10 de Tevet – El cuerpo – Una ciudad sitiada

Toda conmemoración judía pretende dejar en nosotros enseñanzas prácticas para que logremos mejorarnos en el servicio al Creador. Veamos qué es lo que nos enseña el ayuno del 10 de Tevet.

10 de Tevet es un día de ayuno que conmemora el comienzo del sitio de la Ciudad Santa de Jerusalem. Este culminó con la trágica destrucción del Bet Hamikdash, el Gran Templo de Jerusalem, y la ciudad toda, finalizando con el destierro del pueblo judío.
Toda conmemoración judía pretende dejar en nosotros enseñanzas prácticas para que logremos mejorarnos en el servicio al Creador. Veamos, entonces, qué es lo que nos enseña el ayuno del 10 de Tevet.

Un sitio, de por sí, es ya una calamidad espantosa. Significa que el enemigo ha penetrado profundamente en nuestro suelo, llegando hasta las puertas mismas de la ciudad. Pero, aún se vislumbra un rayo de esperanza. El sitio no implica el fin, ni siquiera el principio del fin. Ocurre a menudo que los sitiados logran reunir fuerzas, y no sólo que soportan el asalto del enemigo, sino que a veces éste es rechazado y obligado a huir, con fuertes pérdidas. La historia no escatima casos en que el asedio probó ser la perdición, no de los sitiados sino de sus sitiadores.
Veamos un ejemplo en nuestra propia historia: El rey de Asiria, Sanjeriv, sitio en una oportunidad a la ciudad de Jerusalem, durante el reinado del piadoso rey Jizquiahu. El poderoso ejército de Sanjeriv fue diezmado por una rápida peste en las mismas puertas de la ciudad, en la noche de Pesaj, y el poderoso Sanjeriv sufrió una violenta muerte en manos de sus propios hijos.
Sea como fuera un sitio es un problema serio. Es un momento de emergencia.
Cuando el estado de sitio es proclamado en una ciudad, todas las fuerzas se movilizan para la defensa de la misma. Se toman precauciones especiales y medidas de emergencia para racionar los suministros de agua y alimento. Los ciudadanos se ven impedidos de malgastar todo aquello que pueda ser de utilidad en la preservación de la vida comunitaria. Hasta el aire mismo de esta ciudad está cargado de una fuerte dosis de aprehensión, alerta, alarma.

Sin embargo, el peor enemigo de una ciudad sitiada no es el que se encuentra fuera de sus murallas, sino aquel que está dentro de las mismas y acecha desde su interior. ¿De qué enemigo se está hablando? Del derrotismo. De aquel sentimiento de que todo está perdido y no hay esperanzas. “No tiene caso seguir luchando, resistir al enemigo, defender la ciudad”. Nada agrada más al enemigo que la rendición pacífica de sus habitantes. Sanjeriv trató de atemorizar a los sitiados habitantes de Jerusalem, para que entre ellos cundiera un sentimiento de derrota y desesperación. Pero no consiguió su propósito. El pueblo se había aferrado a Di-s y éste los salvó.
En aquella época el asedio se trocó en victoria. No fue así con el asedio que recordamos el 10 de Tevet. Este último, llevado a cabo por el rey Nevujadnetzar de Babilonia, culminó con la destrucción del Bet Hamikdash, y de Jerusalem.

Toda festividad o ayuno, no es simplemente una recordación de sucesos de antaño. La Torá desea que los revivamos y que de ellos tomemos ejemplos que nos guíen en nuestra vida espiritual, hoy.
Sabemos lo que dicen nuestras plegarias que “a causa de nuestras transgresiones hemos sido desterrados de nuestra tierra”. Esto significa que para volver a reconstruir totalmente Eretz Israel y el Bet Hamikdash por medio del Mashiaj es necesario enmendar antes los errores y falencias causantes de la dispersión de los judíos por los confines del mundo. El 10 de Tevet y su ayuno nos recuerdan que estos errores en la conducta de nuestros antepasados y la nuestra no han sido enmendados aún y que debemos apresurarnos a mejorar el cumplimiento de las Mitzvot (preceptos).
En segundo lugar, hay una lección que podemos aprender del asedio de la ciudad específicamente.

Nuestros Sabios comparan al ser humano con una “pequeña ciudad”. En el lenguaje filosófico esto se llamaría “microcosmos”, es decir ‘pequeño mundo’.
¿Por qué le han dado al cuerpo un nombre tan extraño?
Es que en el cuerpo humano encontramos un sistema y una organización muy ordenados, como el que rige una ciudad bien planificada. En la ciudad hay un alcalde que en el cuerpo es la cabeza, o el cerebro, los demás órganos pueden, a su vez, compararse con los demás departamentos de una municipalidad: administración de justicia, policía, educación, etc.
En toda ciudad, la mayoría de los ciudadanos son respetuosos de la ley. Pero también encontramos a aquellos que la trasgreden: asesinos, ladrones, estafadores, etc. La ley libra una constante batalla contra estos enemigos de la comunidad, pues si se descontrolan, la pacífica vida ciudadana se vería perturbada.

En nuestro cuerpo también encontramos un enemigo interno: las inclinaciones y caracteres malos, los que deben ser controlados. Si nos descuidamos y no los reprimimos y educamos con la antelación y el vigor necesarios, éstos se apoderan de nosotros y nos llevan a la autodestrucción.
Del mismo modo que una ciudad se puede ver expuesta a un sitio, nuestro cuerpo puede estar asediado desde el exterior. En este caso el enemigo puede ser el medio ambiente que nos rodea, con su contaminación constante, la atmósfera en sí. Un sitio no se produce de golpe, sólo llega cuando se le ha permitido obtener una victoria tras otra, hasta que logra rodearla y penetrar en ella. Del mismo modo, si permitimos que el medio ambiente ejerza su influencia sobre nosotros, o si dejamos que nuestros malos hábitos obtengan una victoria tras otra sobre nuestro buen juicio, muy pronto nos encontraremos “asediados”.
Cuanto antes nos demos cuenta de la seriedad de la situación, mejor será. ¿Qué haremos en tal caso? Tomaremos urgentes medidas. Medidas de emerger. Nuestros esfuerzos usuales ya no surten efecto.

Debemos concentrar todas nuestras fuerzas para repeler al “enemigo” y librarnos del peligroso “sitio”. Insignificantes acciones no pensadas de antemano, actos irreflexivos, que posiblemente en condiciones normales no merecían importancia ya no deben ser permitidos, pues estos pequeños actos aumentan y fortifican nuestros hábitos internos, dando lugar, también, a errores de magnitud que no podremos controlar.
En un asedio debemos abandonar muchas cosas, aunque sea tan sólo por un tiempo. Del mismo modo, cuando nuestra “pequeña ciudad” ha caído bajo sitio, producto de nuestra propia negligencia, debemos tomar medidas drásticas, defendernos haciendo uso de todos los medios que estén a nuestro alcance. Y el peor enemigo es, como dijimos antes, el derrotismo. Debemos tener en cuenta que un sitio no es la derrota. Debemos fortalecernos, luchar y luchar contra el enemigo hasta vencerlo y emerger victoriosos y aún más fuertes que antes.

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