Los tapones

Jana Segal

Nací y me críe en Uruguay, estudié en escuelas de Jabad, y escuelas hebreas de mi país. A los 17 años, me mudé a Bs As con mi familia y cursé mi último año de la secundaria en la escuela de Jabad. Viajé a Tzfat, Israel y estudié un año y medio con chicas de todo el mundo, aprendiendo y adquiriendo diferentes experiencias y conviviendo con “mentalidades distintas”. Por sobre todo, crecí como persona.

Y yo... ¿dónde me meto?

¿Vieron esos momentos en los que uno no sabe si hacer “descarga emocional”, o tragarse todo? Eso de: ¿Le digo, o no le digo? O, hay quienes lo elaboran más. ¿Si le digo, entonces…? O ¿Si no le digo, entonces…?
Todos nos encontramos en esas situaciones por lo menos unas cuantas veces al día.
Algo que en lo personal no puedo aguantar, es dormir con ruido. No sólo que me es imposible conciliar el sueño, sino que además empiezo a hacerme toda la película de mis posibles acciones a tomar, ya sea, “darle con un palo” a la persona generadora del estorbo, mudarme de cuarto, ponerme el iPod y tratar de abstraerme…en fin, en esos momentos de desesperación uno puede llegar a encontrar las más recónditas soluciones. Hasta a veces, he llegado a pensar en dormir en la bañadera.
Estando en el seminario de estudios terciarios, e intentando convivir con 6 chicas completamente diferentes a mí, ya sea en idioma, lugar de proveniencia, edad…una cosa tan simple como ser, un poco de silencio luego de medianoche era como pedir lo imposible. Y no servía eso de ir y pedir que bajaran el tono de la voz.
- ¿Podrían hablar un poco más bajo que intento dormir? ¡Son las 2 de la mañana!
– ¡Lo siento! ¡Discúlpanos! no nos dimos cuenta que era tan tarde.
Y dos minutos más tarde, otra vez estallaba la bomba con la misma potencia que antes.
Un día intenté mandando mensajes de texto (estando a 3 metros de distancia)
“Por favor, cállense que no puedo dormir” (Enviado a las 03:25 a.m)
Esa táctica en realidad había funcionado.
Pero yo pensaba “no es la idea”. O sea, hay algo que se llama “Respeto”. Si uno duerme, el otro automáticamente baja el volumen de su voz. O no habla. Pero eso de estar a los gritos pelados en el cuarto de al lado…ya no.
Fue así, que tomé la brillante resolución de: Comprarme tapones para los oídos.
Lo primero que hice fue entrar a una farmacia:
- Quiero los mejores tapones que tenga, de esos que no dejen escuchar nada de nada.
– Sí, son 60 shekel ($60 aprox.), a prueba de sonido, excelente calidad.
Bueno, vuelvo más tarde.
“¿60 shekel un par de tapones? ¿Qué hago?”. Decidí intentar una vez más.
Al otro día, volví a la farmacia, y pedí por unos tapones un poco más económicos.
Terminé comprando 5 pares a 5 shekel cada uno.
Al fin llegó la noche. Y como Murphy es tan buen amigo mío y me acompaña a todas partes, me dijo lo siguiente: “Cuando te compres los tapones, van a dejar de hacer ruido”. Grande Murphy, la tenía clara.
Esa noche, todo el apartamento decidió irse a dormir temprano.
Y también la noche siguiente.
Uno a veces piensa que lo correcto una vez expresado, debería causar la reacción debida en la gente. Aunque yo no excusaría un comportamiento por el hecho de ser todos distintos, es cierto que cada uno es un mundo y tiene su forma de ver las cosas, por lo tanto, no está en mí imponerle al otro qué es lo que debe hacer. Sino, tomar la iniciativa y buscar una solución práctica.
Cuando el Pueblo Judío se encontraba entre el Mar y la Espada, se formaron cuatro grupos. El que decía que lo correcto era rezar. El que decía que había que luchar contra los egipcios que se aproximaban. El tercero, que opinaba que no había solución más que tirarse al mar. Y el último que creía que debían volver a la esclavitud.
Pero había una persona, Najshon ben (hijo de) Aminadav, que resolvió buscar una solución práctica. Avanzó hasta que el agua le llegó a las narices, provocando así, la partición del mar.
No sé si fue Murphy el que lo dijo, o mi iniciativa la que causó el silencio.
Yo los tapones los seguí usando.
Just do it!

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