Januca en Bergen-Belsen

En uno de los últimos grupos que llegaron a Bergen-Belsen, hacia el fin de la Segunda Guerra Mundial, se encontraba un judío de apariencia carismática llamado Reb Shmelke. Su nombre era Shmuel Shnitzler, jasid y estudioso de la Torá en Hungría. Era muy alto y distinguido, con ojos cálidos y penetrantes. Él mantuvo una genuina alegría, en el infierno del campo de concentración.

Sufría los terrores y sufrimientos, el hambre y el abuso que eran la porción diaria del judío como todos los otros. Pero, de algún modo, su conducta parecía indicar que no le afectaba de la misma manera, como si realmente no estuviera allí. Era además una fuente de estímulo para los otros prisioneros. Él decía: “Un judío y la desesperación son contradictorios en esencia; no pueden co-existir”. Siempre que podía, organizaba un Minián para rezar, sobre todo en Shabat. De noche animaba a todos con historias de Rebes Jasídicos, transportándolos momentáneamente a otros mundos, permitiéndoles olvidar sus sufrimientos por un momento.

Para asombro de todos, Reb Shmelke caía bien a los ojos de los crueles S.S. A través de sus conexiones ayudó a varios presos.

Se le asignó el trabajo de sacar los cuerpos de quienes morían de inanición. Los trataba con el mayor respeto posible, considerando santo su labor.

Además de las condiciones de horror, Reb Shmelke se encontró con otro problema: ¿cómo obtener el aceite para encender las velas de Janucá, que estaba llegando?.
Consultó a todos los que podrían ayudar, pero nadie tenía aceite. Parecía imposible.

Pero él no se desesperó. La mitzvá de encender las luces de Janucá era muy importante para él. Además del estímulo que daría a los judíos la luz en la más profunda oscuridad.

El día antes de Janucá, Reb Shmelke corrió a una de las barracas del campo pues alguien había muerto allí. No lejos del cerco, su pie tropezó con un montículo de tierra que cubría un hoyo pequeño. Alguien lo había excavado con un propósito.

Miró dentro y distinguió que el sol reflejaba algo. Vio que había un objeto sólido enterrado. Se arrodilló y sacó la tierra con sus manos. ¡Era un frasco pequeño, lleno con un líquido congelado! ¿Podría ser?

Quitó la tapa rápidamente y puso su dedo dentro. ¡Era aceite! ¿Un milagro de Janucá? ¿Estaba soñando? Notó que el frasco ocultaba otros objetos. Excavó un poco más y descubrió un paquetito envuelto en tela. ¡Había ocho vasitos y ocho mechas de algodón!

Alguien había enterrado este tesoro. Reb Shmelke lo tapó rápidamente y lo rellenó con tierra, aplanando la superficie. Era peligroso guardar los materiales hasta Janucá. Además, quizás pertenecía a alguien…
Más tarde, preguntó entre los reclusos con aire de inocencia si alguien había escondido aceite en un pozo. Todos lo miraban como si estuviera loco.
A la noche siguiente, todos los judíos de la barraca de Reb Shmelke se apiñaron a su alrededor para encender la primera vela de Janucá. Era una escena que contrastaba con el áspero ambiente del campo de concentración, y el rayo de esperanza se repitió ocho noches.

Reb Shmelke logró sobrevivir hasta que finalmente las fuerzas aliadas liberaron su campo. Después de la conclusión de la guerra, volvió a su pueblo en Hungría.
Varios años después, pudo viajar a los Estados Unidos de América, para visitar al Satmer Rebe, Rabí Ioel Teitelbaum en Brooklyn. El Rebe que ya había oído de Reb Shmelke y sus hechos, le dio la bienvenida.
Después de conversar un tiempo, el Rebe dijo: “Oí que tuviste el gran honor de encender las velas de Janucá en Bergen-Belsen”
“¿Cómo lo sabe Rebe? Reb Shmelke preguntó sorprendido”.
“Oí, oí,” contestó el Rebe, sonriendo misteriosamente. Después, el Rebe se acercó a su sorprendido visitante y le susurró: “Yo escondí el aceite, los vasitos y las mechas en ese agujero al lado del cerco, cuando estuve encerrado en ese campo un año antes que usted estuviera allí, antes de mi escape milagroso. En el momento que lo hice” el Rebe agregó “supe que en el momento correcto, la persona correcta los hallaría y sabría exactamente qué hacer..

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