Ki Tetzé

10 de Elul de 5770 – 20 de Agosto de 2010

Parashá Ki Tetzé

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Una vez en un farbrenguen (reunión informal de jasidim), Rabi Abraham Zaltzman contó una historia relacionada con sus días en la Ieshivá en el pueblo de Lubavitch. Cuando tenía doce años, era un muchachito salvaje e ingobernable. Le era difícil sentarse y estudiar Torá. Así que él y otros dos muchachos de la Ieshivá con naturalezas similares, recibieron varias tareas especiales para mantenerlos ocupados de manera positiva. Uno de estos trabajos consistía en ordeñar unas cabras en una granja y suministrar la leche a los alumnos. Esto se puso aburrido después de un tiempo y un día, desesperados por acción, lograron que una de las cabras bebiera vodka y la llevaron a la sala de estudio, dónde todos los alumnos se ha-llaban sumergidos en los estudios del Talmud, y la empujaron dentro. La cabra, totalmente abstraída de la santidad del lugar, saltó en las mesas, golpeó a varios rabinos y dejó a su paso libros y papeles esparcidos en todas direcciones. Pasaron horas antes de que los estudios pudiesen restaurarse. Los tres muchachos fueron llamados a la oficina del supervisor de la Ieshivá, Rabi Iosef Itzjak Shneerson (hijo del Rebe, Rabi Shalom Dov Ber, quinto Rebe de Jabad y fundador de la Ieshivá), dónde les ordenaron empacar y dejar la Ieshivá. Sin otra opción, varias horas después estaban esperando en la estación del tren en la ciudad cercana de Rodna. De repente, Abraham dijo: “¡¿Qué estamos haciendo?! ¡No podemos irnos! Tenemos que retornar y suplicar por misericordia” Los otros sólo agitaron sus cabezas en señal de ‘no’. “¡No funcionará! ¿Has visto la mirada del supervisor? No quiere vernos de nuevo” Uno contestó. El otro muchacho dijo: “Ya estábamos por mi-sericordia. No va a recibirnos” Pero Abraham no se rindió y antes de que el tren llegara, convenció a uno de los muchachos a probar otra vez. Caminaron de regreso a Lubavitch. Abraham estaba determinado a no viajar sin dar una batalla. No podían regresar al Supervisor; estaba demasiado enfadado. Y el Rebe, el padre del supervisor, tampoco era el indicado para acercarse. Su única oportunidad era la madre del Rebe, la Rabanit Rivka. Ella era una madre para todos los muchachos de la Ieshivá; cocinaba, cosía y lavaba para ellos y estaba en tiempos de enfermedad y necesidad. Quizá ella podría ayudar. Fueron a su casa, y Abraham vertió su corazón. Su respuesta fue al grano. “No puedo ir contra la decisión de mi nieto; él es el supervisor de la Ieshivá. El único que podría poder hacer eso es mi hijo, el Rebe. Pero no puedo hablar con él sobre esto. Todas las mañanas a las diez, mi hijo, el Rebe, se sienta en este cuarto y bebe una taza de té. Vengan mañana por la mañana y los haré pasar… ustedes tendrán que hablarle” A la mañana Abraham se reportó a la Rabanit Rivka, pero su amigo estaba demasiado asustado y esperó fuera. Ella lo dejó entrar al cuarto dónde el Rebe estaba sentado, y le susurró ‘buena suerte’. Cuando el Rebe lo vio, lo miró fijamente por un momento y le preguntó qué deseaba. “Quiero estudiar en Lubavitch”. Casi estaba llorando. ¡¿Lubavitch?! Sonrió el Rebe y le hizo señas para que se acercase. “¡Pero hay tantas otras Ieshivot buenas! Slavodka, Novardok” y nombró todas las otras academias de Torá, aproximadamente veinte, en el área. “¡Pero yo quiero estudiar en Lubavitch!” El muchacho empezó a gimotear. Cuando el Rebe vio esto, empezó a sonreír y cuando Abraham vio la sonrisa, empezó a sollozar. Esto, a su vez, causó que el Rebe se riera más aun, lo que hizo que Abraham llorara más fuerte. De repente, el Rebe se puso serio y dijo: “Pensaremos acerca del tema… regresa más tarde hoy” Abraham comenzó a retirarse de la habitación, limpiando sus ojos con su manga pero de repente se detuvo, y quedó mirando tímidamente al suelo. “¿Nu? ¿Qué quieres ahora?” El Rebe preguntó. “Tengo un amigo”. Abraham contestó. “Él está esperando fuera” “¿Un amigo? Bien, también pensaremos sobre él”. El Rebe contestó. “Regresa dentro de unas horas.” Rabi Abraham concluyó. “Volvimos después de unas horas. El Rebe nos llevó con su hijo; a la ofi-cina, dijo unas palabras y salió. Rabi Iosef Itzjak nos impuso una multa fuertísima; teníamos que aprender decenas de páginas de Talmud y jasidut de memoria. ¡Pero nos aceptó otra vez! Mi corazón quebrado me permitió entrar a la Ieshivá.” Rabi Mendel Futerfas, un jasid bien conocido que había sido encarcelado muchos años en Siberia, estaba presente en este farbrenguen, y comentó. “Reb Abraham, la razón por la que el Rebe lo aceptó fue porque usted se preocupó por su amigo! ¡Pensó en otro judío! ¡Debido a su Ahavat Israel (amor fraternal hacia otro iehudí) pudo seguir estudiando en Lubavitch!”

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