El caballo que no quería comer latkes

Una invernal noche de Janucá, un viajero cansado se detuvo en una posada a un lado del camino. Tenía frío y hambre, y añoraba una cálida estufa y humeantes latkes…

Cuando el viajero entró, se encontró con que un grupo de gente de apariencia ociosa ocupaba el lugar próximo al fuego y conversaba trivialmente. No notaron la presencia del recién llegado, ni le ofrecieron un lugar cerca del fuego.
El viajero sacó un pequeño sidur —Libro de Oraciones— y recitó las plegarias de la noche. Luego extrajo una janukiá—candelabro de Janucá— y un frasco de aceite puro de oliva. Llenó el candelabro con aceite, preparó mechas nuevas y encendió la Janukiá tras recitar las bendiciones con voz clara y alegre.

Todavía nadie en la habitación había notado su presencia.
En ese momento entró el asistente del posadero y le preguntó si deseaba pedir algo para comer.
“Primero hay que atender al caballo”, respondió el viajero.
Entonces, para sorpresa del ayudante, ordenó que se llevara un plato de latkes al caballo. El ayudante estaba inmóvil, sin saber qué hacer, cuando el viajero repitió la orden en voz alta, agregando:
“Asegúrate que los latkes estén bien fritos y calientes, y que los acompañe un tazón de crema agria espesa. ¡Pero apúrate, mi caballo está hambriento!”

Los hombres sentados alrededor del fuego alzaron la cabeza, y sintieron gran curiosidad. ¡Jamás habían oído de un caballo que comiera latkes calientes con crema! Uno a uno fueron levantándose para dirigirse al establo y observar el extraño espectáculo.
Apenas todos se fueron el viajero se acomodó frente al fuego. Sonrió alegremente, pero cuando escuchó los pasos de alguien que se acercaba, simuló estar serio.
El confundido ayudante entró con los latkes calientes y la crema ácida, seguido por la multitud de gente curiosa.
“Estos hombres son mis testigos de que el caballo ni siquiera tocó los latkes”, dijo, defendiéndose. “No quiso ninguno de ellos, ya sea con o sin la crema agria. ¡Es la pura verdad!”
“Así fue?”, exclamó el viajero. “Pues bien, no te preocupes. El pobre caballo debe haber olvidado que estamos en la noche de Janucá. Si no sabe de nada mejor, no merece nada más que avena. Dale su avena, entonces. De paso, dame a mí los latkes. También yo estoy hambriento. Sírvelos aquí, cerca del fuego”.
Y volviéndose hacia los otros hombres, dijo divertido:
“Feliz Janucá, señores. ¿Quisiera alguno acompañarme?”

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