El relato de la 7ma. Luz

Siete llamitas ardían en la lámpara de Janucá y todas ellas se inclinaron reverentes para saludar a Iaacov con un deseo de “Feliz Janucá”.
La séptima luz, brillando con más intensidad que las demás, dio comienzo a su
relato:
— ¿Sabías que en el Santo Templo de Jerusalén, la Menorá de Oro solo tenía siete brazos, tantos como ves encendidos esta noche? Por eso es que nosotros no tenemos candelabros de siete brazos, pues no debemos imitar los elementos sagrados del Santo Templo.
Veo que todos tienen curiosidad por saber algo más de la Menorá que se guardaba en el Santo Templo, así que os lo relataré esta noche.

Recordarán seguramente lo que aprendieron en el Jumash —la Biblia— acerca de la Menorá; fue hecha de oro puro batido, de una sola pieza, con una columna central y seis brazos, tres a cada lado, haciendo un total de siete. En el extremo de cada brazo había un recipiente. Además, cada brazo estaba decorado con hermosos capullos de almendro y florones, todo en una sola pieza de oro. Era una maravillosa obra de arte. Hasta el gran Moisés encontró dificultad en comprender las instrucciones que Di-s le dio verbalmente, y por eso, finalmente, Di-s mismo fue quien construyó la Menora.

Solo el más puro de los aceites se usaba para la Menorá.
¿Sabes cómo se preparaba? Para empezar, no se empleaban olivos comunes para la elaboración del aceite de la Menorá. Se daba preferencia al aceite extraído de los olivares provenientes de la zona vecina a la ciudad de Tekoa. Tekoa es una localidad en la Santa Tierra de Israel, donde vivió el profeta Amós. Estaba situada en la provincia gobernada por la Tribu de Asher, a quien Iaacov, nuestro tercer Patriarca, había bendecido diciéndole: “De Asher vendrá su pan aceitoso y él dará regalos dignos de un rey” (Génesis 49:20).
Los olivos tenían que ser cultivados en tierra virgen, que no hubiera sido abonada ni irrigada con métodos artificiales.
Las olivas debían ser maduras y recién arrancadas del árbol, y tan solo las primeras gotas delicadamente exprimidas de esas olivas selectas podían ser usadas para la Menorá.

Cada mañana, un Kohen —sacerdote—, al que le había correspondido por sorteo el deber y el privilegio de limpiar y encender ese día el candelabro, se aproximaba reverentemente a la Menorá.
Invariablemente, encontraba la lámpara más occidental ardiendo aún, mientras las otras seis ya se habían consumido. Este milagro se repetía diariamente. Las siete lámparas de la Menorá recibían la misma cantidad de aceite, necesario para arder por una sola noche; sin embargo, mientras todas las demás se apagaban al cabo de la noche, la lámpara más occidental seguía encendida hasta la tarde siguiente cuando se volvía a encender la Menorá con lumbre de esa llama occidental. Este milagro demostraba la Presencia Divina (Shejiná) entre el pueblo de Israel.
Esa sagrada Menorá fue la que profanó Antíoco.
Solo pudo hacerlo cuando los judíos renegaron de la Torá y se inclinaron hacia el helenismo y la idolatría.

Cuando los judíos se alejaron de Di-s, Él se alejó de los judíos, y la luz de la Menorá se apagó. Sin embargo, cuando luego, guiados por la familia sacerdotal de Matitiahu, sus bravos hijos, los judíos se unieron entre sí y retornaron a Di-s con toda sinceridad, Él les demostró que se encontraba otra vez presente entre ellos. Lo hizo por medio del conocido milagro: encontraron únicamente una pequeña redoma de aceite con la cantidad suficiente como para permanecer encendida un solo día, y que, por un milagro de Di-s, duró ocho días, hasta que se pudo preparar el nuevo aceite puro.

Esta Menorá constituyó uno de los más preciados tesoros entre los despojos que Tito se llevó cuando destruyó e Templo, muchos años más tarde, en el año 68 de la E. C Tan orgulloso se sentía por haber conquistado la Tierra de Israel, por la destrucción de nuestro Santo Templo y la captura de nuestra sagrada Menorá que, cuando se erigió un gran arco de triunfo en su honor, en Roma, la Menorá fue representada en forma sumamente destacada en este “Arco de Tito” o “Arco del Triunfo”.
El cruel Tito supuso que había conquistado definitivamente a nuestro pueblo y que había extinguido su vida.
Pero, como muchos otros de su calaña, se equivocaba.

Israel siguió con vida y sobrevivió al vasto imperio de Tito, porque cada judío sintió arder dentro de sí la sagrada luz de la Torá. Así se convirtió cada uno en una Menorá andante, en medio de las tinieblas.
Cuando la séptima luz de Janucá culminó su relato las otras ya se habían despedido de Iaacov.
La séptima luz también le deseó “buenas noches”, pero Iaacov seguía sentado junto a la lámpara de Janucá, con los ojos celestes fijos en ella, meditando…

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