La prueba

Desarollo personal

“Resulta que después de estos eventos Di-s probó a Abraham y le dijo: “Por favor, toma tu único hijo, al que amas, a Itzjak, y vete a la tierra de Moriá. Una vez allí, asciéndelo para ser ofrendado sobre uno de los montes que Yo te diré”. (Génesis 22)
(En la atadura a Itzjak) se encuentra toda la gloria de Israel y su mérito frente a su Padre en los Cielos. Y es por ello que se encuentra en nuestras plegarias diarias.

Rabí Don Isaac Abarbanel (1437-1508)

¿Por qué Di-s probó a Abraham? ¿Por qué Nos prueba? ¿Por qué un Di-s que lo sabe todo precisa probar a alguien? ¿Acaso no sabe lo que hay en nuestros corazones sin probarnos?
Una prueba es una situación que demanda más de nosotros que lo que creemos que tenemos. En una prueba, si usas tu mente racional, dirías: “Esto es imposible. No lo tengo que hacer porque no está dentro del rango de mis habilidades. Va más allá de lo que soy”
No pasas una prueba con el entendimiento, con la razón. Pasas la prueba con fe sólida y con perseverancia ciega.
Las pruebas están muy ligadas a los milagros.
De hecho, en hebreo, son prácticamente la misma palabra.
Un milagro es cuando Di-s rompe las barreras de las leyes naturales y demuestra poderes ilimitados. Una prueba es cuando Di-s te invita a hacer lo mismo. Es por eso que la gente que pasa pruebas, causa que sucedan los milagros…

Hay diferentes tipos de pruebas. Todas ellas rompen barreras. Algunas pruebas hacen que la persona frene sus viejos hábitos. Otros les traen nuevas fuerzas, y una profunda confidencia en sus propósitos benéficos en el mundo.

La última prueba es aquella que lleva a la persona más allá de la última barrera: La barrera entre la creación y su Creador. Aquella fue la prueba que Abraham superó cuando se le pidió que ofrende a su hijo Itzjak.
Abraham había superado ya varias pruebas…nueve en total. De joven, había sido elegido para morir en un horno encendido por el rey más malvado de la época, Nimrod, y milagrosamente fue salvado. Durante su vida, nunca había cuestionado la justicia de Di-s, a pesar de todas las tribulaciones. A excepción de una vez, cuando demandó justicia por los habitantes de Sdom y Amorá, y así fue como superó otra prueba.

Pero la prueba de ofrecer como sacrificio a Itzjak, fue una historia aparte. Ya que esta prueba no tenía sentido alguno.
Tírate a un horno ardiendo en vez de idolatrar a un megalómano que piensa que es Di-s, has declarado algo, y esas son las consecuencias. Lo mismo con las otras pruebas…han habido maneras de promover una causa, de publicar al mundo la fe Abraham. Y como tal, quizá puede caber lugar a la duda que todo esto estuviese ligado con el ego de Abraham. Ya que, ¿Qué logro más grande puede haber que ser el fundador de la fe de Abraham?

Pero la Akedá no se ajustaba a ese perfil. La Akedá iba en contra de todo lo que Abraham defendía: que Di-s es bueno y bondadoso, que Él cumple con Sus promesas y que tiene un destino para Su mundo. Todo esto, se va por la borda cuando Di-s dice, “¡Abraham! ¿Te acuerdas del hijo que te prometí, aquél por el cual esperaste tanto tiempo? Aquél que sería el destinado en continuar lo que has empezado hasta la eternidad… ¿Recuerdas cuando te dije que escuches a Sara en contra de tus propios fundamentos sobre echar a Ishmael para que tu otro hijo pueda florecer? El hijo que has estado entrenando y enseñando durante tantos años… El hijo de tu vejez, a quien un padre ama más que a cualquier hijo.
“Llévalo a la planicie de Moriá ofréndalo sobre una de las montañas que te voy a mostrar”
Sin explicaciones, sin consuelos, sin excusas. Simplemente, hazlo. Da vuelta y destruye todo lo que has construido hasta hoy para que nunca haya otra oportunidad de volver a construirlo.

Un acto sin sentido.
Quizá podría salvarse algo. Quizá Abraham podía demostrar al mundo hasta qué extremo un hombre debe tener fe en Di-s. Al menos sería un propósito, tendría un mínimo sentido.
Pero no. Ya que, en aquella escena y lugar en donde estaría Abraham cumpliendo con el pedido de Di-s, no habría nadie. Ni un ejército, ni discípulos, ni siquiera los dos ayudantes que los llevarían hasta allí, ya que él les dijo que los espere al pie de la montaña. El momento más dramático de la carrera de Abraham sería llevado a cabo a solas.
Si es así, aquél día, Abraham superó no una, sino diez pruebas. En caso de que hubiera habido alguna duda de antemano, ahora podemos decir en retrospectiva, “Toda aquella fortaleza, tenacidad y fe de hierro que demostró Abraham frente a un desafío, no se trataba de una mera criatura humana cuyo ego provocó la superación de las pruebas”
En el lenguaje de nuestros Sabios, Abraham se había convertido en un carruaje, un vehículo de la voluntad Divina. Podríamos llegar a decir que era “transparente”. Una ventana por la cual se veía a Di-s.

Es interesante, que el cuerpo de Abraham estaba un paso hacia adelante de su mente en este sentido. Habiendo recibido su misión durante la noche, Abraham se levantó temprano y se preparó para llevarla a cabo. Preparó todo, la leña, el cuchillo, la cuerda. Todo fue calculado y razonado.
Durante tres días, Abraham caminó hasta que encontró el lugar. Se mantuvo silencioso, y no reveló su meta, ni siquiera se balanceaba cuando caminaba hacia allí, sino que iba con firmeza y decisión. Incluso una vez que su hijo se enteró de su terrible destino, no titubeó. Hacia adentro: preguntas, lucha, confusión. Hacia afuera: determinación, semblante paternal, sabio y noble.
Cuando Abraham construyó un altar de piedras, sus manos no temblaron. Cuando colocaba la leña, y ataba a su hijo en el altar, no lloró. Sólo cuando precisó el cuchillo, fue que su mano se negó, “Y tomó su mano y agarró al cuchillo”. Su mano sabía algo que su mente no sabía; que la voluntad Divina era que fuera ofrecido como sacrificio pero sin matarlo. Por eso, es que tuvo que “afirmar su mano” en contra de su voluntad, a la fuerza.
Al final, Itzjak no fue ofrendado. “Te he dicho que lo ofrezcas”, dijo Di-s, ” y lo hiciste. Ahora bájalo”. Pero los portones habían sido abiertos. Les fue posible a otros seres humanos trascender de las limitaciones de su ego y transformarse en un canal despejado para la voluntad Divina en nuestro mundo.

Han pasado cerca de 3700 años. Nosotros, los hijos de Abraham, todavía estamos vivos. Muchas páginas de nuestra historia han sido empapadas de sangre de los mártires que fueron sacrificados en los altares en el nombre de Di-s. No solo rabinos y líderes, sino también judíos simples.

En verdad, muchos de ellos hubieran vivido. No necesariamente se veían como mártires que promovían una causa. No morían por querer salvar sus principios o porque una vida sin principios no sería una vida digna de ser vivida. Ni siquiera morían para obtener una recompensa eterna.
Simplemente, ellos se veían incapaces de romper el lazo que hay con el Di-s de Israel. Como si alguien les hubiese dicho que se saquen los corazones de adentro suyo. En aquél momento, todo el mundo desapareció frente a ellos; sólo había una verdad en su conexión con Di-s y el resto, no tenía sentido.

Como escribió Don Isaac Abarbanel, líder de la judeidad española en la época de la Inquisición; “Vi muchos judíos, hombres, mujeres y hasta niños, siendo torturados y quemados en la hoguera en el Nombre Sagrado, y soy testigo que en ese momento ellos no gritaron ni expresaron dolor alguno, sino que dejaron este mundo en paz y serenidad”.

Esta es la fuerza de Abraham y de Itzjak que hay dentro de nosotros. Ya que abrieron un canal por el cual baja este fuerza hasta hoy en día. Este poder no solo de morir, sino de vivir como judíos. Este poder permanece en cada judío a pesar de la adversidad a la que Di-s nos arrojó: Ya que este es el mayor milagro: que en estos días y época todavía hay judíos, todavía nos tenemos unos a los otros, y todavía seguimos con nuestra tradición y nuestra Torá.
Es un poder que va más allá de la naturaleza, más allá del ego del ser humano.

Por Tzvi Freeman

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