Cambiar el mundo

Las velas de Janucá iluminan con su fulgor la calle…


Esto representa nuestra tarea de traer la luz de la moralidad y la santidad no sólo dentro de nuestras casas, sino también al mundo.
Pero los problemas son inmensos y globales: terror, daño medioambiental, desastres naturales, países y continentes afligidos por la pobreza y la enfermedad. El impacto que podemos hacer es ínfimo comparado con estas tragedias. Hay seis mil millones de personas en el planeta. Somos una ola en el mar de la humanidad, un grano de arena en la superficie del infinito. ¿Cómo podemos marcar una diferencia?
Janucá nos dice: Reparamos el mundo en pequeños pasos, encendemos luz por luz, día a día. Cada acción corrige una fractura del mundo. Un joven recogía estrellas de mar dejadas por la marea y las lanzaba al mar para salvarlas. Un hombre le preguntó: “Esta playa es enorme, y hay miles de estrellas de mar. Tus esfuerzos son fútiles, no hacen diferencia!” El muchacho miró la estrella de mar en su mano y la arrojó al agua. “A esta” dijo “le representa toda la diferencia.”

Esa historia captura una idea fundamental en el pensamiento judío. Una vida, dicen nuestros Sabios, es como un mundo. Salvas una vida y salvas un mundo. Cambias una vida y empiezas a cambiar el mundo.
Esto es Tikun Olam, perfeccionar el mundo. El Judaísmo cree que no es un accidente que estemos aquí. Esto es conocido como Providencia Divina: la idea que Di-s es activo en nuestra vida como individuos, y no está- como los filósofos griegos creyeron- interesado sólo en lo universal. Estamos aquí porque hay una tarea que sólo nosotros podemos cumplir.
Un día, un pobre granjero escocés, Fleming, oyó un llamado de socorro desde el pantano cercano. Allí encontró a un muchacho aterrado, hundido hasta la cintura en el estiércol húmedo y negro, gritando y esforzándose por salir. El granjero salvó al joven de una muerte lenta y dolorosa. Al otro día, un carruaje elegante llegó a la modesta casa del escocés. Un noble rico salió y se presentó como el padre del muchacho.
“Quiero recompensarlo” dijo el noble. “Usted salvó la vida de mi hijo”.
“No, no puedo aceptar un pago por lo que hice” contestó el granjero escocés, rechazando la oferta.
En ese momento, el hijo del granjero vino a la puerta.
“¿Es su hijo?” preguntó el noble.
“Si” contestó orgullosamente el granjero.
“Por favor, permítame proporcionarle el nivel de educación de mi propio hijo. Si el muchacho es como su padre, crecerá y será un hombre del que ambos estaremos orgullosos”
El hijo de granjero asistió a las mejores escuelas, y se graduó en la Universidad de Medicina de Londres, y se lo conoció como Sir Alexander Fleming, quien descubrió la Penicilina.
Años después, el hijo del noble enfermó de pulmonía. ¿Qué salvó su vida? La penicilina. ¿El nombre del noble? Sir Randolph Churchill. ¿El nombre de su hijo? Sir Winston Churchill.

Nuestros actos representan una diferencia. Maimónides formula una declaración notable en su presentación de las Leyes del Arrepentimiento: Todos debemos considerar que el mundo entero está uniformemente balanceado entre la bondad y el pecado. Si se comete un pecado, se inclina el platillo de su destino y el del mundo a lo negativo, causando destrucción. Si realiza una buena acción, cambia el equilibrio de su destino y el del mundo para bien, trayendo salvación y liberación.”
Nuestros actos activan una cadena de consecuencias psicológicas, espirituales, e históricas – y eso repercute de modo incalculable. ¿Fleming sabía que esto cambiaría la vida de su hijo, y que su descubrimiento salvaría a tantos otros? ¿Fleming sabía que el niño rescatado protegería un día al mundo del fascismo? Obviamente no. Pero esto sabemos:
Estamos aquí, ahora, en este lugar, entre estas personas, en estas circunstancias, para hacer una buena acción o decir la palabra que encenderá una vela de esperanza y santidad en un mundo oscuro. “Un poco de luz” dicen los místicos judíos, “ahuyenta mucha oscuridad.” Y cuando la luz se une a la luz, el baile de las llamas, aunque pequeñas, empieza a inundar al mundo con la luz de la Presencia Divina. Este es para mí, el mensaje de Janucá en nuestro tiempo.

Por Dov Greenberg

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