Enviando a la cabra

Por Avi Shafran Extraído y adaptado de chabad.org

Uno de los elementos más remarcables del ayuno judío de Iom Kipur en los tiempos pasados, cuando todavía estaba erguido el Templo Sagrado en Jerusalém, era el ritual de “las dos cabras”
Dos miembros indistinguibles de esas especies eran llevados frente al Sumo Sacerdote, quien ponía sobre la cabeza de cada animal una especie de papel al azar. En uno se leía “para Di-s” y en el otro “a Azazel” (nombre de un acantilado en un desierto árido).
Como prescribe la Torá, la primera cabra era solemnemente sacrificada en el Templo, y se prestaba suma atención a la ofrenda; la segunda era llevada al acantilado con ese nombre (Azazel) y era arrojada desde ahí, muriendo incluso antes de llegar abajo.
Algunos pueden encontrar difícil de entender los destinos de estas cabras, pero es claro que hay algo muy profundo en este ritual judío.
No intento conocer ni lidiar con estos significados ocultos. Pero ponderar el ritual de las “dos cabras” antes de Iom Kipur, se me ocurre que puede tener un sentido importante en nuestra época.
Hay dos maneras de ver a la vida humana, y son tan fundamentales como exclusivas. Nuestra existencia es, o un resultado de una intención o un accidente. Como sigue el corolario: Nuestras vidas, tienen sentido o no lo tienen.
Si las raíces de nuestra existencia yacen en la pura aleatoriedad, entonces no habría un significado a las buenas y a las malas acciones; lo correcto y lo incorrecto no tendrían importancia. Permanecemos como animales evolucionados. Para estar seguros, debemos concebir una racionalidad para establecer normas sociales, pero un contrato social es una herramienta práctica, no un imperativo moral, es, al fin y al cabo, artificial. Sólo con la existencia de un Creador es que la vida humana es realmente importante, y la ubica en un plano separado al de los mosquitos, por así decirlo.
La Torá, obviamente, está construida bajo una base, y de hecho comienza con la narración de la creación Divina; y sus mensajes más básicos son los que le dan el verdadero sentido a la vida humana.

Aún así, hay una perspectiva que nos informa el punto de vista mundial que algunos tienen, que solo existe lo que podemos percibir con nuestros sentidos físicos. La aparente aleatoriedad de la naturaleza (considerando dicho punto de vista) no deja lugar a la Divinidad. No es una posición difícil de mantener; el Creador pueda ser evidente para aquellos que Lo perciben, pero no dejó huellas claras en Su Creación.
¿Pueden estos dos puntos de vista diametralmente opuestos estar de alguna manera reflejados en el ritual de Iom Kipur?

La cabra que se convierte en un sacrificio en el altar del Templo puede simbolizar el reconocimiento de la idea sobre la dedicación de servir a lo Divino. Si es, entonces ¿No puede ser entonces que su compañero, que encuentra su fin en un lugar desolado e impuro, alude a la perspectiva de la vida como carente de sentido?
No es una especulación impensable, especialmente cuando vemos que la cabra que va a Azazel está descrita en la Torá como la portadora de los pecados del pueblo.

Los comentaristas tradicionales Judíos todos se preguntan sobre este concepto. Algunos, incluyendo a Maimónides, dicen que dicho ritual estimulara a la gente a volver en Teshuvá (arrepentirse).

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