Defender y velar por cada judío

Era día de mercado en el pequeño pueblo de Lubavitch en la Rusia Blanca. Las calles estaban llenas con granjeros y carros. Iosef Itzjak -de once años- retornaba a casa del Jeder (escuela tradicional judía). Por el camino se encontró a Reb David, el carnicero, que se daba prisa al mercado con un ternero encima de su hombro, un pequeño cordero en sus brazos, y una cesta de pollos colgando de su cuello.

La cara de Reb David se iluminó cuando vio a Iosef Itzjak, el único hijo de su Rebe, Rabi Sholom DovBer de Lubavitch. “Espero- con la ayuda Di-s- ganar bien en el mercado hoy” dijo Reb David. Apenas terminadas sus palabras, un policía vino corriendo y golpeó a Reb David en la cara. Iosef Itzjak se enfureció por el vil ataque. “¡Borracho grosero!” gritó al policía, y lo empujó lejos de Reb David con toda su fuerza.
Pero Iosef Itzjak era un muy débil frente al hombre. El policía pidió a uno de sus ayudantes que arrestara al muchachito. Fue empujado bruscamente a través de la muchedumbre del mercado hasta la estación policíaca. Allí, su ‘crimen’ le fue informado; había supuestamente rasgado del uniforme la medalla del policía y le había impedido cumplir con su deber.
El funcionario de la estación miraba al muchacho con desprecio. Abofeteó al muchacho en la cara, y lo llevó de la oreja a una celda oscura.
Iosef Itzjak estaba asustado. ¡Entonces, de repente, pensó: “Estoy en la cárcel como mis grandes y santos abuelos, que fueron encarcelados por defender a los judíos y al Judaísmo! Debo ocuparme del estudio de la Torá como ellos hicieron”. En la oscuridad de la celda empezó a recitar capítulos de Mishná de memoria.
De repente oyó un largo gemido que venía de la esquina. Se obligó a concentrarse en las palabras de Torá.
De nuevo, los gemidos, acompañados por un ruido desesperado, lo asustaron. ¡El terror se apoderó de Iosef Itzjak, hasta que recordó tenía una caja de fósforos con él! Prendió un fósforo, y vio en la esquina de la celda un ternero, con sus piernas atadas y su hocico tapado. Los miedos de Iosef Itzjak se calmaron.
Luego oyó pasos. La puerta se abrió. El funcionario que lo había arrojado a la celda le dijo: “Perdóname, no sabía quién eras. Ten piedad de mí. No le digas al jefe que te pegué y maltraté.”
En la oficina del jefe policíaco, Iosef Itzjak vio a Reb David, el carnicero y un policía. Dos iehudim daban testimonio en nombre del carnicero judío. El policía aseguraba que el ternero de Reb David había sido robado de otro carnicero. Los testigos aseguraban que Reb David había comprado el ternero.
Mientras tanto, el Sr. Silverbrod, representante de la familia del Rebe, llegó con una nota para el jefe policíaco. El comisario leyó la nota y dijo que el muchacho podía retirarse.
Iosef Itzjak le contó al Sr. Silverbrod sobre el ternero que había visto en la cárcel. El Sr. Silverbrod comprendió inmediatamente que éste era el ternero robado.
El jefe policíaco fue informado y averiguó que el ternero de hecho fue sustraído y escondido por el policía que había atacado a Reb David y lo había acusado de hurto.
El padre de Iosef Itzjak- el Rebe Rashab- estaba muy orgulloso de él.
“Hiciste bien en defender a un judío correcto y honrado” le dijo “aun cuando sufriste durante varias horas. Y has comprobado lo bueno de saber partes de Torá de memoria. De hecho, sin ello, ¿Qué diferencia habría entre el ternero que estaba contigo en la cárcel y tu persona?”
Iosef Itzjak, que luego fue el sexto Lubavitcher Rebe, escribió después en su diario: “Las palabras de mi padre se grabaron en mi mente y corazón: Me alentaron para amar, sostener y estimar a cada judío, para defender el honor de un judío incluso cuando sea peligroso; y para siempre almacenar una “provisión” de Torá”.

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