Perfección vs. Integridad La Mirada introspectiva de Iom Kipur

“Un perfeccionista no podría amar verdaderamente ni a sí mismo ni a otros ni al mundo…”

¿Pero qué significan estas palabras realmente? ¿Es  simplemente el mensaje de “siéntete bien contigo mismo” que nos fue predicado todo el tiempo en los medios de difusión por psicólogos modernos? ¿No es Iom Kipur, en cambio, un tiempo para “sentirse mal con uno mismo? ¿Qué significa “ser uno mismo”? ¿Eres “tú mismo” cuando estás preocupado con tus necesidades, tus sentimientos, tu carrera, tu “vida espiritual”, tu perfección?

El judaísmo, es notable, no pide que seamos perfectos. Una estudiante en el curso universitario donde enseño “Interpretación de la Biblia” se sintió perpleja por las historias de los héroes bíblicos, pues todos ellos parecieron ser imperfectos. Entre las respuestas usuales, por supuesto, está la de que los héroes bíblicos se muestran en su plena humanidad; que aun los más grandes de ellos tuvieron faltas; que la Biblia es un libro terrenal y mundano que trata con humanos y no con ángeles.

El Talmud, en el tratado de Shabat, relata cómo Moshé tuvo que discutir con los ángeles que no querían que la Torá fuera dada a criaturas tan impuramente terrenales como los humanos, pidiendo, en cambio, que se conservara en el cielo.
Moshé les preguntó: ¿fueron ustedes, criaturas celestiales, esclavizadas en Egipto? ¿Viven entre idólatras? ¿Realizan labor ardua y precisan un descanso sabático? ¿Se abocan a transacciones comerciales o tienen padre y madre? ¿Hay celos, enfado, o tentación entre ustedes? ¿Cómo, entonces, la Torá que celebra la salvación del pueblo de Egipto por parte de Di-s, que contiene el mandamiento de no tener otros dioses, el de recordar al Shabat, el de honrar a los padres, el de no asesinar, el de no cometer adulterio o robar — cómo puede ser la Torá para ustedes?
Moshé ganó la discusión. O, como dijo Reb Mendel de Kotsk, Di-s tiene una abundancia de ángeles, pero escasos buenos hombres.
Mi alumna, sin embargo, replicó:
“¡Aquí mismo, en Génesis, dice que Di-s ordenó a Abraham ser perfecto!” Ella recitó de su traducción inglesa el versículo de Génesis 17:1 en el que Di-s dice a Abraham: “Camina ante Mí y sé perfecto”. Pero en el original hebreo las palabras son hithalej lefanáí veheié tamím. La palabra hebrea tamím usada aquí, no denota “perfecto” sino más bien “inocente, simple, puro, pleno, de todo corazón, completo, íntegro”. Una traducción más precisa sería “Camina ante Mí y sé íntegro”.

Ahora bien, hay una enorme diferencia entre una ordenanza de ser perfecto y una de ser íntegro. Y es mucho más bondadoso pedir que una persona trate de ser íntegra a que sea perfecta.

Como un erudito de religión dijo alguna vez: “La única manera en que puedes describir verdaderamente a un ser humano es describiendo sus imperfecciones. El humano perfecto es aburrido –alguien que abandona el mundo. Son las imperfecciones de la vida lo adorable”. Un perfeccionista no podría amar verdaderamente ni a sí mismo ni a otros ni al mundo. Si Di-s hubiera sido un perfeccionista, no habría Iom Kipur, ningún perdón con amor.

Los psicólogos dicen que el inexcusable impulso a ser perfecto es a menudo una señal de baja autoestima. Y este impulso mantiene a uno obsesionado consigo en una especie de implacable narcisismo. En Iom Kipur, cuando pasamos revista a todas nuestras imperfecciones, hay mucho para aprender, creo de una distinción entre perfección e integridad.

¿Cuándo es algo perfecto? Cuando nada más puede agregársele o quitársele, cuando está más allá de todo cambio.
Por ejemplo, el poema o la obra de arte perfectos serían arruinados por una sílaba o pincelada adicional. Nada más puede lograrse; no hay nada más que anhelar. Las experiencias estéticas, para ejemplo, nos pueden dar algunos momentos de perfección. Una comida perfecta, una pintura perfecta, un momento perfecto. Pero no vivimos continuamente en un mundo de arte puro; no vivimos en un mundo perfecto.

¿Qué tipo de mundo, de hecho, creó Di-s? El libro de Génesis (1:31) nos cuenta que “Di-s vio todo lo que había hecho, y he aquí que era muy bueno”. Luego, los dos siguientes versículos (2:1-2) cuentan que todos los cielos y la tierra fueron terminados (vaiejulu) y Di-s “cesó” (vaiejal) su trabajo en el séptimo día, y descansó “de todo su trabajo que había hecho”. La raíz del verbo usado aquí para “cesar/terminar” es calá, e implica un tipo de terminación que es absoluta, un cese o fin que no requiere de nada más.

Pero el texto no se detiene aquí. Parece repetirse a sí mismo en 2:3. “Y Di-s bendijo al séptimo día, y lo santificó, pues en él cesó de todo su trabajo asher bará elokím laasot”. Esta última frase se traduce a menudo como “que él creó e hizo”, una repetición y paralelo de la misma frase del versículo previo de Génesis 2:2. Pero los estudiantes de hebreo elemental saben que laasot es el infinitivo del verbo—“para hacer— y no el pasado (“hizo”) usado en el versículo previo. Nuestro versículo debería traducirse, en cambio, como: “que El creó para hacer?.

Uno de los principios de la interpretación rabínica de la Biblia es que no hay repeticiones innecesarias o palabras superfluas. Las ambigüedades en el texto, o las palabras aparentemente superfluas, están para enseñarnos algo, sugerir significados más profundos. La Torá, como sabiduría infinita de Di-s, habla en muchos niveles, y generaciones de Rabinos han analizado los numerosos significados posibles de esta frase “creó para hacer”.

En nuestro contexto, también hay una lección importante acerca de la diferencia entre ser “completo o íntegro” y ser “perfecto”.
Una interpretación de “creó para hacer” es que Di-s creó el mundo con la humanidad como socia “para hacer”, para continuar haciendo la Creación.

De modo que en un determinado sentido Di-s “completa” toda la Creación por Sí mismo, pues tiene poder infinito y absoluto. Además, hay otro sentido en el que la Creación no es completa; en el que Di-s, por así decirlo, Se retira y comparte Su creación en un acto de dar: convoca a la humanidad a “completarla”, a hacerla plena.

Este es un llamado a darle “totalidad” —algo que requiere el permanente balance y la interrelación de partes conflictivas y dinámicas, trátese de los muy antagónicos componentes de la psiquis humana, las partes dispares de un universo viviente, o las relaciones fluctuantes entre cielo y tierra, Di-s y humanidad, un humano y el otro. El flujo de esas relaciones es la vida misma en toda su vitalidad.

El pensamiento de jasídico también nos enseña que el mundo debe renovarse a cada momento; depende por entero de la voluntad continua de Di-s y Su palabra creativa pronunciada a cada instante, o se revertiría a la nada absoluta.
De modo que el mundo no es “perfecto” porque no puede funcionar por sí mismo, existir sin asistencia externa, no es inmutable, inamovible. De hecho, nuestra participación en “hacer la creación” es nuestra tarea de redimirla.

Esta perfección significa la Redención futura del mundo. Su perfección futura fue creada, como futuro, simultáneamente con el mundo. Esta perfección obligatoria no es impuesta a la existencia, que no necesita volverse perfecta, sino únicamente renovarse a sí misma constantemente. En otras palabras, el futuro Reino de Di-s viene desde el principio, así que su crecimiento es esencial. El triunfo eterno definitivo de la Bondad absoluta, la Redención, en este sentido, ya está presente en el tiempo (especialmente en Iom Kipur) así como también está viniendo, un Mañana que bien puede ser también Hoy.

El Talmud relata en una famosa historia que Rabí Ioshúa ben Leví preguntó al Profeta Elías cuándo vendrá el Mesías, y se le respondió que se lo preguntara al Mesías mismo. El Mesías respondió a Rabí Ioshúa: “Hoy”. Cuando no vino, Rabí Ioshúa regresó amargamente deprimido a Elías, quien le explicó que la respuesta significaba: “Hoy —si escucharan Mi voz” (Salmos 95:7). Esto es, el Mesías podría venir cuando Israel atienda la voz de Di-s.

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