El mensaje del Gallo

Cierta vez, un comerciante judío se vio obligado a hacer un importante viaje de negocios a Moscú, que no podía postergar. Salió de su hogar inmediatamente después de Rosh HaShaná, esperando estar de regreso para Iom Kipur.
En los días de la Rusia zarista, a los judíos no se les permitía vivir en Moscú o visitarla a menos que tuvieran un permiso especial. Los pocos judíos que sí vivían allí tenían un pequeño Beit HaMidrash —una ‘Casa de Estudios’— en una calle lateral, donde funcionaba un minián —un grupo de diez varones adultos como mínimo, necesario para el recitado de determinadas plegarias— diario. El comerciante supuso que si no podía partir de Moscú a tiempo, pasaría el sagrado día de Iom Kipur entre sus hermanos judíos de allí.
En esos tiempos, los viajes se hacían con caballos y carreta. No existían los aviones, los trenes ni los ómnibus. La gente estaba totalmente a merced de las condiciones climáticas, y desafortunadamente éstas resultaron ser las peores. Una terrible tormenta descendió desde los cielos, inundando los caminos y convirtiéndolos en barro inseguro.
Con la esperanza de que todavía lograría llegar a Moscú a tiempo para Iom Kipur, nuestro comerciante buscó el poblado más cercano para encontrar refugio. Era tarde en la noche cuando llegó a una aldea en las afueras de la ciudad. El caballo estaba exhausto, y la carreta tan desvencijada que ambos parecían a punto de caer en pedazos en cualquier momento. El comerciante tuvo que resignarse al hecho de que tendría que detenerse allí. Conocía muy bien esta aldea; siempre acostumbraba a pasar por ella en sus viajes a Moscú. Pero nunca se había detenido allí, sabiendo que los lugareños eran muy antipáticos y el posadero tenía fama de ser un furioso enemigo de los judíos. Los viajeros judíos lo evitaban como a la plaga, y si algún judío desprevenido se aventuraba a entrar en su posada, el posadero apilaba sobre él insulto tras insulto; y si estaba borracho, llegaba incluso a pegarle.
Pero esta vez el comerciante no tenía alternativa. Golpeó a la puerta de la posada y rezó a Di-s que lo protegiera.
Para su buena suerte el posadero ya estaba dormido, de modo que fue el jovenzuelo a cargo del establo quien le dio una habitación para pasar la noche. También se hizo cargo del caballo, llevándolo al establo y dándole masajes y comida. Por la generosa propina que le dio el comerciante, el joven a cargo de los establos estaba más que ansioso por hacer lo que estuviera a su alcance para complacerlo.
Hasta ahora todo marchaba bien.
El comerciante le pidió que calentara el samovar para preparar té. Por supuesto, él traía consigo su propia comida. Finalmente, el comerciante pidió al joven que le trajera un gallo joven, vivo, del gallinero.
Tras rezar las plegarias de Maariv —las de la noche— y cenar, recitó el Shemá y, agradecido, se fue a dormir por algunas horas.
2.
Al salir los primeros rayos del sol, el gallo empezó a cacarear y el comerciante se despertó. Lavó sus manos y comenzó a prepararse para kaparot —una ceremonia que se realiza con el gallo en la madrugada de Iom Kipur—.
Al mismo tiempo, también se despertaba el posadero, y al oír ruidos extraños provenientes de la habitación de huéspedes preguntó a su criado quién la estaba ocupando. Cuando se enteró que era un judío, se enfureció; tomó un rápido trago de vodka y se apuró a salir al encuentro del indeseado visitante.
Pero, cuando llegó a la puerta de la habitación de huéspedes, se detuvo súbitamente. ¿Qué eran esas plegarias que se repetían melodiosamente, procediendo desde la habitación? El eco de un distante pasado golpeó en su cerebro. Muy lentamente abrió la puerta, ¡y quedó transfigurado frente a la escena que tenía frente a sus ojos! Allí, ante él, estaba de pie un hombre con un gallo en la mano, que giraba por encima de su cabeza. El posadero estaba profundamente conmovido.
El comerciante terminó las kaparot y se dio vuelta para ver al posadero que lo observaba de una manera muy extraña. Esperando el mal trato habitual, se quedó asombrado al escucharlo hablándole en un tono suave:
“¿Qué es esta hechicería que estás haciendo aquí?”
“Jas veshalom, Di-s libre”, respondió el comerciante. “Nosotros, los judíos, no creemos en hechicería ni tenemos permitido practicarla. Hoy es un día muy importante y solemne para nosotros. Es el día anterior a Iom Kipur, que es el día más santo del año. Es cuando Di-s da a cada judío, incluso a quien se apartó mucho de su religión, la oportunidad de arrepentirse retornar a El tal como un niño perdido regresa a su padre. Cuando Di-s ve que la persona se arrepiente de todo corazón, le perdona gustoso y de inmediato. Por supuesto, esto significa que cualquier ofensa contra una persona o personas a las que uno hirió de alguna forma, se corrige. Entonces, el pasado es lavado completamente, y el penitente se vuelve así tan puro y libre de pecado como un bebé recién nacido…”.
El posadero escuchaba atentamente, pero no dijo nada. El comerciante continuó:
“Esta sagrada costumbre de kaparot, que realizamos justo antes de Iom Kipur, es para hacer más profundos nuestros sentimientos de arrepentimiento. Tomamos un gallo (en el caso de un hombre) o una gallina (en el caso de una mujer) y recitamos una oración tres veces, mientras giramos el ave sobre nuestra cabeza y pedimos que esta ave viva sea expiación para nosotros. Después, un shojet —matarife ritual— lo sacrifica y entregamos al ave o a su valor, a los pobres.
“La plegaria, que comienza con las palabras ‘Hijos de Hombre’, nos recuerda que el Todopoderoso está siempre dispuesto a aceptar al pecador que se arrepiente sinceramente, y lo perdona completamente”.
El posadero estaba visiblemente impresionado. Todo su ser cambió. En lugar de proferir insultos, como había sido su intención, preguntó rápidamente acerca de la situación de los judíos en Moscú. ¿Tenían permitido rezar? ¿Dónde estaba situada la Sinagoga?
El comerciante contestó gustosamente sus preguntas y luego pidió la cuenta para pagar su estadía, la de su caballo en el establo, así como también por el gallo.
Al principio, para su sorpresa, el posadero no quiso cobrarle nada, diciendo que ésta era la primera vez que un judío se había hospedado realmente en su posada. Pero el comerciante insistió en pagar por todo.
Luego de agradecer al posadero por los servicios prestados, ambos hombres se despidieron como viejos amigos.
3.
El pequeño Beit HaMidrash donde rezaban los judíos de Moscú estaba repleto de gente mucho antes de que se iniciara el servicio de Kol Nidrei. La mayoría de ellos, y entre estos nuestro comerciante, se quedaron allí mucho tiempo luego de concluido el servicio vespertino, y recitaban Tehilím —Salmos— con gran sentimiento.
El día siguiente fue dedicado enteramente a la plegaria, con una pequeña pausa a la tarde.
En las últimas filas del Beit HaMidrash, en un asiento del rincón trasero, estaba sentado un hombre completamente envuelto y escondido en un gran talit. Sostenía en sus manos un majzor —libro de oraciones para Iom Kipur— abierto, pero no parecía estar volviendo las páginas ni rezando con el resto de la gente.
Permanecía en su lugar casi sin moverse, pero de tanto en tanto sus hombros parecían temblar bajo el talit, y de allí surgían sonidos, como de ahogados sollozos.
Sin embargo, nadie parecía prestarle atención; cada uno estaba ocupado consigo mismo y con sus propias oraciones.
Sólo después de Neilá —la Plegaria de Cierre de Iom Kipur—, cuando todos se levantaron para proclamar “¡Shemá Israel!”, también el forastero se levantó y gritó “¡Shemá Israel!” con todas sus fuerzas. Y cuando finalmente se sopló el shofar, éste se tambaleó y se desplomó sin vida!
La gente acudió rápidamente en su ayuda, pero todos los esfuerzos por revivirlo fueron en vano. El forastero había muerto con el “Shemá Israel” en sus labios.
“¿Quién es este hombre?”, preguntaron al shamash —el cuidador de la Sinagoga—.
“No lo conozco, es un extraño”.
“No, no es un extraño”, dijo el comerciante, dando un paso adelante. “Era el posadero de la aldea cercana
“¿Ese posadero?”, exclamaron algunos. “¡Imposible!”
Entonces un anciano judío recordó la historia del extraño. Contó que el posadero procedía de una noble familia judía. Cuando era un niño de siete u ocho años había sido secuestrado por gitanos y criado en un monasterio. Un monje, terrible enemigo de los judíos, había llenado la mente y el corazón del niño con un profundo odio hacia los judíos.
“Pero, ¿qué lo habrá traído ahora a nuestro Beit HaMidrash?”, se preguntaba la gente.
En este momento, el comerciante contó su historia, cómo se había visto forzado a buscar refugio en la posada.
“Pero esto no fue un ‘accidente’ “, agregó. “Fue la Divina Providencia la que me guió hasta esa posada y ese posadero en aquella aldea. Las kaparot que me vio hacer deben haberle traído al recuerdo memorias de su infancia, las que removieron la chispa judía en su alma y lo llenaron con un ardiente deseo de retornar a sus raíces judías! Y así, realmente, regresó como un baal teshuvá —retornante—. Su alma judía partió de este mundo con santidad y pureza…
El shamash recordó entonces que el posadero había llegado al Beit HaMidrash antes de Kol Nidrei y pidió un talit, que él le dio junto con un majzor. El hombre había permanecido sentado en su sitio a lo largo de toda la noche y el día, envuelto en el talit.
“¿Quién puede valorar la grandeza de un alma judía?”, terminó diciendo el shamash, en medio de un suspiro.
Después de Iom Kipur, el comerciante partió de regreso hacia su hogar, y pasó nuevamente por la aldea. Con inmenso asombro vio que la posada se había incendiado, hasta convertirse en apenas un montículo de cenizas. El joven del establo le comentó que el posadero había desaparecido misteriosamente tan pronto como el comerciante abandonara la posada. Ahora, todo lo que el posadero había tenido fue consumido por el fuego.
El comerciante reflexionó acerca de lo que había ocurrido y llegó a la conclusión de que seguramente esta era una señal de que el arrepentimiento del posadero había sido aceptado en el Cielo.
Y durante todo su viaje de regreso, siguió pensando en cuán grande es el poder del arrepentimiento.

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