La prueba de fuego

Historias personales

Mis amigos saben de mi “cambio de bando” al kashrut. No se hacen ningún problema, aunque miran con cierto resquemor. Nunca falta el chiste al mejor estilo “¿cómo, vos no te pedís una hamburguesa con queso?”, pero siempre lo hacen con buenas intenciones, apelando al sentido del humor. Como solemos hacer, nos juntamos una noche en la casa de uno de ellos a tomar unas copas. Ya desde que me había subido al colectivo una idea retumbaba en mi cabeza: tengo que convencerlos de que comer comida kosher no implica convertirse en rabino ni mucho menos.
Hay millones de personas que llevan una vida absolutamente normal pero que, a la hora de alimentarse, siguen éste tipo de dieta. Es más: muchas veces, si no fueran ellos mismos los que lo aclaran, el hecho de que comen comida supervisada pasaría totalmente inadvertido.
Mis amigos seguían entre risas, charlando no sé de qué cosa, pero yo tenía este tema retumbándome en la cabeza. Así que me decidí y lancé el desafío: “Saben qué, ¿por qué no se vienen la semana que viene a casa? Tengo ganas de hacer un asado”.
Me miraron incrédulos. Supongo que pensaban que mi nueva dieta consistía sólo de knishes, lajmayin y demás platos típicamente judíos. Lamentablemente, el grueso de la gente ignora que “comida kosher” no es igual a “comida tradicional judía”. Una milanesa con papas fritas, siempre que el corte haya sido supervisado, tranquilamente puede ser kosher.
Entre risas aceptaron, como diciendo “a ver si te salen los latkes a las brasas”. Habían dado el sí. Ahora la pelota estaba de mi lado.
Lo primero que sentí al llegar a mi casa fue temor. ¿En qué habré estado pensando? Pero decidí que no sólo sería un desafío para ellos, sino uno para mí también.
El viaje a la carnicería me sorprendió, porque no sabía que existían chinchulines o salchichas parrilleras.
Más o menos planifiqué la cuestión: Arrancaríamos con chinchulines, unas mollejas (muy dosificadas, porque son carísimas), chorizos y salchichas parrilleras. Además, papas y cebollas al plomo.
Después, tira de asado y entraña. Había ojo de bife, pero la verdad es que el precio era de un ojo de la cara (Lo dejo para algún asado que organice mi viejo…). Ensaladas varias, chimichurri y criolla.
Una vez que pasé en limpio el menú me di cuenta de que realmente podía salir bien y ni notarían la diferencia.
Finalmente llegó el día esperado: a las 12.00 me puse a hacer el fuego y ya 12.15 empezaron a venir los muchachos. Hicieron los chistes típicos que ya me había imaginado que harían, pero la primera sorpresa llegó en cuanto saqué una bandeja con choripanes: pensaban que era yo el que los estaba cargando. Seguimos con las salchichitas, chinchulines y etcéteras. No voy a negar que uno advirtió que la entraña era “un poco más salada” que la taref y que hubo otro que hizo el previsible chiste de la falta de provoleta, pero nada más. Terminamos llenísimos y yo, chocho. Me dieron la razón: si no les hubiese dicho que era un asado kosher, ni se hubieran dado cuenta.
Eso sí, a la hora de repartir gastos, ¡casi me matan!

Saludos,

M.

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