Resolviendo que necesitamos para ser felices

Hace varios años asistí a una clase que me cambió la vida. El rabino contó la historia de una madre de doce hijos que dirigía su hogar con mucha eficiencia y estaba generalmente de buen humor. Cuando este rabino le preguntó cómo se las arreglaba para verse de tan buen ánimo considerando todas las responsabilidades que tenía, ella le explicó que hacía muchos años había resuelto que si fuera la madre de un hogar monoparental, tendría que hacer cualquier cosa que fuera necesaria para poder llevarlo todo a cabo. Y este cambio de actitud, resolver que ella era la única responsable tanto de su hogar como de su propia felicidad, le cambió la vida. Se sentó para resolver qué era lo que necesitaba hacer a fin de ser tanto efectiva como feliz en su vida como madre, y lo hizo.

Después de escuchar esta historia, hice una lista de lo que yo misma necesitaba para poder criar a mis hijas, administrar mi hogar y ser aun así una persona feliz, Puse por escrito que necesitaba de una mucama una vez a la semana, necesitaba pasar dos horas en la biblioteca todos los jueves leyendo la porción de la Tora y necesitaba dejar de cocinar las cenas de los días de semana (qué alivio darse cuenta a los treinta años que el contenido nutricional de la comida no está determinado por su temperatura).

Aunque estos requerimientos para la felicidad han evolucionado con el correr de los años, asumir la responsabilidad de mi propio hogar y estado emocional han mejorado formidablemente mi experiencia como madre. En un nivel menor, en momentos estresantes como el día previo al comienzo de la escuela o la mañana antes de Rosh Hashaná, encuentro útil tomarme un minuto para hacer un chequeo de felicidad. Usualmente me doy cuenta de que lo que necesito para dejar Je sentirme como una mártir es sencillo: necesito tomarme una siesta de quince minutos, necesito comprar una torta de miel para la festividad en lugar de hacerla yo misma, necesito poner a la beba en el cochecito y dar una caminata por el mercado para recibir algo de aire fresco y comprar algunos pimientos verdes.

Todas hemos oido la plegaria: “Dios, concédeme la serenidad para aceptarlo que no puedo cambiar, el coraje para cambiar lo que puedo cambiar y la sabiduría! para conocer la diferencia”. Aunque esta oración sea especialmente popular entre los alcohólicos en recuperación, es también una plegaria extremadamente importante para madres como tú y yo. Hay aspectos de la maternidad que son indiscutible mente duros y que tendremos que aprender a aceptar de uno u ofl modo, pero hay muchos otros aspectos difíciles y agotadores que sí podemos! cambiar pero a menudo dejamos de hacerlo.
El mayor obsequio que les podemos dar a nuestras familias (y a nosotras mismas) es una madre que sea próspera física, espiritual y emocionalmente. Los ensayos de este capítulo describen momentos difíciles: ser criticada, sentirse deprimida, exhausta y frustrada… y también sugiere algunas maneras para sacarnos a nosotras mismas y a nuestras familias de la oscuridad.

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