Los 1001 celulares

Jana Segal

Nací y me críe en Uruguay, estudié en escuelas de Jabad, y escuelas hebreas de mi país. A los 17 años, me mudé a Bs As con mi familia y cursé mi último año de la secundaria en la escuela de Jabad. Viajé a Tzfat, Israel y estudié un año y medio con chicas de todo el mundo, aprendiendo y adquiriendo diferentes experiencias y conviviendo con “mentalidades distintas”. Por sobre todo, crecí como persona.

Y yo... ¿dónde me meto?

Hace un tiempo estuve en Uruguay con mi esposo. Una noche, bajamos a la rambla a hacer una caminata. En eso, mi esposo me pregunta: “¿corremos una carrera?” Y corrimos un rato. Luego, exhaustos, nos sentamos en un banquito a tomar algo. De repente, me fijo en mi bolsillo…y mi celular no estaba. Buscamos y buscamos, y no lo pudimos encontrar. Mi celular tiene la peculiaridad, que en la parte de atrás hay pegada una foto de una amiga mía. Lo di por perdido, desvanecido en el aire. Además que tenía tarjeta SIM Argentina.

Volvimos al hotel, y mi marido, el optimista de la casa me dijo: “Vas a ver cómo lo encontramos, te lo van a devolver”. “Imposible”, pensaba yo. Por supuesto, pusimosTzedaká en mérito a Rabí Meir Baal Hanes.

Al otro día, llama mi papá por teléfono: “Alguien llamó para informar que encontraron tu celular, llamá a tal y tal número”. No podía creerlo.

Por supuesto que sin perder un instante, llamé y me presenté como “la chica que perdió un celular en la rambla”. Era un señor, que según la voz parecía entrado en años. Me pidió una referencia del celular, para asegurarse que yo era la dueña legítima del mismo. Le dije que en la parte de atrás había una foto de una chica. “Ah, eso es”. Me dijo, “Yo trabajo en el BROU (Banco de la República Oriental del Uruguay), si podés pasar, yo bajo y te lo devuelvo”.

Nos tomamos un taxi, y efectivamente, un hombre bajó con mi celular en la mano.

Siendo que hace poco nos habíamos casado, le dimos un CD que yo hice de música, souvenir del casamiento, como muestra de agradecimiento, ya que el hombre no aceptaba de ninguna manera ningún otro tipo de “regalo”.

Un par de semanas más tarde, una vez en Argentina, llama mi cuñada por teléfono a casa y nos cuenta que encontró en un taxi un celular uruguayo. Yo, toda emocionada porque íbamos a tener la oportunidad de devolver un celular, y además a un compatriota mío, llamamos por teléfono al contacto llamado “papá”. Nos atiende un hombre, y mi esposo se presentó como el “hermano de una chica que encontró el celular en un taxi de Buenos Aires”. El hombre estaba eufórico de alegría. Comenzó a agradecerle, y nos dijo que coordinaría con alguien de Buenos Aires para ir a pasarlo a buscar. Mi esposo le contó que yo era uruguaya, y que quería hablar con él (?!¿!). Hablé y le conté que yo también había perdido un celular y que lo entendía plenamente.

Le dijimos que probablemente teníamos a alguien que viajaba a Uruguay y que podríamos mandárselo con él.

Al final, no viajó nadie a Uruguay, y la persona que supuestamente tenía que pasar a buscarlo, tampoco vino.

Semanas más tarde, los que viajamos a Uruguay fuimos nosotros… por supuesto que nos llevamos el celular para devolverlo, sin decirle nada al señor ya que queríamos sorprenderlo.

Llegamos al aeropuerto, y estamos pasando por Aduana cuando un funcionario nos para. “¿Podrían esperarme aquí unos momentos?” Nos preguntó. No entendíamos nada. “Sí”, dijimos inseguros.

“Vengan por acá”, nos dijo, llevándonos a un cuarto. “Miren, hace unos días encontramos esto en el piso, está todo en hebreo, y me parece que ustedes me podrían ayudar”. ¿Y qué era ese “esto”? Sí… ¡Un celular! Muy fuerte. “¿Para qué quiero guardar algo que no me pertenece? siguió diciendo el funcionario. “¿Firmarían en un cuaderno que ustedes lo retiraron? Quizá lo puedan devolver”. Aceptamos, con la condición de que especifique que nosotros no éramos los dueños del celular.

Salimos. Ahora teníamos dos celulares.

Lo primero que hicimos fue dirigirnos a la empresa del hombre, ya que por teléfono nos había brindado esa información. Y lo llamamos por teléfono. Luego de presentarnos, le dijimos “Estamos en la puerta de su empresa”. El hombre no daba crédito a sus oídos. Nos guió hasta la puerta, bajó a recibirnos, nos mostró su empresa, y nos agradeció enormemente.

Bueno, con el tercer celular no tuvimos la misma suerte. No pudimos encontrar ningún número que nos pudiera ayudar a localizar a su dueño. Según la Halajá, ese celular no puede ser utilizado de ninguna manera, así que permanece guardado en un cajón hasta hoy en día.

De esta historia, yo saqué las siguientes conclusiones, a ver qué les parece.

La primera: La importancia de hacerle un bien al otro. Un pequeño acto de bondad, le alegra el día a otra persona, y además lo hace sentirse a uno bien. A veces parecen cosas nimias, o a veces uno cree que no hace falta hacerlas, pensamos que son innecesarias. Pero no sabemos hasta qué punto podemos afectar la vida del otro para bien.

Eso además crea un lazo entre las personas, una nueva comunicación que antes no existía.

La segunda, tiene que ver con la primera y abarca dos temas.
El cómo cuando uno recibe, se le presenta luego la oportunidad de dar, y viceversa. Y de acá vemos que no precisamos estar enlazados familiarmente para sentirnos conectados, sino que con un pequeño acto, podemos crear una conexión con la otra persona.

¡Buena semana!

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