Viajando con ritmo propio

Vered Jaia Ginerman

Mi nombre es Vered Jaia, soy uruguaya, y tuve el mérito de hacer aliá a Eretz Israel en agosto del 2008. Desde ese momento vivo en el corazón de Ierushalaim. Soy estudiante de artes plásticas, educación y jasidut.

Vivir en Jerusalem

Todo puede suceder en un viaje de ómnibus en Jerusalem.
Lo que les cuento a continuación sucedió un jueves, cerca de las seis de la tarde, en el 74. Esta línea viaja por calles céntricas y recoge mucha gente, ya que en su recorrido pasa por la famosa feria “Majané Iehuda” y por la estación central de ómnibus.
Apenas subí al ómnibus escuché a una chica con lentes de sol que le preguntaba a otra:
-¿Cuánto se tarda en llegar a la Estación Central?
-Depende de los embotellamientos- le respondió -pero generalemente le toma una media hora.
El viaje se desarrollaba con tranquilidad, hasta que sin previo aviso nos detuvimos. Delante nuestro una larguísima fila de autos parados interceptaba el paso y la vista.
-¿Qué pasa?- preguntó alarmada una señora de pelo corte de hongo
-¿Por qué paramos?- apoyó su vecina.
-¡Chofer! ¿Qué pasó?
-¿Chofer, por qué no avanzamos?
Aparentemente resignándose a la indifirencia del conductor, comentó en voz demasiado alta al tiempo que escudriñaba por la ventana:
-No veo qué pasa.
-No hay turistas, no entiendo- agregó la de al lado.
-Tampoco veo nada en el cruce con King David.
-Esto no tiene sentido.
-Esto no puede ser.
-¡Hay policías ahí, mirá!
-¡Chofer! ¡Usted debe decirnos qué pasa! ¡Nosotros no vemos nada, usted está más alto!
-Bien dicho.
-Yo estoy más alto- contestó casi pacientemente– pero adelante mío hay un vehículo todavía más alto que no me deja ver nada. Igual de mientras aprovecho para descansar.
-Esto puede tomar una hora- se lamentó alguien.
La señora del pelo corte de hongo volvió a sus andadas:
-¡Siempre lo mismo! Ya pasó tarde por la parada, encima levantó demasiada gente, y claro, ahora…
-¡No es culpa del chofer, señora!- Interrumpió un señor que estaba tomado del pasamanos –ni tampoco es cuestión de hechar culpas.
Alguien más dijo:
-Ellos trabajan con horarios, no tienen nada que ver.
Pasaron tres minutos hasta que una chica gritó:
-Chofer, ¿puede abrir la puerta trasera?
Personas empezaron a bajar por las diferentes puertas. El chofer se paró y dirigiéndose a la señora del corte extraño dijo sonriendo:
-Mire señora. Estoy yendo a ver qué pasa.
-No es gracioso- dijo, aunque afortunadamente el chofer no la oyó pues ya había bajado.
-El no se rió- defendió el señor que se tomaba del pasamanos.
-Sí, mirá- dijo la señora de al lado mirando por la ventana.
-Y mejor reirse, ¿no? Mejor que llorar- saltó la muchacha del asiento de enfrente.
La gente seguía bajándose del ómnibus parado. De pronto subió bruscamente un hombre de camiseta blanca.
-¿Qué pasa ahí afuera?- aprovechó alguien a preguntarle.
-Un balagán- fue toda su respuesta, y tomó asiento rápidamente.
-¡¿Pero qué pasó?!- insistió alguien.
La señora de pelo de hongo seguía investigando por la ventana:
-Hay policías ahí, cortando el paso.
-Uf, yo tengo que llegar a mi casa- dijo la chica de lentes de sol.
Alguien más subió y comunicó la situación:
-Un objeto sospechoso.
-¡Ah! Claro…
-Esto puede tomar un minuto o una hora.
-¡Uf! Ya le dije que estaba llegando…- exclamó una chica angustiosamente.
La chica de lentes de sol se dirigió a ella:
-¿Vos también tenes que ir a la estación central, no? Podemos tomar un taxi juntas- agregó mirando a la muchacha de enfrente.
-Perdón pero yo no me sumo. No tengo plata- contestó.
-Igual los taxis tampoco pueden avanzar acá- puntualizó la muchacha de enfrente.
-No, pero caminamos y lo agarramos en otra calle.
-Si no también se puede ir a tomar otro ómnibus.
-¿Ah, y a dónde?
-A Iafo.
-Ah, ¿y es lejos?
-No es lejos- interrumpió la señora de al lado –y me parece que es lo que voy a hacer yo.
-Y sí, porque tengo que llegar a tiempo- agregó la muchacha de los lentes de sol.
-Y… es caminar un poco- la muchacha de enfrente se acomodó en su asiento.
Al irse la muchacha de lentes de sol y la señora de al lado, la muchacha de enfrente le preguntó a la otra chica:
-¿Voy a Iafo? ¿Vos vas?
-No se… no es cerca…
-No…- asintió ella -¿Querés galletitas?
-¿Cuales?
-Petit Beurre de chocolate.
-¡Ah sí! Pero no son galletitas, son biscuits.
-Ah sí. ¿Usted quiere?- le preguntó a la señora del pelo de hongo.
-No gracias- dijo con una sonrisa, y volvió a mirar por la ventana.
Unos minutos más tarde rompiendo el momentáneo silencio, subió alegremente una señora y exclamó:
-¿Usted me acepta? ¡Yo me subo!
-No grite señora, no grite- dijo alguien desde atrás.
-Y sí, grito. ¿Qué quiere, que llore?
-¡No grite!
-¡Yo me subo, a mí me dijo que puedo subirme gratis!- anunció.
Un poco después, para alivio de todos los que quedaban y los que se habían subido, el ómnibus volvió a ponerse en marcha. El objeto sospechoso resultó ser una valija olvidada de algún turista distraído.
-¿Cuándo nos van a poner ómnibus de los nuevos?- increpó alguien al conductor.
-¡¿Omnibus nuevos?!- preguntó una señora mayor -¿Y qué te importa? Lo que importa es llegar a casa. Por mí que me lleven en una carreta.
-¡Una carreta!- un hombre más atrás soltó una sonora carcajada.
-¿Con o sin caballos?- preguntó en voz alta la señora que se había subido antes.
-Me da igual.
Estos últimos comentarios lograron más de una sonrisa, y dieron sensación de alivio al stress previo. Por un rato había sido como formar parte de una extraña familia. Todos intervenían en los comentarios de los demás, y a su manera, intentaban ayudarse los unos a los otros.
Para muchos de nosotros la travesía halló su fín en la estación central de ómnibus. Las calles céntricas de Jerusalem nos recibieron con su característico excesivo movimiento, esta vez marcado, como si fuéramos parte de una gran coreografía,  por el alegre ritmo de un acordeón del que surgía una bellísima música jasídica.

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