En búsqueda del candelabro perdido

Mi abuela es una mujer dulce y pequeña, de un metro y medio de altura. Su candelabro, de medio metro de alto, era más que un simple candelabro. Era un símbolo familiar, un imán que nos reunía.
En las vísperas de Shabat, Bobe se ponía un pañuelo de Shabat especial. Con gran fanfarria encendía cada vela. Cuando terminaba de encender la última candela, permanecía delante del candelabro con sus ojos con lágrimas corrían por sus mejillas. Ella oraba por sus hijos casados y sus nietos. Hablaba en idish: “Estimado Padre en el Cielo, mira y protege a mi marido, hijos y Sea Tu voluntad que crezcan personas buenas, fieles a nuestra religión. Por favor concédele sustento y paciencia a mi estimado marido. Cuídanos a todos”.

Todos estábamos de pie alrededor de la mesa de Shabat con respeto. Bobe se parecía a una reina que hablaba al Rey de Reyes, a Di-s Omnipotente. Cuando terminaba su Plegaria empezábamos nuestro Shabat. Cuando nuestra familia creció, Bobe estaba más tiempo con sus velas. Cuando cumplió 94 años, tenía muchos nietos casados que también tenían hijos propios. Había cinco generaciones en la familia de Bobe. Al encender las velas Bobe oraba por cada miembro de la familia. Su candelabro estaba hecho de plata sólida con una base fuerte de plata. Todo el año tenía tres ramas de dos velas en el medio un tallo era para otra vela. La costumbre tradicional para la víspera de Shabat es encender una velas por el padre, madre e hijos. Cuando nace un hijo, se agrega otra vela de Shabat. Mi abuela encendía cinco velas. Durante la semana de Janucá, ella agregaba dos ramas dos velas cada una, haciendo un total de nueve velas. El candelabro estaba construido de forma que los posa-velas podían quitarse e insertarse en su lugar tacitas de aceite para el encendido especial de Janucá. Su candelabro de Shabat se convertía en Janukiá.

Durante la semana de Janucá ella le entregaba su preciat candelabro a mi abuelo para encender las velas de la fiesta de Janucá era nuestro tiempo más feliz. Todos los hijos, nietos y bisnietos venían a la casa de Bobe y Zeide para recibir el Janucá guelt (dinero de Janucá) y unirse al encendido de Janukiá.
Zeide estaba de pie orgullosamente, como un Cohén, el sacerdote del Gran Templo, cuando encendía la Menorá. Cuando Zeide murió, Bobe pasaba sus inviernos en Miami. Y llevaba sus candelabros con ella. ¡Cada Shabat Bobe lustraba los candelabros de plata y oraba:”;Que mí mazl (suerte) brille siempre!”

Todos esto se acabó cuando alguien robó su Candelabro. Bobe estaba marchita. Su cuerpo pequeño se agitaba como un sauce en la tormenta cuando hablaba sobre su más preciada posesión, su candelabro. ¿Cómo podían robarlo? Su única preocupación era cómo encendería sus velas. Ella creía que su Candelabro volvería. “He orado para que el Candelabro nos protegiera, y estoy segura de que el Candelabro ha hecho eso. Ahora rezo para que el Candelabro vuelva a mí.” Con determinación silenciosa ella oró y oró. La familia no sabía qué hacer. Inesperadamente un amigo de la infancia de Austria, el lugar de nacimiento de Bobe, nos visitó y avisó: “Nunca había visto una Candelabro como la que vi hoy. Sorprendentemente vi una réplica de tu Candelabro, en la vidriera de una tienda de regalos”
Nos quedamos mudos.¿Podría ser que nuestro invitado había visto Candelabro robado? ¡Bobe saltó y dijo:”;Vamos a recuperar mi Candelabro! ¡¡¡Pronto será Janucá y lo necesito!!!” Bobe, mis padres, la dama de compañía de Bobe, y un policía fueron a la tienda de regalos. Con un destello en sus ojos y un grito de alegría Bobe tomó su Candelabro y dijo: “Nos has protegido y ahora regresas a casa conmigo.”
Antes de que cualquiera pudiera decir algo, Bobe asió el Candelabro del estante y lo sostuvo cerca de su corazón. Nadie podía detenerla. Los vecinos de Bobe, judíos y no judíos, se unieron en su regreso triunfante a casa. Cuanto más se acercaba a su hogar, más personas se le unían. Bobe, vestida al estilo europeo, cargando un Candelabro casi tan grande como ella, seguida por una procesión de familiares y amigos, era un espectáculo memorable. Era de verdad un gran desfile de Janucá.

El Candelabro recibió una limpieza especial, y ese fue el Janucá más luminoso en la casa de Bobe. ¿Quién dijo que ios milagros ya no suceden?

Por Rabi Eli Hecht

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