La Redención (segunda parte)

¿La redención alterará radicalmente nuestras vidas?…

Sí y no. El mundo físico a nuestro alrededor no cambiará; más bien cambiaremos nosotros. Maimónides dice explícitamente que no debe ocurrir ningún milagro; la redención no será un hecho apocalíptico o sobrenatural. La era de la redención (o “la Era Mesiánica”), dice Maimónides, será un tiempo en que todos estaremos absortos en “conocer a Di-s”.
Esto significa, en parte, que el hombre percibirá a Di-s en todas sus experiencias. Ya sea un médico o un comerciante o un padre, todos verán sus empeños materiales a través del filtro de la espiritualidad: no como un fin en sí mismos, sino como un medio para un fin más alto. Así como el que tiene hambre anhela naturalmente comida, nosotros anhelaremos naturalmente el bien; intuiremos lo que está bien y lo que está mal, y actuaremos en consecuencia. Ya no habrá una dicotomía entre nuestros corazones y nuestras mentes, nuestros cuerpos y nuestras almas, nuestros sentimientos internos y externos. Llegaremos a reconocer que cada detalle de este universo es obra de Di-s.
La redención final vendrá de un modo similar a la redención y éxodo de Egipto. Así como Moisés fue enviado por Di-s para dirigir la liberación de Egipto, un Mesías (“Mashiaj”) dirigirá a todo el mundo hacia la redención final.

¿Por qué se necesita un conductor? Porque aun cuando todos tenemos una chispa Divina dentro de nosotros, la oscuridad del mundo material es abrumadora. Di-s nos envía un líder altruista, entonces, que puede alzarse por encima de las distracciones materiales, sensible a las necesidades de una generación, y que tiene la capacidad de comunicar el mensaje de Divinidad a nuestra sociedad complicada y confundida. Y quien, mediante sus acciones y enseñanzas, nos inspira a estudiar la sabiduría de Di-s y vivir de acuerdo con Sus leyes. Todas las naciones del mundo se verán motivadas a servir juntas a Di-s, a cumplir con sus obligaciones siguiendo los mandamientos morales y divinos tal cual están en la Biblia.’

¿DÓNDE ESTAMOS AHORA?

Después de miles de años de vivir en el túnel y viajar a través de su oscuridad, ahora estamos en el umbral de la era de la redención. Están teniendo lugar cambios revolucionarios en todos los frentes: en un nivel personal y a escala global, en la tecnología, en la política y en el espíritu humano.
Los valores de libertad, tolerancia y generosidad se están difundiendo en la comunidad de las naciones. La familia ha vuelto a ser importante, en tanto la gente busca construir relaciones significativas que vayan más allá del trabajo o los deseos materiales. En todo el mundo, los hombres buscan con sinceridad un sentido espiritual. Y encontrar la esencia misma de su ser. Hay un mayor compromiso con el cambio interior y el crecimiento personal; en lugar de culpar a otros, los hombres empiezan a comprender que deben hacerse responsables de sus propias vidas, y se están esforzando por hacerlo.
De modo que el mundo puede estar preparado para la redención. ¿Pero cómo nos preparamos nosotros para ella? Abriendo los ojos y comprendiendo el momento único que estamos viviendo. Reconociendo que los hechos que se despliegan cada día son parte del proceso que lleva hacia una vida significativa de redención. Aprendiendo sobre Di-s y la espiritualidad de modo que podamos vivir de acuerdo con Su voluntad.
Esto no siempre es fácil. En medio del combate con un pasado incómodo y un futuro incierto, puede parecer más fácil aferrarse a las vidas que conocemos. Pero la sed de redención se suma a otro rasgo que compartimos todos los seres humanos: la esperanza. La esperanza de salud y prosperidad. La esperanza de justicia y virtud. La esperanza de liberación de las tinieblas.
Dado que el desafío es tan grande, hay que iniciarlo en pequeño. Tomemos una clase que nos inspire, o vayamos a una conferencia. Aprendamos sobre Di-s y la redención, o sea sobre el propósito de la creación. Recordemos que el primer paso para escapar de la oscuridad es reconocer que es oscuridad. Según nuestro ritmo, nos iremos familiarizando con estos ideales, y empezaremos a ver cómo en nuestra mente toma forma un cuadro más amplio. Detengámonos por un momento a reflexionar en las verdaderas prioridades de nuestra vida. Hagamos de nuestra casa un ambiente lleno de amor; hagamos de nuestra oficina un sitio donde la generosidad y la compasión reemplacen al egoísmo y la agresión. Y sobre todo, compartamos estas ideas con nuestra familia y amigos.
Si una persona puede resolverse a hacer estos cambios, entonces diez también pueden. Y si diez pueden, entonces pueden cien, y más y más. Después de todo, somos intrínsecamente buenos; naturalmente queremos tener vidas mejores, más productivas, más significativas. Comprometámonos hoy y exhortemos a otros a hacer lo mismo.
Después de viajar durante tanto tiempo en el túnel oscuro y sinuoso de la vida, ahora estamos acercándonos al final, y empezamos a sentir y ver la cálida luz brillante. Ahora, entonces, no es momento de vacilar; no es momento de ser escéptico o egoísta. Aun las menores cosas (una palabra amable, un dólar de caridad, unos pocos minutos de plegaria) son inmensurablemente importantes. Debemos hacer todo lo que podamos por dirigir así sea un solo rayo de luz a la oscuridad. Nuestro viaje está a punto de terminar; estamos prontos a alcanzar nuestro destino, nuestra cita con Di-s. La próxima movida nos toca a nosotros.

El 11 de abril de 1991, once meses antes de caer enfermo, el Rebe pronunció un discurso apasionado. Fue un mensaje formulado en palabras desusadamente fuertes, y la voz angustiada con que lo pronunció movió a sus seguidores a intensificar sus esfuerzos para prepararse, ellos y el mundo en general, para la redención.

“¿Cómo es que Mashiaj todavía no ha venido?”, dijo el Rebe. ¿Por qué nuestro mundo sigue siendo un lugar en el que prevalecen el mal y el dolor? ¿ Por qué es aceptable que la redención no venga esta noche ni mañana ni el dia siguiente? ¡Ustedes deben hacer todo lo que puedan para traer a nuestro justo redentor, de inmediato! No basta con gritar eslóganes. Es tarea de todos y de cada uno de ustedes traer la redención final con sus acciones. Está en vuestras manos producir el milagro.

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