Una experiencia como pocas

Vered Jaia Ginerman

Mi nombre es Vered Jaia, soy uruguaya, y tuve el mérito de hacer aliá a Eretz Israel en agosto del 2008. Desde ese momento vivo en el corazón de Ierushalaim. Soy estudiante de artes plásticas, educación y jasidut.

Vivir en Jerusalem

Conversaba  con una conocida, y al comentarle sobre el artículo que tenía que escribir sobre Sucot en Jerusalem, me interrumpió y me dijo: -Tengo una anécdota personal que contarte- Fue una historia muy especial, y con su permiso, decidí contárselas.
Hace unos veintidós años, Lea, una muchacha joven, había ido con su novio al Kotel. Ambos eran turistas de Sudamérica, y se encotraban pasando una temporada juntos en Israel. El Kotel estaba repleto de gente. No era de extrañar, ya que llegaron justo a la hora de los rezos de la primera noche de Sucot. Muy poco era lo que ellos sabían rezar, así que se dedicaron mayormente a observar. A su alrededor, miles de personas elevaban sus plegarias al Creador, algunos con cantos y exclamaciones, y otros en silencio. Era posible apreciar todo tipo de vestimentas, desde jasidim con shtreimel (sombrero jasídico) hasta turistas con camisas floreadas. Los cantos se entremezclaban, y la brisa parecía elevarlos a lo alto.
Todo este espectáculo se apropió completamente de la atención de Lea, al punto que no escuchó cuando su novio la llamó a unos pocos metros de distancia. Solo cuando se le acercó y vio su cara animada supo que tenía algo que decirle. –Hay una señora que parece que vive acá en la Ciudad Vieja que está invitando a todas las personas del Kotel que quieran ir a comer a su Sucá- dijo de tirón. La muchacha no comprendió lo que quería decirle. Pero se vio de pronto rodeada de una masa de gente que caminaba toda en una misma dirección, hacia la salida del Kotel.
Caminaron durante un largo rato. Atravesaron angostas callejuelas y anchos patios, subieron y bajaron escaleras. Lea no entendía muy bien qué estaba haciendo ahí con toda esa gente, ni por qué alguien los habría invitado a su casa sin conocerlos. Al intercambiar una mirada de incertidumbre con su novio se sintió mejor. Después de todo ya estaban de camino, y no tenían ningún plan mejor.
Finalmente llegaron, y todas las personas tomaron asiento en largas mesas de caballete amanteladas y listas para una cena festiva, bajo el techo de una sucá enorme. A su alrededor decenas de personas se acomodaban y comenzaban conversaciones con sus vecinos de mesa. Había jóvenes y ancianos, personas de bajos recursos y turistas, religiosos y no religiosos. Se escuchaban diferentes idiomas y acentos. Pronto descubrieron que en general, nadie conocía a nadie, y todos habían llegado por la invitación de la dueña de casa que, aparentemente, había invitado en el Kotel a “todo quien no tenga una sucá donde comer”.
Durante la cena disfrutaron de la deliciosa comida en honor a la fiesta, y de la grata compañía de todos los invitados. En cada mesa había alguno que sabía recitar las bendiciones apropiadas, y hacía partícipes a sus compañeros también de alegres cantos alusivos. El fresco aire de Jerusalem supo aportar al agradable ambiente su encanto. A través de las hojas que formaban el techo de la sucá, resplandecían la luna llena y las estrellas.
El emocionante acontecimiento terminó, y quedó grabado en la memoria de Lea. Había conocido de cerca la grandeza del precepto de Ajnasat Orjim (recibir invitados), estando rodeada de gente desonocida entre sí pero fuertemente unida. Y por primera vez en su vida, había cenado en una sucá…y nada menos que en Ierushalaim.

Conversaba  con una conocida, y al comentarle sobre el artículo que tenía que escribir sobre Sucot en Jerusalem, me interrumpió y me dijo: -Tengo una anécdota personal que contarte- Fue una historia muy especial, y con su permiso, decidí contárselas.
Hace unos veintidós años, Lea, una muchacha joven, había ido con su novio al Kotel. Ambos eran turistas de Sudamérica, y se encotraban pasando una temporada juntos en Israel. El Kotel estaba repleto de gente. No era de extrañar, ya que llegaron justo a la hora de los rezos de la primera noche de Sucot. Muy poco era lo que ellos sabían rezar, así que se dedicaron mayormente a observar. A su alrededor, miles de personas elevaban sus plegarias al Creador, algunos con cantos y exclamaciones, y otros en silencio. Era posible apreciar todo tipo de vestimentas, desde jasidim con shtreimel (sombrero jasídico) hasta turistas con camisas floreadas. Los cantos se entremezclaban, y la brisa parecía elevarlos a lo alto.
Todo este espectáculo se apropió completamente de la atención de Lea, al punto que no escuchó cuando su novio la llamó a unos pocos metros de distancia. Solo cuando se le acercó y vio su cara animada supo que tenía algo que decirle. –Hay una señora que parece que vive acá en la Ciudad Vieja que está invitando a todas las personas del Kotel que quieran ir a comer a su Sucá- dijo de tirón. La muchacha no comprendió lo que quería decirle. Pero se vio de pronto rodeada de una masa de gente que caminaba toda en una misma dirección, hacia la salida del Kotel.
Caminaron durante un largo rato. Atravesaron angostas callejuelas y anchos patios, subieron y bajaron escaleras. Lea no entendía muy bien qué estaba haciendo ahí con toda esa gente, ni por qué alguien los habría invitado a su casa sin conocerlos. Al intercambiar una mirada de incertidumbre con su novio se sintió mejor. Después de todo ya estaban de camino, y no tenían ningún plan mejor.
Finalmente llegaron, y todas las personas tomaron asiento en largas mesas de caballete amanteladas y listas para una cena festiva, bajo el techo de una sucá enorme. A su alrededor decenas de personas se acomodaban y comenzaban conversaciones con sus vecinos de mesa. Había jóvenes y ancianos, personas de bajos recursos y turistas, religiosos y no religiosos. Se escuchaban diferentes idiomas y acentos. Pronto descubrieron que en general, nadie conocía a nadie, y todos habían llegado por la invitación de la dueña de casa que, aparentemente, había invitado en el Kotel a “todo quien no tenga una sucá donde comer”.
Durante la cena disfrutaron de la deliciosa comida en honor a la fiesta, y de la grata compañía de todos los invitados. En cada mesa había alguno que sabía recitar las bendiciones apropiadas, y hacía partícipes a sus compañeros también de alegres cantos alusivos. El fresco aire de Jerusalem supo aportar al agradable ambiente su encanto. A través de las hojas que formaban el techo de la sucá, resplandecían la luna llena y las estrellas.
El emocionante acontecimiento terminó, y quedó grabado en la memoria de Lea. Había conocido de cerca la grandeza del precepto de Ajnasat Orjim (recibir invitados), estando rodeada de gente desonocida entre sí pero fuertemente unida. Y por primera vez en su vida, había cenado en una sucá…y nada menos que en Ierushalaim.

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