El relato de la 3ra. Luz

La noche siguiente, luego de saludar a Iaacov, la tercera luz comenzó:
—Hoy te relataré la historia de Eleazar, el hermano menor de Iehudá.
Cuando el malvado Antíoco murió su hijo Eupátor ascendió al trono de Siria. Eupátor no era para nada mejor que su padre. Formó un enorme ejército de mercenarios, compuesto por cien mil soldados de infantería, veinte mil de caballería y treinta y dos elefantes adiestrados para la guerra.

Todos eran veteranos de guerras anteriores e iban protegidos por corazas y cascos de metal. Cuando el sol naciente iluminaba ese resplandeciente conjunto de armaduras el brillo que reflejaba relumbraba a millas de distancia, infundiendo pavor a quienquiera osaba anteponerse a su paso.
Iehuda y sus valientes guerreros, sin embargo, no amilanaron. Resueltos a pelear hasta el último hombre, atacaron al enemigo, no sin antes haber implorado la ayuda Di-s en su santa causa.
Fue una batalla sangrienta, pero Iehuda y los suyos lucharon sin tregua. A pesar de que destruían un batallón tras otro, el enjambre enemigo parecía inextinguible.

De pronto, Eleazar vio un elefante de guerra enemigo más ricamente enjaezado que los demás y que iba con una fuerte escolta armada.
—Allí debe encontrarse el rey —pensó Eleazar.— Si lo mato, la victoria es nuestra.
Con desprecio de su propia vida, Eleazar se precipité en dirección del elefante, abriéndose paso a brazo partido por entre la escolta, matando a diestra y siniestra, hasta llegar al enjaezado animal.
Eleazar mató al elefante y a su encumbrado jinete, mas al hacerlo, perdió la vida al ser atrapado bajo el enorme peso de la bestia que se desplomó a consecuencia de sus heridas.
No era al rey a quien Eleazar mató sino que se trataba de uno de sus generales de más alto rango.

Sin embargo, la valerosa acción de Eleazar inspiró a sus hermanos a proseguir la lucha con mayor decisión. A pesar del denuedo con que los ejércitos hebreos llevaban adelante la contienda, se encontraban en gran desventaja numérica y hubo un momento en el que corrieron grave peligro de resultar vencidos.
De pronto apareció un mensajero sirio trayéndole al rey noticias de una sublevación en su propio país: su propio hijo intentaba derrocarlo.
Eupátor decidió abandonar la batalla y hacer las paces con Iehuda.
Así, una vez más, la tierra de Israel se salvó en el instante mismo en que todo parecía estar perdido.
—Esto es todo por ahora —terminó diciendo la tercera luz de Janucá— ¡Feliz Janucá!

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