Debemos cuidar el honor de los ángeles

En Rosh Hashaná del año 1889, mi padre, el Rebe Rashab (Rabí Shalom Dovber), me indicó que recitara los Salmos. No estaba conforme con mi lectura…

Como consecuencia de la rapidez adquirida al recitar Mishnaiot de memoria, dejaba de pronunciar muchas sílabas. Entonces mi padre me dijo: “De cada palabra de Torá o de Plegaria que pronuncia un iehudí, se crea un ángel. Existen ángeles “Shalom Aleijem” que se crean de cada “Shalom Aleijem” que se recita cada Shabat por la noche, hay ángeles de Shajarit (Plegaria matutina), hay ángeles de Minjá (Plegaria vespertina), otros que se crean de Arbit (Plegaria de la noche) y los que se crean del Shemá Israel que se recita antes de acostarse a dormir. De cada Tefilá se establece un campamento completo de ángeles, y cada campamento elige un emisario que es enviado aquí abajo para cuidar a la persona donde vaya y se encuentre.

En el orden de la monarquía, el líder cardinal, y primero en categoría es el emperador. Y es el emperador quien manda a todos los hombres del gobierno. Desde el ministro más importante hasta el más simple de sus servidores.
Aquí en nuestro pueblo, Lubavitch, el empleado del zar de más alto rango es el Jefe de la Policía. Pero de quien realmente temen los habitantes del país es del soberano, y el símbolo de la fuerza que tiene el comisario por representar al emperador, son las ropas que usa. Cada uno de los miembros del gobierno luce una insignia entregada por el rey que indica su rango. El de más alta jerarquía lleva una insignia de oro, quien está debajo de él luce un hecha de plata, cobre, bronce, plomo, llegando hasta que el de más baja categoría usará una de paja, pero de todas formas todos ellos la reciben del rey.
Los iehudim son hijos del Rey. Y a cada uno de ellos le envían un emisario para que lo cuide. Algunos son custodiados por emisarios más importantes, otros por menos trascendentales, pero todos son enviados del Rey. Fíjate que incluso ante quienes acompañan a un presidiario, uno debe comportarse con respeto, con mucha más razón ante los emisarios que son enviados para cuidarnos. Cuando se saltea una palabra de la Tefilá, es como si se le diera una bofetada al ángel. Cuando no se pronuncia bien una sílaba, se le está arañando”. Estas palabras me llegaron fuertemente. Fui a mi habitación, no pudiendo contener el llanto. Cuando mi madre vio la situación y siendo yo su único hijo, entró a la habitación de mi padre y le preguntó qué me había dicho para provocar ese sollozo. Mi padre le contestó: “No es grave, las lágrimas penetrarán en lo más íntimo, y permanecerán allí eternamente…”

Extraído de Séfer HaSijot, 5709, pag.

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