo también soy judío…” tartamudeé.
“Lo siento” contestó, “no quise ofenderlo”. Somos muy pobres…  Mi padre murió hace poco y mi madre trabaja para mantener a mis seis hermanos. Esta mañana mi madre nos dijo que esta noche es Janucá. Pedimos un milagro, para poder encontrar dinero para comprar el aceite. ¡Estábamos tan contentos cuando mi hermana halló una moneda detrás de un cajón! Corrí a la tienda y compré una botella pequeña de aceite. Sostenía la botella y soñaba con Janucá. Imaginaba que el Mashíaj podría venir ahora, y mi madre sonreiría de nuevo. Desgraciadamente, tropecé. Miré con horror como la botella voló de mis manos y aterrizó en una piedra. Se rompió, y todo el aceite se volcó. “¡Va’ani ana ani ba!” Con estas palabras, el muchacho se lamentó.
De repente comprendí lo que mi abuelo había querido decir. Él sabía que esto pasaría. ¡Esa botella rota soy yo! ¡Y el aceite volcado es mi alma judía – había perdido mi alma judía!
Como en una catalepsia, saqué dinero de mi bolsillo y lo di al muchacho. “¡Vuelve a la tienda, y compra lo que quieras, y que tengan un feliz Janucá!”
Después recogí la botella y la llevé casa. Me quedé de pie, mirándola y llorando. Pensé: “Un judío no puede perder su alma judía” Estoy seguro que todavía está allí. Saqué la Menorá de mi abuelo del armario, lo desempolvé, encontré un poco de aceite y una mecha y encendí la primera vela de Janucá.
Su luz me hizo sentir vivo. Decidí que la próxima mañana empezaría a colocar los Tefilín. La noche siguiente encendí dos velas y decidí que de hoy en adelante sólo comería kasher. La tercera noche, decidí empezar a estudiar Torá. La noche después de eso tomé la decisión de observar Shabat. A finales de Janucá era un nuevo hombre. Las luces de Janucá me habían salvado.
“Por eso, guardo la botella rota: para recordar cómo el milagro del aceite salvó mi vida”
(de Ohr Tmimim)

Abraham Pinjas vivía hace 100 años en Bagdad. El adinerado comerciante judío tenía siempre la mesa llena de invitados, pero este Shabat sólo tenía uno, un pobre que había invitado en la sinagoga. El invitado se intimidó por la riqueza: las alfombras Persas, la vajilla y las paredes bellamente decoradas. Sólo una cosa lo dejó perplejo: en medio de la mesa había una vieja botella rota, vacía. El Sr. Pinjas notó el interés de su invitado y le contó la siguiente historia: Mi padre era un hombre de negocios respetado, pero siempre estaba ocupado y me dejó al cuidado de mi abuelo. Todas las mañanas mi abuelo me despertaba, lavaba mis manos, decía las bendiciones de la mañana  conmigo. Antes de partir a la escuela, me besaba en la frente, levantaba sus manos y decía: “Va’ani ana ani ba” [ “Y yo, dónde  iré? ‘(Génesis 37:30)]. Esto es lo que Reuven clamó cuando descubrió que Iosef ya no estaba en el pozo y era imposible salvarlo. Pero no tenía idea de por qué lo decía. Cuando tenía 14 años, mi abuelo falleció. Empecé a acompañar a mi padre a trabajar. Él intentó asegurarse de que yo rezara y estudiara Torá, pero siempre estaba muy ocupado. Me fasciné con su negocio y no presté atención a mis estudios. Dos años después, mi padre murió. Ahora estaba solo y tenía que decidir qué hacer con el negocio. Tenía la opción de venderlo, o probar mi suerte como gerente. Contra el consejo de los abogados, escogí lo último. Me sentí como un pez en el agua. Tuve éxito. Pero empecé a sentirme fuera de lugar como judío observante. Sentía que cuidar Shabat y comer kasher me impedían extender mi negocio. Despacio descubrí que cuantas más mitzvot dejaba de lado, más exitoso me volvía. Pasaron varios años. Un día, estaba paseando por la calle cuando noté que un muchacho judío, quizás de 13 años, estaba sentado en la acerallorando. Le pregunté qué estaba mal. “Gracias, señor” dijo “pero esto es algo que sólo judíos entenderían” Sus palabras me apuñalaron en el corazón. “Yo también soy judío…” tartamudeé. “Lo siento” contestó, “no quise ofenderlo”. Somos muy pobres…  Mi padre murió hace poco y mi madre trabaja para mantener a mis seis hermanos. Esta mañana mi madre nos dijo que esta noche es Janucá. Pedimos un milagro, para poder encontrar dinero para comprar el aceite. ¡Estábamos tan contentos cuando mi hermana halló una moneda detrás de un cajón! Corrí a la tienda y compré una botella pequeña de aceite. Sostenía la botella y soñaba con Janucá. Imaginaba que el Mashíaj podría venir ahora, y mi madre sonreiría de nuevo. Desgraciadamente, tropecé. Miré con horror como la botella voló de mis manos y aterrizó en una piedra. Se rompió, y todo el aceite se volcó. “¡Va’ani ana ani ba!” Con estas palabras, el muchacho se lamentó.  De repente comprendí lo que mi abuelo había querido decir. Él sabía que esto pasaría. ¡Esa botella rota soy yo! ¡Y el aceite volcado es mi alma judía – había perdido mi alma judía!  Como en una catalepsia, saqué dinero de mi bolsillo y lo di al muchacho. “¡Vuelve a la tienda, y compra lo que quieras, y que tengan un feliz Janucá!”  Después recogí la botella y la llevé casa. Me quedé de pie, mirándola y llorando. Pensé: “Un judío no puede perder su alma judía” Estoy seguro que todavía está allí. Saqué la Menorá de mi abuelo del armario, lo desempolvé, encontré un poco de aceite y una mecha y encendí la primera vela de Janucá.  Su luz me hizo sentir vivo. Decidí que la próxima mañana empezaría a colocar los Tefilín. La noche siguiente encendí dos velas y decidí que de hoy en adelante sólo comería kasher. La tercera noche, decidí empezar a estudiar Torá. La noche después de eso tomé la decisión de observar Shabat. A finales de Janucá era un nuevo hombre. Las luces de Janucá me habían salvado.   “Por eso, guardo la botella rota: para recordar cómo el milagro del aceite salvó mi vida”(de Ohr Tmimim) sólo tenía uno, un pobre que había invitado en la sinagoga. El invitado se intimidó por la riqueza: las alfombras Persas, la vajilla y las paredes bellamente decoradas. Sólo una cosa lo dejó perplejo: en medio de la mesa había una vieja botella rota, vacía.

El Sr. Pinjas notó el interés de su invitado y le contó la siguiente historia:
Mi padre era un hombre de negocios respetado, pero siempre estaba ocupado y me dejó al cuidado de mi abuelo. Todas las mañanas mi abuelo me despertaba, lavaba mis manos, decía las bendiciones de la mañana conmigo. Antes de partir a la escuela, me besaba en la frente, levantaba sus manos y decía: “Va’ani ana ani ba” [ “Y yo, dónde iré? ‘(Génesis 37:30)]. Esto es lo que Reuven clamó cuando descubrió que Iosef ya no estaba en el pozo y era imposible salvarlo. Pero no tenía idea de por qué lo decía.

Cuando tenía 14 años, mi abuelo falleció. Empecé a acompañar a mi padre a trabajar. Él intentó asegurarse de que yo rezara y estudiara Torá, pero siempre estaba muy ocupado. Me fasciné con su negocio y no presté atención a mis estudios.
Dos años después, mi padre murió. Ahora estaba solo y tenía que decidir qué hacer con el negocio. Tenía la opción de venderlo, o probar mi suerte como gerente. Contra el consejo de los abogados, escogí lo último.

Me sentí como un pez en el agua. Tuve éxito. Pero empecé a sentirme fuera de lugar como judío observante. Sentía que cuidar Shabat y comer kasher me impedían extender mi negocio. Despacio descubrí que cuantas más mitzvot dejaba de lado, más exitoso me volvía.
Pasaron varios años. Un día, estaba paseando por la calle cuando noté que un muchacho judío, quizás de 13 años, estaba sentado en la acerallorando. Le pregunté qué estaba mal. “Gracias, señor” dijo “pero esto es algo que sólo judíos entenderían”
Sus palabras me apuñalaron en el corazón. “Yo también soy judío…” tartamudeé.
“Lo siento” contestó, “no quise ofenderlo”. Somos muy pobres… Mi padre murió hace poco y mi madre trabaja para mantener a mis seis hermanos. Esta mañana mi madre nos dijo que esta noche es Janucá. Pedimos un milagro, para poder encontrar dinero para comprar el aceite. ¡Estábamos tan contentos cuando mi hermana halló una moneda detrás de un cajón! Corrí a la tienda y compré una botella pequeña de aceite. Sostenía la botella y soñaba con Janucá. Imaginaba que el Mashíaj podría venir ahora, y mi madre sonreiría de nuevo. Desgraciadamente, tropecé. Miré con horror como la botella voló de mis manos y aterrizó en una piedra. Se rompió, y todo el aceite se volcó. “¡Va’ani ana ani ba!” Con estas palabras, el muchacho se lamentó.
De repente comprendí lo que mi abuelo había querido decir. Él sabía que esto pasaría. ¡Esa botella rota soy yo! ¡Y el aceite volcado es mi alma judía – había perdido mi alma judía!

Como en una catalepsia, saqué dinero de mi bolsillo y lo di al muchacho. “¡Vuelve a la tienda, y compra lo que quieras, y que tengan un feliz Janucá!”
Después recogí la botella y la llevé casa. Me quedé de pie, mirándola y llorando. Pensé: “Un judío no puede perder su alma judía” Estoy seguro que todavía está allí. Saqué la Menorá de mi abuelo del armario, lo desempolvé, encontré un poco de aceite y una mecha y encendí la primera vela de Janucá.
Su luz me hizo sentir vivo. Decidí que la próxima mañana empezaría a colocar los Tefilín. La noche siguiente encendí dos velas y decidí que de hoy en adelante sólo comería kasher. La tercera noche, decidí empezar a estudiar Torá. La noche después de eso tomé la decisión de observar Shabat. A finales de Janucá era un nuevo hombre. Las luces de Janucá me habían salvado.

“Por eso, guardo la botella rota: para recordar cómo el milagro del aceite salvó mi vida”

(de Ohr Tmimim)

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