La Novena Vela

¿Existe el concepto de la Novena vela?…


Fue exactamente hace 64 años. El tiempo pasa muy rápidamente y muy despacio para mí. Sesenta años es como si fuese ayer y como hace 1000 años. Esos horribles días son momentos helados que nunca se marchan. Sin embargo, también están muy distantes, como de otro universo, otra era. Nunca me olvidaré del último Janucá en las barracas. La mayoría de nosotros estaba tan consumido tratando de conseguir de entre los desechos un pedacito de algo, evitando llamar la atención de los guardias, que no teníamos idea de qué día del año era. Sobre todo en esas últimas semanas antes de la liberación, los Nazis eran particularmente imprevisibles y crueles, y el caos sólo hacía las cosas peor. Había todavía quienes siempre supieron las fechas exactas. Ellos indicaban al resto de nosotros que era Shabat, Pesaj y otros días importantes. Ese día en particular un hombre me dijo que era Janucá. Esa mañana fui a la enfermería para probar sacar sin que nadie viera un bálsamo –algo para ayudar a aliviar las heridas abiertas de mi padre. Su enfermedad –no estoy seguro si era Tifus o alguna otra maldita dolencia- estaba comiendo su cuerpo. Siempre que podía, salía furtivamente para verlo, y notaba que luchaba silenciosamente por algún alivio. Como niño estaba completamente superado por la visión de mi padre sufriendo. Ese día en particular, cuando salí furtivamente y visité la litera de mi padre –si así pudiera llamarse- él ya no estaba allí. Me puse frenético. Un señor mayor que no conocía pero que vi a menudo hablando con mi padre, vino a consolarme. Él tampoco sabía si mi padre había fallecido –hasta el momento no sé si fue la enfermedad o una bala Nazi que mandó a mi padre al Cielo, pero la suya era una presencia tranquilizante. Él me dijo que hoy era Janucá y celebramos la victoria de los pocos y débiles por sobre los poderosos y muchos opresores. Encendemos las velas para demostrar que nuestra luz es más fuerte que cualquier oscuridad. “Tu padre estaría muy orgulloso de saber que tú continúas su luz a pesar de la oscuridad reinante alrededor de nosotros”. Me conmoví tanto por sus palabras – y todos los recuerdos que me trajo de mis años más tempranos en Lodz- que le sugerí entusiastamente que debíamos encender la Menorá esa noche. Él me sonrió con una sonrisa que apenas ocultaba su profunda angustia –y dijo que sería demasiado peligroso probar. Insistí y corrí a conseguir un poco de aceite de máquina de la fábrica. Yo estaba tan entusiasmado. Y por ese breve momento pude apartar mi pesar. Hice despacio mi camino a la barraca, para que nadie lo notara, con mi preciado y valioso poquito de aceite. Entretanto el señor había reunido algunas mechas, al parecer de ropa o algún otro material. Ahora necesitábamos fuego para encender nuestra Menorá provisional. Noté que al fondo de una construcción había unas carbonillas de fuego. Estuvimos de acuerdo en que esperaríamos hasta el crepúsculo y en un momento oportuno encenderíamos nuestras luces de Janucá. Cuando estábamos caminando cerca de las carbonillas, un guardia, uno especialmente cruel, nos notó y tomó el aceite y mechas que estábamos ocultando. Empezó a maldecirnos. Un milagro parecía estar sucediendo cuando su superior gritó alguna orden. Al parecer necesitaba su participación, y él se marchó rápidamente con nuestro precioso combustible. El milagro fue sin embargo, efímero. El animal nos gritó que volvería pronto a “ocuparse de nosotros” Yo estaba aterrado. El señor estaba completamente sereno. Y entonces me dijo las palabras que se grabaron en cada fibra de mi ser hasta este día: “Esta noche hemos realizado un milagro mayor que el milagro de Janucá. Hemos encendido una llama más poderosa que las luces de Janucá. El milagro de Janucá consistió en el hallazgo de una vasija de aceite que milagrosamente ardió durante ocho días. Esta noche realizamos un milagro aun mayor: Encendimos la invisible novena vela incluso cuando no teníamos el aceite… No te equivoques. Encendimos la Menorá esta noche. Hicimos todo lo posible a nuestro alcance para poder prender las velas, y cada esfuerzo es reconocido por Di-s. Él sabe que fuimos privados por fuerzas que no estaban en nuestro poder, pero de alguna manera más profunda, encendimos la Menorá. Hemos encendido la novena llama- la más poderosa de todas, tan poderosa que no puede verse siquiera”. El hombre me prometió entonces: “Tú saldrás de aquí vivo. Y cuando lo hagas, lleva contigo esta novena llama invisible y permite que sea libre. Permítele volar como un pájaro. Dile a Di-s que así como Su milagro de Janucá ha sido grande, nosotros realizamos un milagro aun mayor: Encendimos una vela incluso cuando no teníamos aceite. Dile al mundo- muéstrales la luz que ha surgido de lo más oscuro de la oscuridad. No teníamos aceite físico y tampoco aceite espiritual. Éramos criaturas infelices, tratados peor que los animales. Sin embargo, de alguna manera milagrosa, encontramos una vasija donde nunca existió -en los fuegos del infierno de Auschwitz. Los fuegos de Auschwitz no aniquilaron sólo un Templo. Ellos convirtieron en cenizas a las propias personas. En la destrucción del Templo la ira Divina se soltó en ‘la madera y las piedras‘. Aquí han consumido nuestras vidas. No había aceite. Ni siquiera aceite impuro. Ningún aceite. Pero nosotros nunca nos rendimos. Permite que el mundo sepa que nuestra novena llama está viva y brillante. Dile a cada persona en desesperación que la llama nunca se va”. Cuando terminó de pronunciar estas palabras, la bestia Nazi volvió y rudamente lo llevó detrás de una de las barracas… Yo me escape. Después de unas semanas los rusos llegaron y fuimos liberados. Aquí estoy hoy, para contarles la historia de la novena llama.

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