La Lucha Heroica (parte cinco)

EL EXILIO EN KOSTROMÁ Y LA LIBERACIÓN FINAL

Por la tarde del domingo 3 de Tamuz de 5687 (1927), tras diecinueve días de encarcelamiento en Spalerno, Rabí losef Itzjak Schneerson, bendita sea su memoria, recibió permiso para regresar a su casa, donde sólo podría permanecer durante seis horas.
Esa misma noche, a las ocho, debía tomar el tren rumbo a Kostromá, sobre el río Volga, una remota ciudad del interior de Rusia, donde permanecería exiliado durante un período de tres años. El Rebe debía llegar a la estación antes de las ocho pues de perder el tren, debería pasar la noche en la cárcel de Sparlarky.

En una de sus cartas (19 de lyar de 5688, 9 de mayo de 1928), el Rebe relata lo siguiente:
Antes de regresar a casa, un funcionario de la GPU me advirtió:
a) Sólo podrás permanecer en tu casa seis horas, y antes de las ocho de la noche debes salir de la ciudad;
b) Si llegas tarde, aunque sea unos minutos, deberás regresar a la cárcel;
c) A las ocho en punto tomarás el tren rumbo a la ciudad de tu exilio, Kostromá;
d) En caso de no hacerlo por tus propios medios te llevaremos por la fuerza;
e) Deberás viajar directamente a Kostromá sin detenerte en ningún punto del recorrido. Tu llegada allí está prevista para mañana a la noche (lunes, 4 de Tamuz);
f) Deberás presentarte inmeditamente ante el jefe de la GPU en la ciudad de Kostromá. Estarás bajo su custodia durante un período de tres años, hasta el 15 de junio de 1930;
g) Deberás firmar este documento, en el que se indica que el 4 de julio de 1927 deberás presentarte ante la GPU de la ciudad de Kostromá”.

El Rebe regresó a su hogar en un momento en el que su familia temía que nunca más volvería a verlo. Entró en su habitación para elevar una plegaría de gratitud a Di-s por haberle salvado la vida. Los jasidím que escucharon la plegaria, que se filtraba a través de la puerta, relataron cuan profundamente conmovidos se sintieron, y que hasta un corazón de piedra se habría ablandado al escuchar esta sentida oración a Di-s.
Todas las habitaciones de la casa se llenaron rápidamente, tanto que era prácticamente imposible moverse. A las siete, el Rebe comenzó a prepararse para salir.

La familia se despidió del Rebe entre las siete y las ocho. Lo acompañaban en su viaje a Kostromá su hija, la Rebetzin Jaia Musía (quien luego fuera la esposa de Rabí Menajem Mendel de Lubavitch, sucesor de Rabí losef Itzjak), así como el jasid Rabí Elie Jáim Althaus, bendita sea su memoria, un fiel confidente del Rebe.

Un numeroso grupo de personas se había congregado en la estación. Muchas de ellas deseaban comprar boletos para poder acompañar al Rebe en el tren, por lo menos durante parte del trayecto, mas la GPU había prohibido su venta.
El Rebe llegó a la estación rodeado de una estrecha vigilancia: miembros de la Policía Secreta “Checka”, la Policía Civil, soldados, y funcionarios del Departamento de Investigación Civil.
Ya en la estación, antes de subir al tren, el Rebe se volvió hacia la multitud allí reunida y pronunció estas alentadoras palabras que irradiaban la luminosa santidad de la eterna Israel:
“Elevamos nuestros labios en plegarla a Di-s: “lehí Hashem Elolkeinu Imanu Caasher Haiá Im Avoteinu. Al laazveinu Val Itsheinu”.
Esta plegaria puede interpretarse como un pedido: “Que Di-s esté junto a nosotros tal como estuvo junto a nuestros antepasados, y que no nos deseche ni nos abandone”. Pero también puede interpretarse como una enérgica afirmación y bendición, en el sentido de que Di-s estará junto a nosotros para sostenernos y ayudarnos, tal como protegió a nuestros antepasados, aunque nuestro mérito no sea comparable al de aquellos, que debieron hacer enormes sacrificios en aras de la Tora y sus Mitzvot. En las palabras de uno de mis venerables antepasados en respuesta a un decreto gubernamental relativo al Rabinato:
“No salimos de la Tierra de Israel por voluntad propia, ni retornaremos a ella por mérito propio. Di-s, nuestro Padre y Rey, nos ha exiliado de nuestra tierra, y nos ha enviado a la Diáspora. El, bendito sea, nos redimirá, y reunirá a los dispersos de los cuatro rincones de la tierra, y nos conducirá de regreso con firmeza y orgullo por medio del Mesías, nuestro justo Redentor. Que esto suceda pronto, en nuestros días. Sin embargo, todas las naciones del mundo deben percatarse del siguiente hecho: sólo nuestros cuerpos fueron enviados a exilio y subyugados a naciones extranjeras; nuestras almas no fueron entregadas en cautiverio al dominio foráneo. Debemos proclamar abiertamente y ante todos, que toda cuestión que afecte a la religión judía, la Tora, sus Mitzvot y sus costumbres, no está sujeta a la coerción de otros. Nadie puede imponernos su fe, ni obligarnos a conducirnos de modo contrario a nuestras creencias. Nuestra solemne y sagrada tarea es exclamar y afirmar con la consagración plena, antigua, resuelta y devota, y con la inmutabilidad del pueblo judío, así como con el profundo valor espiritual judío, resultado del heroico sacrificio de nuestros antepasados en los últimos miles de años: “No toques a Mi ungido, ni procures dañar a Mis profetas” (Salmos 105:15).

Las palabras que acabo de citar fueron pronunciadas por un valiente dirigente jasídico. Mas nosotros carecemos de la medida más ínfima de auténtico coraje y vigor como para protestar ante todo el mundo, a fin de que los perversos actos de unos pocos centenares de judíos jóvenes ignorantes y malvados, que conspiran en contra de la judería y de la fe de nuestro pueblo, sean anulados.
Es bien sabido que la ley nos permite estudiar la Tora y observar las Mitzvot, y únicamente a causa de los esfuerzos de falsos soplones que urdieron acusaciones totalmente infundadas se encarcelan a los judíos religiosos y se los envía a campos de trabajo forzado.

Esta es nuestra plegaria a Di-s: No nos alfides ni nos abandones. Que Di-s nos dé las fuerzas necesarias para que no vacilemos ni cedamos ante el sufrimiento físico. En cambio, permítenos aceptar este dolor con júbilo. Cada medida de angustia que se nos inflinge por apoyar la red educacional de jadarím para el estudio de la Tora y la observancia de las Mitzvot debe incrementar núes tra fortaleza en el robustecimiento del judaismo.
Debemos recordar que el encarcelamiento y los trabajos forzados sólo pertenecen a este mundo físico y son de efímera duración, en tanto que la Tora, las Mitzvot e Israel, son eternos.

Shalom: que Di-s os dé paz. Cuidaos bien, física y espiritual-mente. Espero e imploro a Di-s que estos sufrimientos temporarios evoquen e inspiren en nosotros, con la ayuda de Di-s, renovadas fuerzas en aras del robustecimiento del judaismo eterno. Y que se cumpla en nosotros: “Que Di-s esté junto a nosotros, tal como estuvo junto a nuestros antepasados, y que no nos deseche ni nos abandone”, y que haya luz en los hogares de todo el pueblo judío” (véase Likutéi Diburím, Vol. iy págs. 138L y subsiguientes)
El tren comenzó a moverse. Tras un breve trayecto se detuvo, luego se puso nuevamente en movimiento y viajó sin detenerse durante las siguientes 24 horas hasta llegar a Kostromá. Un jasid de Lubavitch ya había preparado alojamiento para el Rebe en la casa del shojet (matarife ritual) de la ciudad.

El tren llegó tarde por la noche. Según las instrucciones recibidas, el Rebe debía presentarse ante las autoridades locales no bien llegara. Sin embargo, decidió aguardar hasta el día siguiente para hacerlo. El martes, 5 de Tamuz, se presentó ante las autoridades de la GPU de Kostromá.
El administrador de la Checka (policía secreta) local recibió al Rebe en forma hosca y antagónica. Tras completar los distintos formularios, el funcionario anunció:
“Eres un prisionero en exilio. Un delincuente al que se castiga por los delitos cometidos contra el gobierno soviético; se te ordena permanecer en esta ciudad. No podrás cruzar sus límites sin una autorización especial. Si deseas cambiar de alojamiento, debes informar de antemano a la GPU. Y puedes estar seguro de que la policía estará al tanto de todos tus movimientos y de todo lo que ocurra en tu hogar. También tienes la obligación de presentarte todas las semanas ante el funcionario correspondiente de la GPU”.

Kostromá era una ciudad grande donde había pocos judíos, apenas un centenar de ellos, simples e ignorantes. Había un Beit Hatyieset —sinagoga—, y el Rebe se dirigió allí para rezar. A la hora en que recitaba sus plegarias, la sinagoga se llenaba de gente. Muchos eran judíos que no habían cruzado el umbral de una sinagoga durante muchos años. También venían a ver y escuchar las sentidas plegarias del Rebe. ¡Kostromá, la remota ciudad del exilio, de pronto tenía Rebe!

El grupo de Leningrado consagrado al objetivo de rescatar al Rebe decidió continuar desplegando sus esfuerzos hasta lograr su liberación total. Se decidió apelar al Fiscal General soviético en Jefe, Karlinko, a fin de obtener indulgencia para el Rebe. El grupo opinaba que los esfuerzos de la destacada e influyente Madame Peshkova, sumados a las intensas presiones políticas de otros países, ejercerían gran influencia en esta cuestión. Se decidió que Rabí Shmariahu Gourary, yerno del Rebe, viajara a Moscú y conversara sobre esta cuestión con el grupo de rescate establecido allí.

En la reunión del grupo de Moscú se llegó a la conclusión de que antes de reunirse con Madame Peshkova y de apelar al Fiscal General en Jefe, Karlinko, convenía examinar qué posibilidades de éxito tenía semejante empresa. En respuesta a sus indagaciones, se les aconsejó que aguardaran unos seis meses antes de proseguir con tales esfuerzos, por cuanto la GPU resistiría enérgicamente todo intento de obtener amnistía plena tras haber perdido tanto prestigio en relación con esta cuestión hasta ese momento. Se lo consideraría un abierto desafío por parte del grupo religioso, que éste presentase una petición de libertad total apenas una semana después de que el Rebe fuera enviado a exilio, lo que a su vez resultaría humillante para la propia GPU.

Pese a este consejo, el grupo decidió continuar sus actividades. Una vez más se procuró la ayuda de Madame Peshkova, quien prosiguió desplegando esfuerzos en este sentido. Un asistente judío de Madarne Peshkova viajó a Leningrado para entrevistarse con Messing, el jefe de la GPU de Leningrado, para convencerlo de que modificara su posición, y no obstaculizara los esfuerzos en favor de la libertad del Rebe.
No obstante, Messing, que en realidad había sido el responsable del encarcelamiento del Rebe, se negó a escuchar.
“No hay esperanza alguna de reducir la sentencia”, respondió.

Cuando se le pidió que justificara su posición, respondió que se temía un brote de antisemitismo.
“Muchos sacerdotes y clérigos de fe cristiana y musulmana”, expresó, “han sido encarcelados y enviados a exilio, y ninguno de ellos ha sido liberado. Si se pone en libertad al Rebe, se producirá un tumulto y la gente dirá que todo está bajo el control de los judíos”.
Un aspecto irónico de esta posición lo constituía el hecho de que era de conocimiento público que Messing era un virulento antisemita. Messing también amenazó con que, aun si Moscú diera la orden de libertad total, él la revocaría. Si el Rebe regresaba a Leningrado, Messing hallaría una nueva excusa para volver a encarcelarlo. El emisario de Madame Peshkova regresó con esta respuesta negativa.

El grupo de Moscú no se dejó intimidar por la obstinada respuesta de Messing y decidió continuar desplegando esfuerzos hasta lograr la libertad total e incondicional del Rebe. No obstante, era evidente que el retorno del Rebe a Leningrado sería peligroso, en razón del poder absoluto de Messing. Mientras tanto, Madame Peshkova siguió desplegando intensos esfuerzos encaminados a influenciar las más altas esferas de los funcionarios públicos soviéticos, finalmente coronados por el éxito.

El martes 12 de Tamuz (fecha que coincidía con la del nacimiento del Rebe en 5640, 1880), el Rebe se presentó en el cuartel general de la GPU acompañado de Rabí Althaus, en cumplimiento de su presentación semanal obligatoria. El funcionario local de la GPU lo recibió cordialmente y le informó que estaba en libertad.
“Has sido liberado totalmente de la obligación de volver a presentarte. Hemos recibido orden de dejarte en plena libertad, y considero un privilegio personal ser el primero en informarte tu total amnistía”.
Rabí Althaus se emocionó intensamente, su rostro pasó del morado oscuro al blanco más pálido y volvió a amoratarse; el Rebe tuvo que calmarlo y ayudarle a recobrar la compostura.

Era un día feriado en Kostromá y la secretaría de la GPU estaba cerrada; el Rebe no recibió el Certificado de Liberación sino hasta el día siguiente.
La noticia de la liberación del Rebe se extendió con la velocidad de un rayo. Aun antes de regresar a la casa del sho-jeí, la noticia ya se sabía. Al llegar a su casa, el Rebe pudo observar un espectáculo poco corriente y muy conmovedor: el jasid Reb Mijael Dworkin bailaba alrededor de la casa, mientras sostenía en mano una botella de vino y entonaba sentidamente una melodía en ruso: “Nadie existe fuera de Di-s”. El pequeño hijo del shojet bailaba dando volteretas por la habitación y agitaba los pies en el aire con las maños firmemente apoyadas en el suelo.

El 14 de Tamuz, a las nueve de la mañana, el Rebe salió de la ciudad de Kostromá, libre, y el viernes 16 regresó a Leningrado acompañado de dos emisarios especialmente elegidos por la comunidad judía de Kostromá. Habida cuenta del mencionado peligro, sólo se tenía prevista una breve estadía en Leningrado.

El mismo día de su liberación, el 12 de Tamuz, un gran grupo de judíos se había congregado en su casa de Kostromá y el Rebe pronunció el Maamar —discurso jasídico— que comienza con las palabras: “Señor me ayudó…” (Salmos 118:7).
Al día siguiente, tras recibir el Certificado de Liberación, el Rebe pronunció el Maamar “Bendito sea El, que favorece con actos de bondad a quienes no los merecen” ante el gran número de personas nuevamente congregadas en su vivienda. Tras su regreso a Leningrado, el Rebe fue llamado a la Tora (Parshat Pinjas), y recitó la bendición de HaGomél la bendición a Di-s que se pronuncia cuando se es liberado de situaciones peligrosas. En el Kidush posterior al servicio, el Rebe pronunció otro Maamar que comenzó con el mismo versículo que el pronunciado en Kostromá, esta vez detallando y explicando más extensamente los conceptos expresados en el primer discurso. En la comida del Shabat, que se celebró también como seudat hodaá —banquete de gracias que según la ley judía debe realizarse cuando se escapa a un peligro— el Rebe pronunció otro Maamar: “Elevad vuestras manos en santidad…” (Salmos 134:2). (Estos discursos fueron impresos en Riga, Kuntrés 14, 5691 (1931). También en Sefer HaMaamarím, Kuntreisím, Vol. 1, a partir de la pág. 175).

En una carta relacionada con estos acontecimientos, el Rebe escribió:
El gran clamor en la tierra, las plegarias y súplicas mediante el recitado de Tehilím (Salmos) día y noche en centenares de ciudades, la proclama de días de ayuno, fueron escuchados en lo más alto de los Cielos, y Di-s influyó sobre el corazón de los jueces para que moderen el veredicto. Durante los diez primeros días de mi encarcelamiento, los más elevados niveles de gobierno de este país, así como los funcionados más encumbrados de países extranjeros, se enteraron de mi detención. Al parecer, esa influencia del exterior tuvo considerable repercusión sobre los dirigentes de este país en la adopción de su decisión final.

Muchos años después, el 12 de Tamuz de 5705 (1945), el Rebe afirmó:
Estuve encarcelado durante diecinueve días. En ese tipo de situaciones, se está sujeto a la condena de controlar los ojos, sellar los oídos y privarse de hablar. En ese período de mi vida, perdí totalmente el sentido de gratificación que se obtiene de los objetos materiales, no durante un tiempo, sino paro siempre. Entonces dejé por completo de pensar en mí. ¿Qué podía pensar acerca de mí mismo en tanto me veía enfrentado permanentemente con la fragilidad de la vida? Oía los ruegos de los prisioneros que suplicaban por la vida, sólo para ser fusilados diez minutos después. Pensé entonces que la descomposición inicial de una semilla es una necesidad preliminar para que luego pueda florecer y crecer. Jamás me sentí solo; siempre estuve consciente del hecho de que poseía venerados antepasados: mi padre, mi abuelo, mi bisabuelo, y todas las luminosas figuras cuyo valor y mérito perdurarán eternamente. Reflexioné sobre el discurso de mi padre: “Se ciñe las caderas con fuerza” (Proverbios 31:17) que había escuchado treinta y seis años antes, en 5633 (1893).

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