Vivir y dar a luz

Nacimiento

El libro Baby Catcher — Chronicles of a Modern Midwife1 de la partera de Berkeley Peggy Vincent presenta trescientas veintidós páginas de sorprendentes relatos de partos que encontré difícil de dejar para apagar mis luces de las once de la noche. Pero el parto del libro que realmente se me pegó a la mente fue el primer parto de Vincent, a los diecinueve años, cuando era una estudiante de enfermería en Carolina del Norte. En este alumbramiento, una mujer afroestadounidense de veintidós años llamada Zelda corre de un lado a otro de su cama del hospital llena de sudor durante el nacimiento de su tercer hijo. Le cuenta a Peggy, que está muy horrorizada ante lo que está viendo, de sus dos últimos partos en la casa de su abuela, cómo «caminaba, cantaba y bailaba para que se fueran los dolores». Durante las contracciones Zelda dice a gritos un extático «Ooooh, mi querido Señor, guíame y sácame de estas aguas dificultosas, arriba y entre Tus brazos. ¡Ahhhhh, síooow, oh, oh, Señoooorcito! Sí, sí, sí, sí… y gracias».
Este año, en los servicios de Rosh Hashaná, pensé mucho en Zelda. Pensé en cuan aterrador ha sido este año en muchos aspectos: un año de viudas jóvenes, choques de automóviles y ejércitos árabes que se huelen en todas las fronteras. Para no mencionar los eventos aterradores de rutina que enfrentan las madres: bebés de un año que caen por las escaleras, niños de cinco años a los que les dan puntos en la cabeza y hasta otros de tres años a los que les empastan caries bajo sedación. La vida es aterradora y la maternidad lo es especialmente porque te­nemos muchísima gente a la que amamos muchísimo de quienes preocuparnos.
Pero a pesar de todas las cosas aterradoras que pueden suceder, en Rosh Ha­shaná se nos exige creer, que tengamos fe en que todo lo que acontezca este año venidero es de Hashem, y que sin importar qué suceda, Él nos ama y nos ayudará a superarlo. Pero la cuestión es que durante todo Rosh Hashaná me siento como con ganas de llorar. Me siento tan abrumada por la idea de que mi familia y yo estamos siendo juzgados para el año siguiente que preferiría pasarme todo el tiempo enroscada en posición fetal, teniendo pensamientos existenciales y de duelo. Pero no puedo. En Rosh Hashaná se me exige tener comidas festivas y sentirme alegre.
Y el parto es lo mismo, lo cual es el motivo por el que este Rosh Hashaná estaba pensando tanto en Zelda. Pensaba en cuan aterrador es el alumbramiento, el dolor, la terrible vulnerabilidad de lo desconocido. Pero, como escribe Peggy Vincent, después de participar en miles de partos ha aprendido que las experien­cias positivas del alumbramiento están garantizadas menos por cualquier factor objetivo preexistente que por la habilidad de la mujer de labor de mantener un buen sentido del humor a lo largo del proceso.
Durante el parto, nuestra reacción natural es sentirnos desgraciadas por todo el dolor, gritarle a la enfermera que nos pone nuestro intravenoso, tirarles las pe­lotas de tenis que se supone que usemos para contrarrestar la presión a nuestros pobres maridos llenos de pánico. Pero el estilo judío es ver más allá del dolor, ver que Dios está allí y que está esperando para que acudamos a Él por ayuda. El es­tilo judío es decir: «Dios, he estado esperando toda mi vida para conocer a este bebé. No puedo hacerlo sola. ¡Tienes que ayudarme a salir!». En el modo en que vivimos nuestras vidas, tenemos que aprender del nacimiento, y viceversa. Se su­pone que lo hagamos al estilo de Zelda, no tener miedo, seguir sonriendo, bailar en nuestras camas de un lado a otro hasta que todo termine, y creer. Oh, Señoooorcito.

El libro Baby Catcher — Chronicles of a Modern Midwife1 de la partera de Berkeley Peggy Vincent presenta trescientas veintidós páginas de sorprendentes relatos de partos que encontré difícil de dejar para apagar mis luces de las once de la noche. Pero el parto del libro que realmente se me pegó a la mente fue el primer parto de Vincent, a los diecinueve años, cuando era una estudiante de enfermería en Carolina del Norte. En este alumbramiento, una mujer afroestadounidense de veintidós años llamada Zelda corre de un lado a otro de su cama del hospital llena de sudor durante el nacimiento de su tercer hijo. Le cuenta a Peggy, que está muy horrorizada ante lo que está viendo, de sus dos últimos partos en la casa de su abuela, cómo «caminaba, cantaba y bailaba para que se fueran los dolores». Durante las contracciones Zelda dice a gritos un extático «Ooooh, mi querido Señor, guíame y sácame de estas aguas dificultosas, arriba y entre Tus brazos. ¡Ahhhhh, síooow, oh, oh, Señoooorcito! Sí, sí, sí, sí… y gracias».
Este año, en los servicios de Rosh Hashaná, pensé mucho en Zelda. Pensé en cuan aterrador ha sido este año en muchos aspectos: un año de viudas jóvenes, choques de automóviles y ejércitos árabes que se huelen en todas las fronteras. Para no mencionar los eventos aterradores de rutina que enfrentan las madres: bebés de un año que caen por las escaleras, niños de cinco años a los que les dan puntos en la cabeza y hasta otros de tres años a los que les empastan caries bajo sedación. La vida es aterradora y la maternidad lo es especialmente porque te­nemos muchísima gente a la que amamos muchísimo de quienes preocuparnos.
Pero a pesar de todas las cosas aterradoras que pueden suceder, en Rosh Ha­shaná se nos exige creer, que tengamos fe en que todo lo que acontezca este año venidero es de Hashem, y que sin importar qué suceda, Él nos ama y nos ayudará a superarlo. Pero la cuestión es que durante todo Rosh Hashaná me siento como con ganas de llorar. Me siento tan abrumada por la idea de que mi familia y yo estamos siendo juzgados para el año siguiente que preferiría pasarme todo el tiempo enroscada en posición fetal, teniendo pensamientos existenciales y de duelo. Pero no puedo. En Rosh Hashaná se me exige tener comidas festivas y sentirme alegre.
Y el parto es lo mismo, lo cual es el motivo por el que este Rosh Hashaná estaba pensando tanto en Zelda. Pensaba en cuan aterrador es el alumbramiento, el dolor, la terrible vulnerabilidad de lo desconocido. Pero, como escribe Peggy Vincent, después de participar en miles de partos ha aprendido que las experien­cias positivas del alumbramiento están garantizadas menos por cualquier factor objetivo preexistente que por la habilidad de la mujer de labor de mantener un buen sentido del humor a lo largo del proceso.
Durante el parto, nuestra reacción natural es sentirnos desgraciadas por todo el dolor, gritarle a la enfermera que nos pone nuestro intravenoso, tirarles las pe­lotas de tenis que se supone que usemos para contrarrestar la presión a nuestros pobres maridos llenos de pánico. Pero el estilo judío es ver más allá del dolor, ver que Dios está allí y que está esperando para que acudamos a Él por ayuda. El es­tilo judío es decir: «Dios, he estado esperando toda mi vida para conocer a este bebé. No puedo hacerlo sola. ¡Tienes que ayudarme a salir!». En el modo en que vivimos nuestras vidas, tenemos que aprender del nacimiento, y viceversa. Se su­pone que lo hagamos al estilo de Zelda, no tener miedo, seguir sonriendo, bailar en nuestras camas de un lado a otro hasta que todo termine, y creer. Oh, Señoooorcito.

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