Un desagüe en la calle, hielo caliente y las llamas de Janucá

Una lección en metafísica

El “Lugar de Marion” estaba rodeado por un campo salvaje donde había escorpiones y otras criaturas. Vivíamos en el número 66, y el campo era nuestro otro patio de recreo. Me encantaba la crudeza del lugar. Había grandes piedras sobre las que sentarse y soñar, y lugares donde esconderse para jugar.

La calle rodeaba el campo como un cinturón. Por debajo corría una cañería de desagüe. Tengo grabado en mi memoria el recuerdo de introducirme en la cañería, y levantando mis manos recibía una carretilla en la que me sentaba y rodaba por el tubo iluminado por la poca luz que provenía de los desagües de la parte superior.

La parte superior de la calle también tenía sus placeres. Sentados en las hamacas de neumáticos de goma, leíamos historias sobre niños que vendían limonada en la vereda. Eran historias de otras tierras. Nadie realmente pasaba por el “Lugar de Marion” aparte de la gente que vivía allí. Y nadie estaba interesado en comprar limonada, o las galletas que horneábamos. Pero eso no nos impidió armar nuestro stand. Y entonces esperábamos, como Charlie Brown, al cliente evasivo que nunca venía.

Lo que lo niños compraban era helado. El heladero llegaba la mayoría de las tardes. Su piel era brillante y oscura. Montaba una bicicleta con una caja grande en la parte delantera. Estaba llena de hielo caliente. Mientras jugábamos en el jardín delantero, podíamos oír el sonido de su campana, que era manual, atada con una cinta en el manubrio. Desde dentro de la oscura caja salía humo del hielo, y se podía sentir el olor de los helados. Qué bueno que era hundir mi mano dentro de aquella caja negra y sacar helados con diferentes envoltorios de colores, tratando de encontrar el cono de chocolate, el helado de hielo de naranja, etc…

Era un domingo, cuando aprendí lo caliente que era el hielo. Mi papá le ofreció al heladero unas monedas extras a cambio de un pedazo de su hielo. Se puso los guantes y levantó el hielo de la oscura caja. Salía un humo blanco que continuaba por todo el camino.

“Ven a ver”, le dijo, caminando hacia la piscina.
Era nuestro Flautista de Hamelin, que nos dirigía hacia el agua que brillaba bajo el sol. El aroma del cloro y duraznos fermentados se mezclaban en el aire.
“Déjame tocar papá, déjame tocar”
“Cuidado, eso quema”
“No puede ser”, dije saltando.
¡Seguro que quemaba!, lo que provocó que mi piel se pegara mientras me alejaba con asombro.
“Aléjate” me dijo, arrojando el hielo hacia el agua.
¡Boom!, explotó en el instante. De pronto hubo una erupción volcánica blanca en el agua. Nuestra piscina, que la usábamos para jugar, estaba erupcionando vientos calientes. Las burbujas irrumpían en la superficie. Me fascinó que algo tan frío funcionara como el fuego. El hielo quemó un recuerdo dentro de mí.

Fue uno de esos días en el que no entiendes su significado hasta más tarde. Frecuentemente regreso a los lugares de mi infancia y a los recuerdos de mi padre. Estoy de pie ante la piscina y el hielo está ardiendo, burbujeando. Me asusta, y me excita. ¿Sería que a los diez años, intuía las preguntas que sólo las pondría en práctica con el correr de los años? ¿Son las cosas como parecen ser? ¿O todo es también su opuesto? ¿El calor es caliente? ¿O también es frío? ¿El fuego es hielo? ¿Y yo no soy nada?

Pienso en ese día y reflexiono más profundamente sobre cómo cada cosa posee su opuesto, mientras me siento ante el resplandor de las luces de Janucá y nuestros hijos hacen girar sus “dreidels”. Miro las llamas. Ellas nacen del aceite en lugar de la cera, e iluminan la mezuzá que brilla detrás de mí.

En el epicentro flotan mechas negras, mechas carbonizadas más oscuras que la noche. Sin embargo, es esta oscuridad la que alimenta al fuego. Cada mecha está rodeada por una luz violeta, y ella a su vez por una luz pálida, que luego son enmarcadas por un halo que flota entre la materia y el espíritu. Miro las llamas, y entonces me hallo parada ante la piscina mirando cómo se quema el hielo. Así como ese momento estaba lleno de contradicción, me hace pensar que la mecha negra es el núcleo del halo. ¿Cómo es que tanta luz y tal radiación nace de las mechas carbonizadas? ¿Y cómo es que el fuego es más caliente allí donde la mecha se está extinguiendo?

De alguna manera, siento que estoy sentada ante los secretos que paso buscando en la vida. Las llamas no son solamente una parábola de mi cuerpo y alma, sino también de mi propósito. La mecha negra es mi cuerpo, la llama es la Divinidad que genera mis obras de amor, y el aceite, los hechos Divinos que alimentan el fuego cada día.

El cuerpo suda, desea el placer, decae y muere. Incluso en su apogeo, proclama sus límites. Es negro en la muerte y negro en el nacimiento. Pero la dimensión interna de esa oscuridad es el brillo. Es Divinidad brillante y luminiscente. Con mi cuerpo hice nacer a nuestros hijos. Mi cuerpo sirve a mi vida al igual que la mecha sirve a la llama. De la misma manera que la mecha de algodón es el soporte para la luz, así también mi existencia física es la base de todo mi ser.

El mundo mismo, la misma materia con la que me relaciono, también es una mecha. Un mundo de mechas. El universo es materia que en sí misma es densa y oscura, así como también placentera. Pero, (y este es el punto crucial de todo) cuando uso ese mundo para el servicio Divino, se convierte en una fuente de radiación Divina. Este es nuestro propósito más profundo: ser faroleros.

Para que la luz no se extinga rápidamente, alimento la llama con aceite. El combustible para la luz Divina son los actos que mi Creador me exige: Ej: tomar la piel de un animal, tinta y escribir ciertas palabras en el cuero. Allí hay luz divina. Toma dinero y dáselo a alguien que lo necesite. ¡Luz divina!

Entonces, la oscuridad es luz, y la materia negra es Divinidad. Cada cosa es también transmutable. El principio es válido para cada acto ordenado por Di-s. Una mitzvá es una vela. Pero las dos mitzvot que más encarnan este principio son las velas de Shabat y Janucá. Ambos irradian el secreto de que cada entidad tiene dentro de sí su dimensión contraria. Cada uno resplandece el mensaje de que la oscuridad de la materia es, en esencia, la luz Divina. Al lado de la Menorá juegan nuestros hijos. El “dreidel” da vueltas. Todo está en movimiento. Cada cosa es ella misma y simultáneamente su opuesto. El aceite se ha convertido en llamas, y las llamas son la luz, y la luz es el deseo de Di-s. La presencia de Di-s se está manifestando en nuestro comedor, brillando sobre nosotros desde el aceite.

Esta noción de que la materia puede ser transformada, es exclusivamente judía. Es por eso que les molestó tanto a los griegos. “¿Quieres filosofar? Esta bien, disfruta del placer. Pero no vengas diciendo que puedes tomar una mecha y convertirla en una llama Sagrada. ¡No digan que el aceite extraído de una aceituna amarga puede ser sagrado!” Y así, en violenta reacción a la noción radical de que el hielo es fuego, de que lo negro es luz y que la materia es divina, saquearon el Templo buscando… ¿En busca de que? ¡Jarras de aceite! “No lo harían, no podrían hacernos llamar al placer físico, o la investigación filosófica, algo Divino”.

Un pequeño grupo de radicales perseveró. Ellos eran los “extremistas ultra-ortodoxos” de su generación. Conocían los secretos del hielo, el fuego y la luz. Su comprensión de las contradicciones inherentes en la realidad les permitió reinventar la forma en que la gente se veía a sí misma. Ellos nos devolvieron el acceso al maravilloso principio: “Que haya luz”. Al comienzo Di-s nos dijo que nuestro mandato era extraer luz de todo el caos. Los Macabeos cumplieron con ese mandato. La Divinidad que generaron capturó la visión primordial de Di-s, y todavía resplandece en cada candelabro de Janucá encendido en cualquier parte del mundo.

Con este punto, puedo arriesgar la muerte de mi ego. ¡Deja que arda! La muerte será un nacimiento. A través de la entrega de nuestra arrogancia, y al volcar nuestra voluntad personal a la voluntad de Di-s, generamos luz. No tenemos que aferrarnos a la forma externa de la realidad. Entrar a la dimensión oculta opuesta nos hace libres. La existencia es transmutable. Cuando pienso en “Lugar de Marion”, me doy cuenta de que el drenaje de esa creciente era tan dulce para mí como el helado. Siempre era la misma calle, sólo que posicionado en la parte superior o inferior. Ambos eran oscuros, y ambos eran dulces. Incluso en la fría y húmeda oscuridad, la carretilla corrió por debajo de las rejillas de luz y llenó mi corazón de alegría.

Por: Shimona Tzukernik

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