El “Toque Griego”

Janucá celebra la liberación de Israel, la victoria de los judíos sobre la opresión greco-siria. El triunfo militar fue milagroso, pero aun así el foco central de la celebración es el milagro del aceite, que se conmemora al prender las luces de la Menorá.

Para apreciar mejor el verdadero significado de Janucá se hace necesario remontarse a su historia que se encuentra en el Talmud, en el “Tratado de Shabat”, para analizarlo cuidadosamente.

Cuando los griegos ocuparon la Tierra de Israel, entraron al Templo y profanaron todo el aceite, pero después cuando los Hasmoneos los vencieron, limpiaron el Templo y quisieron encender la Menará. Buscaron y solo pudieron encontrar un frasco de aceite que no había sido tocado por los griegos. Este aceite alcanzaba para un solo día, la Menora fue prendida y el aceite alcanzó milagrosamente para alumbrar por ocho días”.

El aceite se consideró impuro porque los griegos lo habían tocado ¿ fue esa profanación accidental o provocada?. El Talmud usa la expresión “ellos profanaron”, que indica que fue directo y a propósito, lo que sugiere una interrogante obvia; si la intención de los griegos era apagar la Menorá e impedir que fuera prendida de nuevo, podían haberla quitado del Templo, llevársela y usarla. Si hubieran querido ser destructivo, podrían romper los frascos y derramar el aceite.

¿No es extraño que los griegos no hayan dañado el aceite físicamente, pero si provocaran su profanación ritual de acuerdo a lo establecido por la Torá?

El Talmud indica que el objetivo de los griegos no era impedir el encendido físico de la Menorá; sino que su intención iba mucho más allá; querían que fuese encendida pero con aceite impuro. Es por ello que no se llevaron el aceite ni lo eliminaron, sino que lo profanaron y lo dejaron en el Templo.

La colisión de dos mundos
Janucá no solo fue una guerra en la material, sino un conflicto de ideologías, la colisión de dos mundos.
Por un lado estaba el judaísmo basado en la Torá Divina con un concepto único de santidad que impregna todos los actos de la vida cotidiana y por el otro, la cultura helenística que preconizaba el racionalismo y el hedonismo con el hombre poseedor del poder absoluto.

La pureza del judaísmo monoteísta se vio confrontado por el materialismo de la cultura griega, cuya sofisticación se ve reflejada en las artes y en la belleza estética.
Los judíos creían que “lo correcto, era bello” mientras que la filosofía griega enseñaba que “lo bello, era correcto”

Los griegos no tuvieron problemas en reconocer la Torá como una obra literaria, una bella obra de sabiduría y poesía. Apreciaban la historia del Génesis como una extensión de su propia mitologia, el Éxodo como parte de su perspectiva histórica y mucho de las leyes y costumbres ludías, como parte de su filosofía humanista. Realmente no querían eliminar la Torá.; solo se oponían a la pretensión de que la Torá y las mitzvot tenían un carácter Divino. No se oponían a los valores morales y éticos del judaísmo pero si a la naturaleza Divina de sus leyes; a los preceptos “supra-racionales” que distinguían al judaísmo y lo hacían santo.

Según la concepción griega, la Torá podría ser cambiada de tiempo en tiempo para que armonizara con la clase gobernante del momento y con las ideas y la moral prevaleciente en cada periodo; cosa que a la vez debilitaría la permanencia y la eternidad de preceptos o mitzvot como los de Shabat y la Circuncisión cuya práctica los griegos prohibieron a los judíos; porque junto con Rosh jodesh eran justamente estas las leyes las que testimoniaban la conexión y el compromiso con Di-os como un Ente que trascendía, iba más allá y por encima de la racionalidad, valor máximo de los griegos.

El aprecio que tenían los griegos por el arte y la luz, permitió el re-encendido del bello Candelabro de Oro, que realmente era una obra de arte. La localización central de la Menorá en el Templo, hizo también que los griegos quisieran que la luz del Candelabro tuviera “el toque griego” - el factor alienante que profanaría la unicidad de la luz judía.
La Menorá encendida con el aceite puro, era un símbolo del estilo de vida judío y la perpetuidad de su luz emitía el mensaje desde el Templo a todo judío, en cualquier lugar en que se encontrara. Los griegos estaban resueltos en cambiar eso, y aun algunos judíos,- los helenistas- sintieron que un “toque” de la más “moderna” cultura griega debía aplicarse a la Torá.

Solo una minoría de Hasmoneos, cuya vista no se dejó nublar, reconoció que este “toque” produciría un estallido que golpearía con fuerza la santidad interior de la vida judía.

La Divina Providencia hizo, que un pequeño frasco de aceite, puro e intacto, se quedara escondido para reencender la Menorá haciendo que prevaleciera ese poquito de pureza y además se incrementara día a día, para mantener viva la luz perpetua del judaísmo.

En respuesta, Di-s hizo el milagro de Janucá; así como los judíos revelaron un nivel del alma que trasciende los límites de su naturaleza y comprensión, Di-os reveló poderes que van más allá que las restricciones de la naturaleza. El milagro de Janucá resultante sirve como testimonio eterno a esa conexión esencial que los griegos pretendieron desafiar.

Cada año Janucá nos recuerda que el mayor peligro no está en la amenaza que nuestra luz sea extinguida, sino en la tendencia de suministrar aceite contaminando a nuestra Menora-, tendencia que en nuestro tiempo se expresa a través del materialismo, la asimilación, la adopción de nuevas ideologías como panaceas, la idolatría a la ciencia y a la tecnología y en definitiva a la consideración de que el parámetro para todas las cosas es la racionalidad humana y no la espiritualidad.

Lo mismo sucede cuando en el mundo actual se desconoce el carácter absoluto e inmutable de la divinidad de la Torá. El judaísmo no es una cultura como cualquier otra, ni es un cúmulo de tradiciones por las cuales se puede resolver una crisis de identidad. Las expresiones artísticas y nacionales, pueden constituir lindas expresiones culturales que sirvan para satisfacer ciertas necesidades emocionales o espirituales, pero carecen de un verdadero valor judío cuando son despojados de su fuente en la Divinidad. Aun la práctica de los rituales de carácter religioso, si está despojada de Di-os se convierten en helenismo puro, en verdadera asimilación, despojando al judío del elemento de la fe «el frasco de aceite puro un alma fuerte e indestructible, directamente conectada con lo trascendente.

Basado en las enseñanzas del Rebe Menajem M Schneerson

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