Ruta 66
Jana Segal
Nací y me críe en Uruguay, estudié en escuelas de Jabad, y escuelas hebreas de mi país. A los 17 años, me mudé a Bs As con mi familia y cursé mi último año de la secundaria en la escuela de Jabad. Viajé a Tzfat, Israel y estudié un año y medio con chicas de todo el mundo, aprendiendo y adquiriendo diferentes experiencias y conviviendo con “mentalidades distintas”. Por sobre todo, crecí como persona.
Y yo... ¿dónde me meto?
Hace unos años, tuve la oportunidad de viajar a Los Ángeles con mi hermana durante un par de meses, en las vacaciones. Allí se encontraban en pleno año lectivo, y asistimos a una escuela de Jabad en el turno de estudios judaicos.
¿Cómo fue que llegamos a Los Ángeles? Pues bien, una pareja de Shlujim, Itche y Dini, amigos nuestros, nos invitaron, y los padres de Dini nos acogieron en su hogar, en pleno centro de Los Ángeles.
Un buen día, Itche recibió un e-mail de una promoción imperdible en un hotel 4 estrellas en San Diego (a unas 3 horas en auto de LA). Emocionado, nos propone la idea de ir a pasar unos días a San Diego. Por supuesto que aceptamos, y comenzamos a prepararnos para la gran aventura.
Decidimos ir a mitad de semana, con el fin de poder volver para Shabat. Pero hete aquí, que recibimos una invitación para ese Shabat posterior a nuestro viaje, en Santa Bárbara, a unas 3 horas en coche desde la ciudad de LA hacia el norte, mientras que San Diego se encuentra a unas 3 horas en coche desde la ciudad de LA hacia el sur, lo que nos da un total de: 6 horas aproximadas en coche desde San Diego hasta Santa Bárbara.
Y nuestro espíritu aventurero no nos abandonó: decidimos aceptar la invitación y salir de San Diego viernes bien temprano por la mañana para poder llegar a Santa Bárbara antes de Shabat.
Cabe destacar nuevamente que en el Hemisferio Norte era invierno: Shabat comenzaba alrededor de las 17.30.
Dicho y hecho, viajamos a San Diego en coche. Éramos Itche, Dini, mi hermana, los dos pequeños de la pareja, y yo. Llevamos bastantes provisiones. Teníamos compota de manzanas, panes, fiambres, una parrilla móvil hecha de bandeja de aluminio descartable y una bolsa con carbón de u$s 2, y algo de carne para el asado.
Ese viernes, nos levantamos bien temprano, con el fin de aprontarnos lo más rápido posible y poder salir hacia Santa Bárbara con un margen de tiempo prudente. Pero, obviamente, entre una cosa y otra, todo comenzó a atrasarse. Que el bebé llora, que faltan las mamaderas, que uno se durmió, que la nena se ensució, que no encontramos los zapatos, etc. etc.
Prendimos la música, y todo iba bien. Hasta que comenzamos a llegar a la ciudad de LA. (O sea, viajamos 3 horas, faltaban otras 3 más). De a poco, comenzamos a ir más lento. Más lento y más lento. Una cantidad de autos impresionante llenaban las autopistas. “Igual estamos perfectos con el tiempo” (De vuelta, el “We gonna make it”), decía Itche. “Yo no lo creo tanto”, le respondía Dini. “Shabat empieza 17.30, ya son cerca de las 2 de la tarde, lo mejor quizá sea volver a LA y pasar Shabat en casa”, sugirió.
El auto iba a unos 20 Km/h, pero si Itche decía que llegábamos, entonces llegábamos. En eso, el cielo comenzó a cubrirse. Grandes nubarrones grises taparon la luz solar, y de pronto nos encontramos en medio de una oscuridad grisácea, esa que anuncia claramente: “Se larga”. Y se largó. Una gran lluvia. Y nosotros, en medio del tráfico, y de la lluvia, y a pocas horas de Shabat.
El tráfico seguía denso como puré de papas, y la lluvia había comenzado a amainar. “I am not so sure we gonna make it”, dijo Itche. O sea: “No creo que lleguemos”.
Genial.
Comenzamos a ver los hoteles que aparecían por la autopista. Esos Holiday Inn, que a nadie se le ocurre mucho veranear allí.
En eso, Itche vio un cartel. “Aquí cerca hay un emisario del Rebe amigo mío. Lo voy a llamar para avisarle que estamos atascados, y que no tenemos dónde pasar Shabat”. Y diciendo eso, tomó su celular y llamó.
El rabino le fue indicando a Itche cómo llegar. Nos desviamos hacia una estación de servicio para poder salir un poco del coche y respirar.
La hora: 17:00.
Luego de unas breves indicaciones, y unas grandes bocanadas de aire, volvimos a entrar al auto. Itche le comentó al Shliaj, como de paso: “Mirá que somos cuatro adultos y dos bebés”.
Así fue, que a las 17:23 cruzamos el umbral de la casa del Shliaj en aquél pueblo perdido en medio de la nada, arriba de una colina.
Nos tiró unas toallas de prisa, y corrimos a bañarnos.
Su esposa, estaba de viaje. Él, con dos pequeños, había quedado a cargo del hogar, y de su tarea como Shliaj. En el freezer y en la heladera tenía mucha comida que su mujer había preparado para Shabat. Y en su casa: créanlo o no: 4 camas vacías y una cuna para un bebé Libres!
Al prender las velas, alguien preguntó si las mujeres querían ir a la sinagoga. Después de vivir un día realmente de locos, ¿Cómo no iba a ir a ver la sinagoga del pueblito? Así que mi hermana y yo fuimos.
La gran sinagoga, era un local. Pero Minián había, y también dos o tres mujeres. Y una mesa con sillas para el Kidush de los sábados a la mañana.
No sé cuál es la parte más increíble:
Que el Shliaj haya “preparado” todo para nosotros, como si nos hubiese estado esperando. Que hayamos podido encontrar un lugar para Shabat que no fuera un Holiday Inn…o que ¡No hayamos dado media vuelta y vuelto a la ciudad a pasar Shabat en la casa, en vez de seguir insistiendo en llegar a Santa Bárbara!





















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