Janucá: Milagros y Luces

Janucá está nuevamente entre nosotros, llega modestamente, sin mucha pompa ni ceremonia…

A pesar de lo aparentemente pobre de la celebración de Janucá, en contraste con las demás festividades del calendario hebreo, llenas de Mitzvot -preceptos-, no carece, empero, de ricos matices; no le falta ni espíritu ni atmósfera.
Tal es así que, en cuanto a profundidad y mensaje, Janucá nos provee de enseñanzas que se hacen más que apropiadas y actuales.
Dos fueron los milagros que ocasionaron la fijación de esta época para su celebración.

La victoria de un puñado de hombres, los Jashmonaím, sobre la gran superioridad numérica de los ejércitos sirios, y el milagro ocurrido con el frasco de aceite que, a pesar de la humillante profanación llevada a cabo por el invasor en el Beit Hamikdash -Gran Templo de Jerusalem-, permaneció con el sello del Kohen Gadol -Sumo Sacerdote-, que garantizaba su pureza, intacto. Este pequeño frasco contenía una cantidad de aceite mínima; sólo para una noche de duración. La elaboración del nuevo aceite necesario para la Menorá -candelabro- del Templo tardaría ocho días. Y he aquí que el milagro se produce. La pequeña cantidad de aceite, suficiente para un día dura ocho días!

Estos dos milagros, forman la esencia de la plegaria que se agrega en las oraciones del “Shemoná Esré” y las posteriores a las comidas -el Bircat Hamazón-, llamada “Al hanisim..”-’Por los milagros. . .
En esta oración, dos pasajes mencionan ambos sucesos:
entregaste a los fuertes en manos de los débiles, a los muchos en manos de los pocos, a los impuros en manos de los puros, a los pecadores en manos de los piadosos, a los arrogantes en manos de quienes se dedican a Tu Torá..
-y Tus hijos entraron a Tu Morada, limpiaron Tu Templo, purificaron Tu Santuario y prendieron luces en Tus Sagrados Patios. .
Se trata no solo del recuerdo de hechos históricos, acaecidos en épocas remotas, cuya agradable memoria se mantiene indeleble y viva durante los ocho días de Janucá.

Por el contrario, son para nosotros eventos de la vida cotidiana, hechos que nos ocurren iariamente, en todas las generaciones. En realidad, nuestra existencia individual como judíos y como “pueblo judío”, es un continuo Janucá.
Somos una minoría, y, generalmente, nos vemos enfrentados a un mundo hostil.
Somos superados numéricamente y, más aún, en fuerzas.
Muchas naciones poderosas se han empeñado, y así continúan haciéndolo hasta el presente, en destruirnos. Algunas casi tuvieron éxito. Pero siempre, al filo del terrible desenlace, un suceso milagroso, totalmente sobrenatural, nos salvó de una aniquilación total y segura.

¿Cuál es el secreto de esta increíble sucesión de “victorias”, generación tras generación?
Las luces de Janucá nos revelan este misterio indicándonos el camino a seguir. Efectivamente, iluminan el sendero, a fin de que transitemos por él sin tropiezos de ninguna índole.
Veamos algunos conceptos que revelan estas luminarias:
Aceite y mecha no alcanzan, es necesario el fuego:
Cada judío es dueño del potencial que se requiere para ser una fuente de iluminación. Empero, con potencialidad solo, no es suficiente. Es menester acercar una llama para que la mecha y el aceite cumplan su función.
Y las palabras Divinas nos brindan una clara explicación de la procedencia del fuego eterno: “¿Acaso no son Mis palabras como el fuego? Dice Di-s”.

El fuego es la sabiduría. El conocimiento de Di-s. Arde con una tíama eterna y tal como su primera fuente, es Eterna. La Torá, Palabra Divina, provoca que la inerte mecha y el aceite apto, ardan con fuerza, dando luz y calor, símbolos de la vida.
El aceite no se mezcla con otros líquidos: Están aquellos que dicen que a través de cierta “moderación” en la vida religiosa, con un “poco” de actualización de esta enseñanza Divina eterna, un “poco” de asimilación, se puede atraer a la juventud, dándole a la Torá más flexibilidad
. Las luces de Janucá nos enseñan que justamente el polo opuesto es el que permitió a un pequeño grupo, adepto a sus leyes milenarias hasta el sacrificio, dispuestos a entregar su vida, si fuera preciso, mantener su vida judaica fiel e iluminar el Templo con pureza. Se apartaron de los “muchos”. No dijeron, “seamos más actuales, parecidos a nuestros invasores

Continuaron férreamente siendo pocos, sin mezclarse, sin asimilar el medio de vida que se les quería imponer, ajeno a los dictámenes de la Torá. A pesar de su aislamiento del mundo exterior, pagano, a pesar de continuar siendo “pocos contra muchos”, ganaron su batalla. Porque en adición a ello fueron “los que se dedican a Tu Torá contra los arrogantes”. Su particularidad, su diferencia, y no su “modernización” fueron los factores que decidieron su suerte. De no ser por aquellos que aprendieron del aceite, muchos de nosotros no estaríamos aquí.

La menorá se enciende hacia el exterior: Para aquellos que creen que la solución del problema judío reside en mantener su vida judía oculta a los ojos de la calle, para no despertar el sentimiento dé diferencia que puede ser madre de posibles trastornos y antisemitismo, el modo de encendido de la Menorá es más que expresivo.
La experiencia nos demuestra lo equívoco de la actitud mencionada.

Por el contrario, cuando el judío lleva su vida religiosa con orgullo, es decir sin ocultar su verdadera identidad, sin “temores” a la calle, logra con ello el respeto de los que lo rodean. La calle es siempre símbolo de lo mundano. El hogar – es símbolo de lo sagrado. En él se es judío, llevando una vida, de acuerdo a nuestra tradición. Pero cuando se trata del mundo mundano -valga la redundancia- que lo rodea, ese modo de vida parece ser imposible. Las luminarias de Janucá nos dicen todo lo contrario. Se encienden mirando hacia la calle. Iluminándola. Llevando hacia el exterior una luz sagrada, sobre la cual se pronunció una Brajá -bendición-, en la que se expresó que la calle, lo mundano, el universo, pertenece a su Creador, el Santo bendito sea.
Por último, lo más trascendente.

Cada día se aumenta una vela: Todas las enseñanzas de las luces de Janucá, -que vienen a disipar la oscuridad reinante, de acuerdo a las palabras de nuestros Sabios: “Poca luz disipa mucha oscuridad”- pretenden crear un asidero en las turbulentas y oscuras épocas del Galut, deben ser constantemente crecientes, al igual que el modo en que se encienden estas luces.
Ayer, cuando encendimos la primera luz de Janucá dijimos una bendición. Esta luz, se convierte en algo espiritual.
Ayer,ella alcanzó para disipar la oscuridad reinante en ese momento.

Hoy, empero, ya no alcanza. El hombre debe seguir creciendo. La espiritualidad debe ir en constante aumento. Lo que ayer fue suficiente, hoy ya no alcanza. Hoy se deben prender dos luces. Aumentar la luminosidad espiritual del mundo.

Igualmente, el judío debe crecer constantemente en su acercamiento al Creador. Debe esforzarse hoy más que ayer y mañana más que hoy. Porque cuando no se crece, cuando se supone que se está estático, en realidad se está decreciendo.
Seamos, entonces, concientes de nuestro verdadero camino, encendiendo las luces de Janucá, las que se forman con mecha, aceite y llama, hacia la calle y creciendo constantemente.
Encendamos nuestra luz, para lograr un Janucá verdaderamente luminoso, en todo el sentido de la palabra.

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