El relato de la 6ta. Luz

La sexta luz de Janucá titiló e hizo una reverencia antes de dar comienzo a su relato.
Mi historia ha de transportarte a muchos años de distancia de la época de aquella primera Janucá bajo el régimen de los Jashmonaím, pues voy a traerte a nuestro siglo, triste y trágico como fue.
Cierta vez, un tirano más cruel aún que Antíoco, declaró la guerra a nuestro pueblo y amenazó con extinguir para siempre la luz de nuestra Torá.

Mi relato te llevará a los primeros días de la última Guerra Mundial, cuando los ejércitos de Hitler —borrado sea su nombre de la faz de la tierra— se hallaban dominados por la embriaguez de la conquista.
Te llevará a un lugar miserable, inapropiado para seres humanos, un sitio que quedará para siempre ligado al nombre de Schikelgruber y del que siempre se hablará con horror y aversión: un campo de concentración. Este era un campo de concentración situado en Francia, al que habían sido arreados como animales muchos judíos, a la espera de un destino por el momento ignorado.

Fue a ese campo de concentración —continuó la pequeña luz de Janucá que fui llamada a llevar un poco de esperanza y ánimo a los sufrientes y desesperados judíos.
Entre ellos había un venerable anciano. Era rabino.
No se daba descanso yendo y viniendo de uno a otro de sus hermanos, para infundirles esperanza y coraje. Resultaba dura la tarea de dar consuelo a esos desanimados prisioneros.
Entonces llegó Janucá.
Desde un mes antes, el rabino había estado privándose de un poco de aceite de cada comida, que guardaba cuidadosamente.
Gota a gota fue juntando el precioso elemento, y para Janucá llegó a tener la suficiente cantidad como para cumplir la acariciada Mitzvá de encender las luces de Janucá.

En la cocina consiguió una zanahoria cruda y ahuecó en ella una pequeña cavidad, para poner el aceite.
Del borde de su saco cortó una tira de tela para improvisar una mecha. ¡Ya tenía una Menorá!
La oscuridad reinaba en las tenebrosas y lúgubres barracas donde estaban confinados esos pobres judíos, ya que sus crueles torturadores no les proporcionaban luz alguna durante la noche.
En esa silenciosa y pesada oscuridad, las palabras del venerable Rabino parecían salir de la nada, como una voz del cielo.
—Queridos hermanos —comenzó quedamente el Rabino— Hoy es Janucá, la Fiesta de las Luminarias, aquella que a pesar de la oscuridad y la opresión trae su luminoso mensaje de esperanza a todos los judíos oprimidos por tiranos como Antíoco. Voy a encender la Menorá de Janucá. Quiera Di-s que ésta nos alumbre a todos nosotros. Escuchen con devoción las bendiciones.
El venerable Rabino encendió la improvisada lámpara de Janucá, al tiempo que pronunciaba las tres bendiciones sobre la primera Luz de Janucá.

Había un torrente de lágrimas en sus ojos y su voz solemne vibró de esperanza y coraje, desde lo más íntimo de su corazón:
—Hermanos míos… —continuó el Rabino, mientras la débil llama difundía una tenue luz en la barraca. No alcanzaba a distinguir los tristes rostros de los prisioneros, pero era conciente de que había lágrimas en muchos ojos, y algunos sollozos reprimidos se lo confirmaban.
—Hermanos míos, —dijo el Rabino por segunda vez— esta noche no es momento para desesperar. Observen esta llama y traten de comprender lo que significa. Cuando Aharón estaba por encender la Menorá en el Mishkán —el Tabernáculo móvil del desierto—, Di-s le prometió que aunque la Menorá del Templo pudiera estar apagada durante el tiempo que el pueblo de Israel se alejara de Él, quedaría aún una luz que siempre se encendería. Esta luz iluminaría la noche oscura de la diáspora y llevaría esperanza a sus hijos en las horas de infortunio. Esta habría de ser la luz de Janucá. No desesperemos, por lo tanto, y roguemos a Di-s que nos libere de los que nos atormentan, para que podamos vivir y volver a encender las luces de Janucá, el año próximo, en nuestra querida Tierra Santa!

La llamita hizo una pausa, pero Iaacov quiso saber qué les había ocurrido a esos prisioneros, de modo que la lucecita de Janucá prosiguió:
—Fueron las más afortunadas víctimas de Hitler. Tuvieron la suerte de ser considerados “extranjeros enemigos” y retenidos con vida para ser canjeados por prisioneros alemanes. En una noche como ésta, en el momento en que el rabino encendía la sexta Luz de Janucá, recibieron la buena nueva de que serían canjeados por prisioneros alemanes y enviados a los Estados Unidos. Esta noche celebran Janucá con mayor regocijo que nunca porque se cumple también el aniversario de su liberación.
La lucecilla parpadeó por un instante, y luego continuo:
—Debo ir a visitarlos de inmediato. Te veré mañana.

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