Janucá, macabeos, héroes, actos de arrojo

La historia de Janucá nos inspira y lleva a un plano superior, sublime. Sentimos que si uno lucha por sus principios todo es posible. De niños nos imaginamos combatiendo codo a codo junto a Iehuda el Jashmonaí y sus hermanos, contra los opresores griegos en una épica batalla.

Los pocos vencieron a los muchos, los débiles a los fuertes. Todos los ingredientes para llevar adelante una lucha desigual y no perder la fe en el intento.

Es muy fácil relacionar Janucá con hechos específicos de nuestra historia y hasta de nuestra vida.

Janucá es festejada por todos los judíos por igual, no sólo por aquellos que tuvieron la oportunidad de luchar por nuestro pueblo. Se celebra todos los años y en todas las épocas, no sólo cuando es necesario evocar el coraje y el arrojo de los Jashmoneos.

Otro aspecto de esta festividad se concentra en el milagro del aceite. Una medida de aceite sólo suficiente para un día, ardió ocho.

Más allá de que ocho días eran los necesarios para la producción de un nuevo aceite, tenemos aquí un mensaje. El milagro continuo. Janucá nos deja un mensaje continuo, que tiene vigencia durante todo el año y en todas las épocas.

Y si no, veamos qué fue lo que hizo Iehuda, el Macabeo, después de la guerra.

En lugar de convertirse en un gran general y aprovechar el momento tras doblegar al imperio griego, conquistando o subyugando a otros vecinos menos poderosos, fue Sumo Sacerdote. Dedicó su vida al servicio de Hashem. El ‘trabajo’ o misión más pacífica del mundo.

Se sumergió en la tarea de reparar el daño causado al legado judío por tanta opresión, restaurando la educación judía legítima, y haciendo que el pueblo vuelva a cumplir las mitzvot-preceptos- que habían sido abolidos por los griegos-helenistas. Iehuda hizo lo que tenia que hacer. Y por eso produjo el milagro.

Cuando se encontró en el Templo una única vasija que era suficiente para encender las siete velas de la Menorá por un solo día, surgieron varias opiniones: unos decían que se debía encender UNA vela durante ocho días; otros en cambio, opinaban que debería disminuirse la cantidad de aceite usada para cada vela a una octava parte (la Menorá ardería por menos tiempo del indicado por la Torá). Pero Iehuda decidió que encenderían TODAS usando la cantidad de aceite requerida para que duren 24 horas. Tal como lo indica la Torá. Él haría lo que debe y que Hashem se encargue del resto.

En otras palabras: Iehuda no se lanzó a la guerra por ser un gran guerrero, lo hizo por la misma razón por la cual luego fue Cohen Gadol (Sumo Sacerdote). Porque era lo necesario para asegurar la continuidad del pueblo y legado judíos. Para él no había momentos únicos o una batalla épica, para él cada momento era único. Sabía que cada acción suya podía cambiar la historia. Que lo más importante no era lo claramente trascendental, sino las pequeñas acciones eran las que decidirían el futuro de nuestro pueblo.

Tuve el mérito de poder visitar al Rebe de Lubavitch en persona de pequeño. Cuando el Rebe salía de su oficina hacia el Beit Hakneset (sinagoga), en ocasiones, repartía monedas a los niños que se encontraban en el camino. Tengo la imagen grabada. El Rebe nos dio a cada uno una moneda, con la misma seriedad que un joyero examina sus diamantes. Se notaba que para él en ese momento no había nada más importante. Luego, el Rebe señalo la ‘pushke’ (alcancía) que estaba amurada a la pared, indicando que la moneda debía colocarse allí. En ese momento, el Rebe estaba educando y no podía haber dudas o confusiones.

Cuando se trata de transmitir la tradición Judía, no hay nada más importante.

Aquí se resume el mensaje de Janucá en conjunto: la guerra y el milagro del aceite.

En el deber de transmitir, enseñar y asegurar el ‘alma’ del judaísmo, cada detalle es único, cada batalla por nuestros principios es ‘épica’, si cabe. Es nuestro compromiso hacer lo que se necesita, no podemos escudarnos en el “eso no es lo mío”. Depende de nuestras acciones el cómo se verá el judaísmo de nuestros hijos.

Janucá y sus Macabeos nos dan la pauta: ¡si hacemos lo que debemos, el milagro se producirá! No un milagro momentáneo, sino continuo. El milagro de nuestra existencia por más de tres mil años.

¡Que este Janucá nos ilumine, nos colme de convicción en el poderío de nuestras buenas acciones y nos conduzca al milagro continuo mas esperado: La llegada del Mashíaj.

Yoiny Kapeluschnik

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