No sospechar del prójimo judío

Di-s determinó que Iosef merecía el maltrato que recibía de sus hermanos por que los había juzgado con gran dureza…

Mu­cho de lo que decía, como por ejemplo el revelar sus sueños, ha­bía despertado celos en ellos. Cometió incluso el error de acu­sarlos injustamente de un crimen. En efecto, cuando los vio co­mer la carne de un animal que parecía estar vivo y moviéndose (aunque acababa de ser adecuadamente sacrificado), corrió a su padre y los acusó de cometer una seria transgresión. Tan listo es­taba para condenarlos que hizo caso omiso de un principio judío fundamental que nos enseña que toda persona debe ser juzgada bajo un aspecto favorable. El siguiente ejemplo, extraído del Tal­mud, ilustra esta actitud de juzgar favorablemente a las perso­nas:

Había una vez una persona que había estado al servicio de otra durante un período de tres años. A su término, un día an­tes de Iom Kipur, se acercó a hablar con su empleador. Le expli­có que consideraba que había llegado la hora de volver a su casa y a su familia y quería el pago por los años de trabajo realizados.

El patrón replicó:

— Lo lamento, pero no dispongo de dinero en este momento.

— Entonces aceptaré el pago en tierras, ganado o incluso en enseres domésticos —decidió el hombre.

El patrón sacudió la cabeza con solemnidad y dijo:

— Lo lamento, pero no poseo nada de esto tampoco.

El obrero, abatido partió en silencio a su casa.

Tiempo después de los Iamim tovim (Festividades) el patrón cargó sus tres burros con bolsas de comida, bebida y algunos manjares y se dirigió con ellos, más el pago que le adeudaba, a la casa del trabajador. Luego de pagarle y disfrutar juntos de las exquisiteces que había traído, preguntó al obrero:

— ¿Qué pensaste cuando te dije que no tenía dinero para pagarte?

— Pensé que quizás le habían ofrecido mercaderías a buen pre­cio y había gastado todo su dinero en ellas —contestó el obrero.

— Y cuando te dije que no tenía ganado ni tierras, ¿qué pensaste?

— Pensé que quizás las había arrendado.

- ¿Y me creíste cuando te dije que no tenía cosecha ni enseres domésticos?

— Bueno, pensé que no podía darme nada de la cosecha por­que todavía no había dado el maaser (diezmo), y en cuanto a los enseres, asumí que probablemente había donado todo al Beit Ha-Mikdash (Templo) —explicó el hombre.

— ¡Sí, sí! Es exactamente lo que ocurrió —exclamó el emplea­dor—. Me haz juzgado de forma favorable. ¡Quiera Hashem juz­garte a ti siempre favorablemente!

Extraído de Ayer, hoy y siempre. Editorial Bnei Sholem

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