La Lucha Heroica (parte tres)

LA HUELGA DE HAMBRE DE LOS TEFILIN

El miércoles 15 de Siván (15 de junio), a las seis de la mañana, el Rebe fue conducido a su celda, la número 160 de la Sexta División de la cárcel de Spalerno. Tras una noche de severas torturas físicas y psicológicas, de sufrimientos y siniestras amenazas, el espíritu del Rebe permanecía sereno e inquebrantable. Se mostró firme y constante en reiterar su único deseo:
“¡Tefilín ¡Exijo mis Tefilín!”
En su celda, en realidad prevista para un único prisionero, había otros tres: dos judíos y un ruso. Estos recibieron al Rebe con gran respeto y se acurrucaron uno junto al otro a fin de dejarle más espacio en la celda.
El guardia que cuidaba la puerta se acercó a la celda, abrió la celosía y anunció:
“Ciento treinta prisioneros fueron fusilados en el sótano”.
Era imposible saber si esta afirmación era cierta o no, mas anuncios tales invariablemente suscitaban pavoroso temor entre los prisioneros. En general, la conducta de las autoridades de la cárcel tenía por objeto generar profunda ansiedad entre los prisioneros, de cualquier modo posible.
Uno de los prisioneros pidió agua al guardia y recibió por toda respuesta: “¿Qué necesidad tienes de engordar tu cuerpo? Hagas lo que hagas, serás fusilado en un futuro muy cercano”. Frases de esta índole podían quebrantar el espíritu de la persona más estoica.
El Rebe, empero, parecía ajeno a todo lo que ocurría a su alrededor, y pidió ver a un representante de la administración de la cárcel. Tras pocos minutos apareció uno de los funcionarios de categoría superior.
“¿Qué deseas?”, preguntó el funcionario. “Quiero mis Tefilín”, respondió el Rebe. “Y también pido atención médica. Fui severamente golpeado y estoy enfermo; necesito atención médica”.
El funcionario respondió que no podía recibir atención médica sino hasta el lunes siguiente. Por lo tanto, el Rebe debería aguardar seis días pese al dolor, los hematomas y las heridas abiertas, hasta poder recibir la visita de un médico. “¿Qué hay de los Tefilín?”, preguntó el Rebe. “Olvídate de tus preocupaciones imaginarias. No los has de recibir en esta cárcel”, fue la respuesta.
“Si ése es el caso”, dijo el Rebe, “iniciaré una huelga de hambre. No comeré ni beberé. Los prisioneros que ocupan esta celda serán testigos de mi ayuno hasta el momento de recibir mis Tefilín”.
El funcionario salió de la celda, y el Rebe se puso de pie para orar en voz alta y entonar la sentida melodía jasídica de una plegaria al estilo de Jabad. Estaba, sin Talit ni Tefilín, en la oscura celda de Spalerno, ¡y entonaba una antigua melodía de Jabad! Los dos judíos y el ruso escucharon la plegaria y la melodía con silenciosa atención.

Al concluir sus oraciones, el Rebe se sentó y pronunció un discurso jasídico sobre la Tora —Maamar— ante los dos prisioneros judíos; sus ojos, oscurecidos por el temor de la muerte, pronto se iluminaron con el resplandor de la Tora.
También el no-judío prestaba atención. Era un hombre simple, ignorante, casi primitivo, y cuando el Rebe concluyó, exclamó:
“¡Me hallaba en aislamiento penal!”, y continuó diciendo: “Era mi primer día de cárcel y desconocía las normas. En ese momento era el único ocupante de la celda, y cuando me ordenaron dormir, como realmente no estaba cansado, me negué a hacerlo. Me senté y fumé un cigarrillo. El guardia me observó por la celosía y me ordenó amenazadoramente que me acostara. Me negué a hacerlo en términos insultantes. No había terminado mi cigarrillo cuando la puerta se abrió de golpe y el guardia me ordenó que lo siguiera. Lo hice, y descendimos escalera tras escalera hasta llegar al pasillo del sótano del edificio. El guardia abrió una puerta y me ordenó que pasara. Obedecí pensando que entraría tras de mí, mas de inmediato sentí que cerraba la puerta de la celda.

“Di un paso y me hallé en una sucia y maloliente habitación. El hedor me sofocaba. Encendí un fósforo y pude ver que las paredes rezumaban y por ellas se deslizaban toda clase de criaturas: blancas, negras, largas y grandes, todas de aspecto pavoroso. El lodo me llegaba hasta los talones y debí permanecer de pie en la celda toda la noche. De vez en cuando tenía que espantar a los inmensos roedores que me atacaban dando alaridos horribles, aterradores.
“Me parecía que ya había transcurrido un día entero. ¿Comida? Nadie tiene el menor deseo de comer en ese sitio, ni siquiera de fumar; se pierde todo deseo en esa celda pavorosa. Escuché que se abría la puerta y pensé: ahora vienen a buscarme para fusilarme. Oí un silbato y la cortante orden: ‘Ven aquí’. Repliqué: ‘No veo nada. ¿Cómo puedo ir?’ El funcionario encendió la luz y lo que vi fue aterrador. ‘¡Sal!’, gritó el funcionario, y de inmediato salí de la habitación. ‘Sube las escaleras’, me ordenó, y pensé: ‘Gracias a Di-s no moriré fusilado’.
“‘Ahora’, dijo el funcionario, ’sabrás cómo hablar con un funcionario. Está prohibido dirigirse en términos insultantes a las autoridades de la cárcel. Eres un prisionero y yo soy la autoridad. Irás a la celda a dormir, ¿dormirás?’ ‘Sí, Su Excelencia, dormiré’. Me abofeteó varias veces, sin que pudiera comprender la razón. ‘¿Qué clase de “Excelencia” soy para ti?’, me preguntó airadamente. ‘Tú, vil ser, esclavo de los Rusos Blancos, espía, te dejaré en el sótano tres días seguidos, no sólo las tres horas que te encerré allí’.
“Comencé a llorar y a implorar: ‘Tú eres mi padre, honrado señor, mi amo y dueño, y te obedeceré’. Me golpeó rápidamente tres veces seguidas. Los golpes eran muy dolorosos; me temblaban los dientes y la sangre fluía a borbotones de la nariz. Me controlé y procuré mantenerme respetuosamente de pie como correspondía ante una persona de elevado rango. Aún recordaba la tradición de disciplina del ejército. ¡Soy un hombre valiente! Durante cuatro años presté servicios a mi Zar. Luché en la guerra entre rusos y japoneses. He visto generales y conozco la importancia del orden y la obediencia. La disciplina es fundamental, no como los jóvenes de ahora, tan pobremente entrenados, que cantan y no hacen más que mascullar órdenes de Derecha e Izquierda y actuar cual títeres perplejos.

“‘¿Qué clase de amo soy para ti?’, preguntó el funcionario. ‘Debes llamarme Camarada. Ya no hay tiranos ni amos; ahora somos todos camaradas’.
‘”Muy bien, así será, camarada’, respondí, ‘ya no me dirigiré a ti de ese modo’. Volvió a asestarme duros golpes y me preguntó: ‘¿Qué clase de Camarada soy para ti? Esta no es forma adecuada de dirigirse a un funcionario. Debes recordar permanentemente que eres un prisionero y que yo soy un funcionario. Debes decirme Camarada Funcionario’.
“Débil y quebrantado, avancé. Quería dormir, quería fumar. Me dolían los dientes y sentía un profundo malestar en las costillas. Mientras caminaba tenía un solo pensamiento en la mente: la frase camarada funcionario. Esta vez no debía olvidarla si no quería sufrir nuevamente castigos intolerables. ‘Qué agradable seria’, pensé, ‘volver a dormir en el catre de mi celda’”.

En el curso del interrogatorio a que el Rebe fue sometido en Spalerno se lo amenazó innumerables veces con aislamiento penal. El relato del prisionero ruso había causado una profunda impresión en el Rebe, mas éste procuró darse fuerzas imponiéndose la tarea de redactar un discurso jasídi-co —Maamar— sobre la Tora. Tenía un lápiz mas carecía de papel; empleó envoltorios de cigarrillos para escribir. El Rebe utilizó más de cien cigarrillos sobre cuyos envoltorios escribió sus pensamientos e impresiones sobre la Tora.
De pronto se abrió la puerta, y dando un salto salvaje, el guardia arremetió furiosamente contra el Rebe, asestándole infinidad de golpes al tiempo que lo maldecía brutalmente
en ruso.

“¿Qué clase de trabajo estás haciendo aquí? Está prohibido tener un lápiz en la celda”.
Arrebató con fuerza, el lápiz que el Rebe sostenía en la mano y, sin dejar de maldecirlo, salió de la celda.
Cada vez que se distribuía la comida entre los prisioneros, el Rebe se negaba a aceptarla, y afirmaba que continuaría su huelga de hambre hasta que se le restituyeran los Tefilín. Transcurrieron dos días, el miércoles y el jueves, y el jueves por la noche el Rebe fue conducido a su primer interrogatorio, que duró varias horas. Agotado y abrumado, retornó a su celda.

Extraído de “La Lucha Heroica” de editorial Kehot

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