Janucá, luz, no fuerza

Nuestros Sabios dividen la materia física en cuatro elementos: tierra, agua, aire y fuego…

No celebramos Janucá con una seudá – un banquete – porque la historia de Janucá gira en torno a un concepto totalmente espiritual. En Purim, la guerra con Hamán fue una guerra física. Hamán quería eliminar a los judíos. Por tratarse de una guerra relacionada con aspectos físicos, la celebración de Purim también es física, así como la guerra. Pero como Janucá es una celebración espiritual, se celebra con luz, con el encendido de las velas, y no con comida. Aunque en Janucá también hubo una guerra, no celebramos la victoria como tal, porque la guerra fue estrictamente secundaria respecto del milagro principal de Janucá: encontrar aceite puro, no contaminado, y encender la Menorá, el candelabro. Aunque mencionamos la victoria en la oración complementaria de Al HaNissím en la Amidá y en el Bricat Hamazon (la oración de agradecimiento al concluir las comidas), se trata únicamente de una mención honorable. No es la principal característica de Janucá. Tal vez la prueba de ello sea el hecho de que si olvidamos recitar Al HaNissím, no es necesario repetir toda la Amidá.

Procuraremos ahora comprender algo de la naturaleza de la luz. Como todos saben, nuestros Sabios dividen la materia física en cuatro elementos: tierra, agua, aire y fuego. El fuego es diferente de los otros tres elementos de dos maneras. Los otros tres elementos son físicos. Tienen dimensiones y siguen ciertas leyes de la física. Están limitados en el tiempo y el espacio. El fuego es inusual por cuanto si uno tiene una pequeña llama, una vela que tiene una pequeña llama, con esa vela puede encenderse un número infinito de velas. Un millón, mil millones, diez mil millones. En tanto tengamos tiempo y velas, podemos seguir encendiendo velas por siempre a partir de esa única vela. Y la vela original no pierde nada por ello. Esto parece desafiar toda lógica. ¿De dónde sale todo ese fuego? Hay una cantidad limitada de agua, de tierra y de aire. Pero el fuego parece tener una cualidad infinita. De los cuatro elementos, entonces, el fuego es el más espiritual, pues en cierto sentido desafía las leyes naturales.

Otra diferencia entre el fuego y los demás elementos es que el fuego siempre busca ascender. Se puede tomar una vela y sostenerla al revés y la llama siempre se elevará. Nuestros Sabios explican que esto se debe a que busca su fuente en lo alto.

Precisamente por estas cualidades únicas celebramos Janucá con fuego, porque el fuego es lo más espiritual que un elemento físico puede llegar a ser. Es lo más cercano que puede haber en la fusión de lo espiritual con lo físico.

Hay tres tipos de velas que encendemos como mitzvá, precepto: las velas de Shabat y de Iom Tov, las velas de la Menorá (Candelabro) en el Beit HaMikdash, el Templo Sagrado, y las velas de Janucá. Sin embargo, hay varias diferencias importantes entre ellas: las velas de Shabat y de Iom Tov y las velas del Beit HaMikdash, se encienden en el interior de la casa, en tanto que las velas de Janucá (idealmente) se encienden en el exterior, hacia afuera (aunque esto no se acostumbra hacer actualmente por diversas razones). Otra diferencia es que las velas de Shabat y de Iom Tov y las velas del Beit HaMikdash se encienden antes de que oscurezca, antes de la puesta del sol, mientras aún hay luz afuera. Las velas de Janucá se encienden después del anochecer, cuando comienza a oscurecer.

Una tercera diferencia es que siempre encendemos el mismo número de velas de Shabat y de Iom Tov, así como de luminarias en el Beit HaMikdash. Aunque agregamos otra vela de Shabat cuando nace un hijo, se trata sólo de una costumbre. La principal mitzvá es encender dos velas en Shabat y siete en el Beit HaMikdash, en tanto que en Janucá agregamos una vela por día. El primer día de Janucá, la mitzvá se cumple de la mejor manera posible con una vela, mehadrín min hamehadrín (lujo de lujo). Sin embargo, para cumplir de la mejor manera posible la mitzvá el segundo día, debemos encender dos velas, e ir agregando una por día.

La primera diferencia, que las velas de Janucá se encienden al aire libre, nos enseña que no debemos guardarnos la luz del judaísmo de la Torá para nosotros. Hay gente afuera que también necesita “ver la luz”. Debemos desplegar esfuerzos y energía para iluminar nuestro entorno. Hay personas que viven en un “judaísmo de enclave”, en el que les basta con que tanto ellos como sus hijos sean observantes. No les interesa en lo más mínimo qué sucede fuera de su casa. Esto no es lo que nos enseñan las velas de Janucá. El Rebe de Lubavitch dice que mientras haya gente que no sepa nada del judaísmo de la Torá, hay algo que también nos falta a nosotros, pues juntos, todo el pueblo judío, constituimos una entidad única. En tanto una parte de nuestro pueblo no sea lo que debe ser, a todos nos falta algo. ¿Alguna vez se les infectó un dedo del pie? Qué importa, mientras la mayor parte del cuerpo esté sana, simplemente podemos hacer caso omiso del dedo del pie infectado. Pero si el dedo nos duele, ni siquiera podremos caminar. Lastima el cuerpo, y ni siquiera nos permite pensar claramente. Cada parte de nuestro cuerpo está conectada con el resto. De la misma manera, todo el pueblo judío está interconectado.

¿Y con respecto a la segunda diferencia, el hecho de esperar hasta que comience a oscurecer antes de encender las velas de Janucá? Esto nos enseña que un judío no debe permitir que la oscuridad lo intimide. En otras palabras, un judío no debería decir: “Está oscuro afuera, ¿qué puedo hacer? Hay peligro afuera, y yo soy un ser pequeño. ¿Puedo realmente hacer que las cosas mejoren en la oscuridad que reina afuera?” La mitzvá de Janucá nos dice que no debemos sentirnos impotentes. Podemos hacer algo para iluminar la oscuridad. Si HaShem nos pone en una situación oscura, y aquí nos estamos refiriendo también a la oscuridad espiritual, un judío no debe decir: “No hay forma de que pueda hacer algo”. Se puede. Tenemos la Torá, y la Torá dice que un poco de luz disipa mucha oscuridad. De manera que tenemos nuestra herramienta para que, independientemente de cuán oscuro esté afuera, aún podamos ser una fuente de luz y de iluminación que alejará la oscuridad mediante la luz, pues “la Mitzvá es un candil y la Torá es una luz” (Proverbios).

La última diferencia entre las velas de Janucá y los demás tipos de vela es que un judío siempre debe agregar y aumentar. El judaísmo de la Torá no es una meseta. Si ahora estamos en un nivel determinado, esto es suficiente únicamente hoy. Pero si HaShem nos da otro día, y otro año de vida, no podemos permanecer en ese nivel. Siempre tenemos que crecer. Esto se denomina maalín bakodesh, debe crecerse en santidad.

¡Que pronto merezcamos ver la luz del Beit HaMikdash, el Templo Sagrado, y bailar juntos en Jerusalén, al celebrar la victoria espiritual definitiva con el advenimiento de Mashiaj Tzidkeinu!

Este artículo fue extraído del libro La mirada de una mujer: Una perspectiva jasídica sobre la Torá de vida, de Nejoma Greisman, próximo a editarse en español por Kehot Argentina.
Se publica en ocasión de cumplirse, este Jánuca (5765-2004), el primer aniversario del fallecimiento de la Sra. Etelka Grunblatt de Streit a”h (tía de los hermanos Tzvi y Natán Grunblatt).
El libro está siendo traducido por su hija, la Sra. Betty Streit de Schmoller, quien lo dedica con todo cariño a la memoria de su madre, con la afectuosa colaboración de su marido, el Sr. Martín Schmoller.

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