La Lucha Heroica (parte dos)

LA DETENCIÓN

La fecha: martes 14 de Siván de 5687 (14 de junio de 1927). Ya eran las 12 de la noche, poco después de que el Rebe concluyera sus audiencias privadas conocidas como “lejidut”. El Rebe tenía por costumbre conceder audiencias tres veces por semana: los domingos, martes y jueves. Las reuniones se celebraban entre las siete y las diez de la noche, aunque por lo general se extendían durante una o dos horas más, especialmente en los meses de verano, en razón de los numerosos visitantes. Estas sesiones se prolongaban hasta las once y media de la noche.
Luego, el Rebe pronunciaba la plegaria vespertina con un minian (quorum) que se reunía en su hogar tres veces por día para la plegaria pública. Estaba exhausto a causa de sus tareas, y también profundamente afligido por su reciente enfrentamiento con el Superior Rabino de Leningrado en razón de que el Rebe se había opuesto a la reunión general planificada por los dirigentes comunitarios de esa ciudad.
Judíos antirreligiosos que tenían el tortuoso propósito de socavar el judaismo tradicional habían programado esta reunión y convencido con malas artes al Superior Rabino de Leningrado para que se pusiera de su lado urdiendo falsas insinuaciones que suscitaron el conflicto personal.
Fatigado, el Rebe se lavó las manos a la usanza tradicional antes de la cena que compartiría con los miembros de su familia poco después de las doce de la noche.

Unos veinte minutos más tarde el timbre sonó insistentemente. La puerta se abrió y dos hombres irrumpieron en la habitación exclamando:
“Somos emisarios de la GPU. ¿Quién es Schneerson? ¿Dónde está?”
Al tiempo que decían estas palabras, un grupo de personas armadas entró en la habitación y se dispuso a aguardar órdenes.
Sereno y resuelto, el Rebe respondió:
“No sé a cuál Schneerson buscáis. Si os introducís por la fuerza en la casa de una persona, es de suponer que ya sabéis quién vive allí, por lo cual este intento de infundir temor y ansiedad es superfluo. Decid lo que tenéis que decir y expresad claramente vuestros verdaderos deseos. El administrador del edificio conoce perfectamente la identidad de todas las personas que viven en esta casa. ¿Qué necesidad hay de causar este escándalo y esta interrupción?”
“No necesito gritar”, dijo el hombre que servía de portavoz. “Este es mi modo normal de hablar. Pareces ignorar totalmente los métodos de los representantes de la GPU. Muéstranos tu departamento para que podamos ubicar el guardián que corresponde legalmente y, en calidad de jefe de la familia, acompáñanos como observador durante la requisa”.
“Si”, dijo el Rebe, “estoy plenamente al tanto de vuestros métodos y no deseo saber nada más sobre ellos. O bien estáis totalmente equivocados, o alguien ha urdido una calumnia en contra de nosotros. En todo caso, ello no hace para mí la menor diferencia. En cuanto a los emisarios de vuestra organización, no les he temido ni les temeré. El cuidador del edificio puede conduciros por mi casa, y podéis revisar todo lo que queráis de acuerdo con la ley que invocáis”.
Luego agregó serenamente:
“Estoy seguro de que no interrumpiréis mi comida vespertina”.
Las palabras del Rebe, pronunciadas con calma y sin delatar emoción alguna, tuvieron una poderosa repercusión sobre los insensibles funcionarios. Por un fugaz instante dudaron, mientras miraban con sorpresa al Rebe. En la casa reinaba un absoluto silencio.
Entre los intrusos se hallaba un joven funcionario judío de la GPU de nombre Nájmanson. Era un hombre alto, de anteojos, que había recibido educación judaica en su niñez en tanto que su padre había viajado a Lubavitch como jasid del anterior Lubavitcher Rebe, Rabí Shalom Dovber Schneerson. Su voz autoritaria rompió el silencio al ordenar a los hombres armados que tomaran posiciones de guardia en las distintas puertas de la casa. Todo aquel que deseara entrar en la casa sería admitido, mas se prohibiría el movimiento de una habitación a otra o toda comunicación oral. Subrayó que sus instrucciones debían seguirse estrictamente. Luego se volvió a su compañero, un judío de poca estatura y cabello oscuro, de nombre Lulov. Terminó dirigiéndose al Rebe para decirle que si deseaba comer estaba en libertad de hacerlo y que no sería molestado, aunque había dado instrucciones a un guardia para que permaneciera en la habitación con ellos.

En primer lugar se dirigieron a las habitaciones de las hijas del Rebe, Jaia Musia (luego esposa del Rebe Menajem Mendel de Lubavitch) y Sheina, y les preguntaron:
“¿A qué organización pertenecéis?”
Estas respondieron que eran discípulas de su padre y políticamente no partidarias de ninguna organización.
“:Por qué?”, preguntó azorado Nájmanson.
“¿Por qué?”, replicó Sheina. “No tenemos ninguna obligación de responderte. Nos preguntaste acerca de nuestras convicciones políticas y te respondí. Respecto de la razón de nuestra posición, no tenemos la obligación de responder ni de explicar nuestra postura por cuanto tu propósito al entrar aquí no fue investigar mis cartas ni mis documentos. Somos coherentes tanto respecto del pasado como del presente. Estamos consagradas a nuestro padre y lo declaramos abiertamente, sin importarnos si puedes aceptarlo o considerarlo ofensivo”.
Nájmanson respondió:
“Debes tener presente la autoridad y el poder de la GPU, que representamos. La GPU puede obligar aun a la lengua más silenciosa a hablar y a confesar aquello que está guardado dentro del corazón. Nuestros interrogadores son muy hábiles. Todo les es revelado, voluntariamente o de otro modo. Nada puede quedar oculto. Ante ellos todo se disuelve, e incluso las piedras hablan y divulgan sus secretos”.
“La tragedia”, respondió una de las hijas del Rebe, “es que deseáis lograr todo por la fuerza, mediante el poder y la coerción. Ello es inmoral y repugnante, pues tiene por objeto intimidar a las personas inteligentes e informadas con el poder del puño y el temor de un arma”.
El Rebe se sintió conmovido ante el valor de su hija, mas temió que Nájmanson pensara también en detenerla.
Permanecieron en la casa durante una hora y media yendo de habitación en habitación y llevando a cabo un cuidadoso registro, pero era evidente que ésta no era su verdadera intención. Luego prepararon un documento oficial y se lo entregaron al Rebe para que éste lo firmara. El Rebe examinó el documento. En éste se afirmaba que se había llevado a cabo un registro, de conformidad con todas las reglamentaciones que regían tales acciones, y se le informaba de que era tomado prisionero.

Tras leer el documento, el Rebe respondió que no estaba en condiciones de firmarlo por cuanto en éste se afirmaba que el registro era legal en tanto que él observaba todo el procedimiento con estupefacción. Todos estaban al tanto de su identidad y de sus actividades. Sólo cabía una de dos posibilidades: o bien se había cometido un grave error, o era víctima de una falsa acusación y calumnia. En todo caso, no podía firmar.
“En cuanto a detenerme”, continuó diciendo el Rebe, “es evidente que las súplicas de mi familia son inútiles, mas también deseo que se conozcan claramente mis opiniones.
“Es evidente que o bien se trata de un error, o de una mentira que se aclarará en uno o dos días.
“Todos están perfectamente percatados de mi identidad y de mis acciones. No he recurrido a actitudes disimuladas. Vivo en una de las ciudades más grandes y me alojo en el centro de esa ciudad. Tengo una sinagoga y pronuncio allí discursos jasídicos —Maamarím— en Shabat y en las Festividades judías; vale decir, no me he conducido de manera furtiva. Creo que mi detención traerá aparejada una publicidad altamente desfavorable, y que sería conveniente que procedierais con precaución hasta que se aclare la verdad, si lo que en realidad deseáis es la verdad. Sin embargo, si vuestro propósito es ocultar este error o disimular esta calumnia con mentiras y falsedades, estoy seguro de que lamentaréis vuestras acciones. Haced lo que os parezca, aunque estoy seguro de que no me atraparéis en una red de falsedades y engaños”.
Nájmanson interrumpió con rudeza sus palabras: “La GPU es responsable de sus acciones y no teme en absoluto las críticas. Si se ha impartido la orden de detenerte, confío en que se tiene cabal autoridad para hacerlo. Me sorprenden tus palabras. Ten plena conciencia de que ahora eres un prisionero”.
“No comprendo”, replicó el Rebe, “por qué interrumpes mis palabras sin darme la oportunidad de concluir mi pedido”.
“¡¿Qué dices?!”, exclamó Nájmanson airadamente.
“Deseas pedir algo, y tienes ese derecho que no se negaría a ningún otro prisionero. ¿A qué se deben estas falsas acusaciones? ¿No comprendes tu situación? No hemos venido aquí para conversar contigo ni para oír los pedidos de tus hijas o de los miembros de tu familia”.
Se volvió hacia las hijas y les ordenó:
“Salid de la habitación. Si habláis una vez más también vosotras seréis detenidas”. Preparó la pistola, y dijo: “Hablaré con esto y ello acallará vuestras elegantes palabras”.
Janá, la hija mayor del Rebe (casada con Rabí Shmariahu Gourary) respondió:
“Hablamos en el lenguaje empleado por toda persona que se conduce como un ser humano en cualquier circunstancia, y no en el lenguaje de aquellos que acaban de surgir del lodo, no pueden hablar en forma directa, y sólo son capaces de blandir un revólver e intimidar a los demás con amenazas de encarcelamiento.
“Dejad que nuestro padre permanezca aquí pues lo amamos profundamente, y mis hermanas y yo iremos gustosamente en lugar de él. Nuestro padre está débil; el médico le ha ordenado que no salga. Traed un médico, que éste lo examine. Permitidle permanecer bajo custodia hasta que el médico determine que puede salir. Después de todo, también tú eres un ser humano. Tú también debes tener en algún lugar de tu interior sentimientos y emociones. Tú también debes tener, sin duda, lo que el mundo llama ética y decencia”. Y estalló en sollozos.
“Sólo una ilusión puede hacerte creer que súplicas y lágrimas pueden ayudar”, dijo el Rebe, con irónica amargura.
Se volvió a su esposa Nejama Dina y a sus tres hijas a su lado y dijo:
“Un bárbaro y las súplicas son dos términos contradictorios”.
“¿Por qué”, continuó diciendo el Rebe, dirigiendo sus palabras a Nájmanson, “no me permites concluir? Puedes procurar atemorizarme en la cárcel, enseñarme, educarme y hacerme entrar en razón según tu modalidad singular de comportamiento adecuado. Mas aquí, en mi casa, estás obligado a escuchar mis palabras. Aún estoy entre las cuatro paredes de mi hogar, y deseo hablar en su presencia, vale decir, ante la presencia de testigos dignos de confianza y cuyo testimonio no pueden contradecir”.
“Tus palabras están cargadas de veneno”, replicó Nájmanson. “Las leyes del régimen actual no son favorables a tus ojos ni son fuente de placer para ti. Ya hablaremos de este asunto. Ahora di lo que quieras en presencia de testigos irrefutables”, y con una sonrisa burlona en el rostro señaló sardónicamente a su cómplice Lulov y a los demás hombres de la GPU que se hallaban en la habitación.
“Pido permiso para ponerme Tefilín y orar”, dijo el Rebe, “así como también que se me envíe comida fyasher de mi propio hogar”.
“Puedes llevarte tus Tefilín, libros religiosos, papel y lápiz”, replicó Nájmanson, “y te aseguro sinceramente que nadie impedirá tus plegarias, tus lecturas y escritura. Regresarás a casa hoy mismo. Sólo se te formularán algunas preguntas en la cárcel y luego se te permitirá regresar”.
La conversación había llegado a su término y ahora sólo restaba aguardar al vehículo que llevaría al Rebe a la tristemente célebre cárcel de Spalerno, en Leningrado (hoy Petersburgo). La afamada madre del Rebe, Shterna Sara, que se encontraba en su habitación sin saber qué ocurría, entró abruptamente.
El propio Nájmanson, jefe del grupo de registro, había dado órdenes de que no se la despertara. Mas, al parecer, había presentido intuitivamente lo que ocurría, y se había levantado. Al ver a los visitantes indeseables, exclamó con temor en la voz:
“¿Qué significa esto? ¿Por qué han venido? ¿Han de hacer uso de la fuerza en contra de personas inocentes, en contra de mi hijo que con altruismo procura ayudar a los demás? ¡No!”, exclamó en voz alta. “No les permitiré que te lleven a ti, tan preciado a mi alma. Iré yo en tu lugar. Llevadme”, suplicó a su jefe, “llevadme. No molestéis a mi hijo. Mi único hijo que responde ante los demás en su momento de aflicción y sufrimiento. ¿Someteréis también a una persona de tanta integridad a una prueba tan severa? ¡Ay de mí! ¡La cárcel! ¡Ay de nosotros! ¡Mi amado y fallecido esposo! Se llevan a nuestro hijo losef Itzjak, a tu único hijo que se sacrifica por hacer el bien a otros, tu solo y único hijo, aquél que observa tu instrucción con verdadero espíritu de sacrificio… Han venido bandidos… aquellos que persiguen a los inocentes, y ¿con qué fin? ¡Santos antepasados! Desean extinguir a mi hijo que es la llama de vuestras almas. Suceda lo que suceda, no les permitiré llevárselo”. Nájmanson se volvió hacia el Rebe y le dijo: “Te ruego que la calmes. Llévatela a otra habitación y tranquilízala. No soy responsable de su arrebato emocional. No hicimos ruido y no quise causarle inquietud alguna. Te ruego que la calmes”.

En ese momento, el Rebe comprendió que aun en lo más profundo del mal existe una chispa de bien. Estas palabras no parecían brotar de los labios de una persona dura y sanguinaria. ¿Era posible que este hombre insensible también poseyera un corazón y fuese capaz de integridad? ¿Tenía también él una ética interior intuitiva que despierte en su interior un sentimiento de misericordia? O tal vez comprendió de pronto que esta mujer que estaba frente a él llorando era la renombrada Lubavitcher Rebetzin, conocida por sus buenas obras. Tal vez por un instante se había arrepentido, apoderado de él el remordimiento de haberle tocado en suerte ser un agente de la GPU.

El Rebe, acompañado de los miembros de su familia, se dirigió con su madre a su habitación y conversaron allí de lo que no habían podido hablar en presencia de sus captores. El Rebe a duras penas concebía la causa de este hecho y quién podía ser su responsable. Podía imaginar distintas razones, pero la más verosímil le parecía que era que lo llevaban como rehén. No podía determinar la razón precisa de ello, pero ésta era su impresión. Su madre observó:
“Tal vez alguien ha proporcionado información maliciosa sobre ti”.
El Rebe encontraba difícil aceptar esta razón y reiteró que se lo llevaban como rehén por alguna razón desconocida.
“¿Qué hemos de hacer?”, preguntó su yerno (Rabí Shmariahu Gourary). Y el Rebe respondió:
“En primer lugar, enviad emisarios a las tumbas de mi padre y de mis antepasados, los anteriores Rebes de Jabad, para informarles acerca de la situación en que me encuentro. También pedid a todos mis seguidores que reciten los Salmos durante los primeros días”.
Los miembros de su familia repitieron azorados sus palabras: “los primeros días”. Le preguntaron qué preveía. El Rebe respondió que eso se vería con la ayuda de Di-s. Les advirtió que no se agitaran por cuanto muy pronto correría la voz entre todos sus seguidores.

Los jasidím no debían desviarse de ninguna actividad que se hubiesen propuesto emprender. Sin embargo, los miembros de su familia debían establecer contactos confidenciales a fin de interceder en su favor, aunque en primer término, el Rebe expresó su preocupación por que se mantuviera funcionando toda la red de actividades educacionales. En adelante, la tarea de recaudar fondos sería tremendamente difícil pues todos los que participaban en la labor de obtener dinero, con carácter voluntario o de otro modo, estarían profundamente consternados y atemorizados por su detención. “Por consiguíente, transmitidles mis instrucciones personales en el sentido de que, pese a la enorme deuda actual, deben procurar obtener más dinero mediante préstamos y enviar de inmediato la ayuda necesaria a cada grupo educacional. Y todos vosotros debéis asumir la responsabilidad de dirigir esta actividad hasta que Di-s me devuelva a vuestro seno.

“Estoy seguro de que han tendido una complicada red destinada a atraparme acusándome de diversos y severos delitos. Procurarán atribuirme asuntos respecto de los cuales soy totalmente inocente y plenamente ajenos a mi esfuerzo en pos del fortalecimiento de la Tora y el judaismo. Mas puedo aseguraros esto: estoy consagrado a la difusión de la Tora y sus mitzvot. Asumiré toda la responsabilidad y no he de acusar a nadie; si, Di-s no lo permita, se detuviera a alguna otra persona diciendo que ello se hizo en base a información por mí proporcionada, os advierto desde ya que se trata de una mentira. No existe poder en el mundo que pueda obligarme a modificar mi decisión en este sentido.

“También me resulta evidente que esta detención ha sido cuidadosamente planificada, pues jamás habrían tomado una medida tan trascendental sin la suficiente preparación. Creo vislumbrar en el rostro de Nájmanson una intención clara respecto de esta acción. Con toda seguridad mediante mi encarcelamiento se proponen causar gran daño al pueblo judío en general. Mas tengo profunda fe en que el Di-s de nuestros santos antepasados me liberará de sus manos y retornaré y continuaré con mis actuales esfuerzos. Os ruego que obedezcáis fielmente mis palabras y no cedáis a la desesperanza; Di-s nos ayudará”.

Luego les advirtió que retiraran toda la correspondencia que había en la casa y distribuyeran los documentos entre diversos sitios seguros.
Aún antes de que el Rebe terminara de hablar entró Lulov y dijo que el vehículo que conduciría al Rebe aguardaba y que era imperioso apresurarse.
“Las actuales condiciones de este país determinan ciertamente que nadie llegue tarde”, respondió el Rebe. “Aun aquellos que hoy se ocupan del encarcelamiento de otros, pueden tener la certeza de que también a ellos les llegará su turno. Apresurarse está prohibido por cuanto ello no afectará significativamente el curso futuro de los acontecimientos”.

El Rebe tomó un bolso que contenía numerosos efectos religiosos personales y lo entregó a uno de los guardias armados para que lo llevara.
Lulov se adelantó y arrebató el bolso del soldado, con las siguientes palabras:
“Dame el bolso a mí. Los jasidím siguen siendo jasidím; mi abuelo cargó los bolsos de tu abuelo (Rabí Shmuel de Lubavitch) y yo también cargaré tus pertenencias”.

El Rebe arrancó el bolso de manos de Lulov y replicó: “Tu abuelo era un jasid, un discípulo, de mi abuelo. Como tal, tenía el privilegio de cargar esos bolsos hasta el sitio que mi abuelo escogiera, en tanto que tú deseas cargar mi bolso, Di-s no lo permita, a un destino que nada tiene que ver con mi voluntad. No puedo aceptarlo”.

Reclamó sus bienes y se los devolvió al guardia que había tomado el bolso inicialmente. Besó la mezuzá fijada en el marco de la puerta y salió, flanqueado por guardias armados. Mientras bajaban las escaleras, el Rebe oyó las voces de los miembros de su familia que pedían permiso para acompañarlo hasta el vehículo. El Rebe se volvió y vio que un guardia armado les cerraba físicamente el paso. Entonces preguntó a Lulov por qué se les impedía pasar, y si tenía autoridad para tal acción.

El tono seguro del Rebe y sus palabras surtieron sobre Lulov el efecto deseado, y éste permitió que todo el grupo acompañara al Rebe.
Eran las únicas personas en el patio. Nadie más estaba presente. Nájmanson procuró impedir que los parientes salieran a la calle y con amargo humor afirmó:
“Podéis despediros aquí, conforme todos los rituales de la etiqueta de la clase alta aristocrática”.
El Rebe se volvió a Nájmanson y le dijo: “Es coherente que un funcionario de categoría superior tan preocupado por las formas, exija un documento firmado que corrobore que su visita y registro han estado de acuerdo con la ley, al tiempo que impide a los miembros de una familia acompañar a un ser querido”.
Nájmanson, pese a su furia, accedió a su pedido, mas afirmó con indignación: ‘Aparentemente aún no puedes adaptarte a la situación actual. Eres un prisionero y estás obligado a obedecer las órdenes de un funcionario autorizado”.
“¿Quién es el funcionario?”, preguntó el Rebe, “¿y cuál es la orden? Puedes ver claramente que, pese a todos tus esfuerzos, no tengo miedo”. El Rebe continuó: “¡Por favor, accede a su pedido!”
Nájmanson se hizo a un lado y el Rebe y todos los miembros de su familia salieron a la calle. El vehículo aguardaba, rodeado de soldados armados. Dentro de éste se hallaba un prisionero, evidentemente una persona de prestigio, de unos cuarenta años y de aspecto extranjero. Llevaba ropas de viajero, y su rostro estaba blanco como la nieve; sus ojos reflejaban enorme sorpresa y su expresión era de profunda ansiedad y temor. Sentado frente a él se hallaba un soldado armado que lo vigilaba.

Al salir a la calle, la mirada del Rebe recayó sobre el gran reloj que pendía del escaparate de la tienda de relojes que había frente a su casa. Mentalmente observó que habían pasado dos horas y veinte minutos desde la medianoche. En el transcurso de las aproximadamente dos horas que había durado el registro se le había causado dolor, ansiedad y angustia, todo en razón de falsas acusaciones por su labor en favor del fortalecimiento del judaismo, la Tora y sus mitzvot.

Permanecieron juntos durante unos breves momentos y luego, con la ayuda de uno de los soldados, el Rebe subió al vehículo y tomó asiento en el sitio que se le indicó.
Frente a él se sentó Lulov para vigilarlo con un arma en la mano.
“Cuidaos y sed fuertes”, dijo el Rebe a su familia. “Di-s nos ayudará para que podamos volver a reunimos con salud”.
En ese momento el vehículo se puso en movimiento y emprendió viaje rumbo a la tristemente célebre cárcel de Spalerno.
La cárcel de Spalerno es un mundo extraño, irreal. El Lubavitcher Rebe está plenamente percatado de que ello es el resultado de la consciente intención de desmoralizar totalmente a la persona para que ésta ceda a la voluntad de sus captores. La arquitectura misma de la cárcel de Spalerno abruma a sus prisioneros por su solidez y la sensación de encarcelamiento y control absoluto que inspira en ellos. Soldados armados montan guardia constante. Los ordenanzas de la cárcel son sádicos insensibles, se sienten fácilmente provocados y son brutales en su ira. Entre los más educados admistradores y funcionarios de la cárcel, las actitudes varían desde la formalidad impersonal hasta la crueldad más brutal y abierta. Por lo demás, las severas normas de la cárcel ahogan a los prisioneros en una rigidez compulsiva. Existe un deliberado propósito de transmitir la noción de que la vida de los prisioneros pende de un hilo. En este mundo surrealista, el Rebe comprende la necesidad de mantener firme y enérgica resolución, si es que ha de abrigarse esperanza alguna de supervivencia.

Extraído de “La lucha heroica” de editorial Kehot

Aún no hay comentarios

¡Sea usted el primero!

Complete el formulario siguiente para comentar.

Deje un comentario