Hielo en Adar

Vered Jaia Ginerman

Mi nombre es Vered Jaia, soy uruguaya, y tuve el mérito de hacer aliá a Eretz Israel en agosto del 2008. Desde ese momento vivo en el corazón de Ierushalaim. Soy estudiante de artes plásticas, educación y jasidut.

Vivir en Jerusalem

Los alegres cantos que caracterizan al mes de Adar empezaron a escucharse ya en vísperas de rosh jodesh (el primer día del mes), el pasado jueves a la tarde. La ansiedad y la emoción podían sentirse, aunque no se expresaran en palabras claras. El invierno que decidió irrumpir con todo justo en estos días tan significativos, no pudo más que los felices corazones, que latían con fuerza ante la expectativa de sesenta días de alegría extra. Porque hay que multiplicar la alegría en el mes de Adar, y este año en que se agrega un mes más al calendario, tenemos dos meses enteros en que es obligación estar más alegres que de costumbre.

Tuve el mérito de pasar este shabat en la ciudad de Tzfat, con un grupo de chicas latinas. Ya el viernes de mañana se hizo presente allí una espesa niebla, como no habíamos visto en todo el invierno, acompañada de una incesante lluvia. El viernes por la noche cuando salimos para ir al templo, no se podía ver con claridad a más de dos o tres metros de distancia. Para llegar a “Levi Itzjak”, la sinagoga principal de Jabad en Tzfat, tuvimos que subir, prácticamente escalar, por una calle súper empinada, bajo la lluvia y cubiertas por esa casi opaca niebla gris. Parecía mentira que así comenzara el mes más alegre del año. Al llegar descubrimos sin sorpresa que la parte de mujeres estaba casi vacía, sólo unas pocas jóvenes ocupaban parte de la primera fila.

Pero fue en la cena de shabat, en que empezó a romperse el hielo. Comimos en la casa de una familia americana, muy simpáticos y buenos anfitriones. Eramos muchos invitados en la mesa, la cual había sido alargada especialemente y ocupaba casi todo el espacio transitable de la sala. La cena transcurría muy amena y tranquila, como corresponde a una comida invernal. Cuando de pronto, vimos que se abría la puerta del apartamento, y un extraño gurpo humano empezaba a entrar por donde había espacio. Un hombre alto y de barba muy larga dirigía la batuta, vestido con un traje peludo, blanco con machas negras, y cantando y bailando con los brazos en alto. Lo seguía una interminable hilera de niños, algunos con gorros coloridos, y uno con una cabeza gigante de vaca, que completaba el disfraz del adulto. La incertidumbre momentánea nos dejó a todos con la boca abierta mirando el inesperado espectáculo. El hombre cantaba un alegre nigún, bailaba y giraba entusiasmadamente, igual que los niños. Habrá durado en total unos tres minutos. Cuando el jasíd ya había girado sobre sí mismo unas cuantas veces, falto de espacio para seguir avanzando, hizo un gesto de despedida con la manota de vaca, y sin dejar de cantar y bailar, empezó a dirigirse a la puerta. Todos dieron marcha atrás y pronto ya habían desaparecido, probablemente camino a alegrar otra mesa. En la casa se hizo un silencio total, que fue repentinamente roto por una divertida carcajada general.

Creo que ésa fue la llave que permitió abrir los corazones de los presentes, para empezar a sentir y expresar de verdad la alegría que corresponde a Adar. A partir de ese momento, las conversaciones se volvieron más entusiastas, las canciones en la mesa más alegres, y en fín, las caras más expresivas. No es que antes no estuviéramos contentos. O que hasta ese momento no nos hubiéramos reído. Pero parecía que el clima invernal de afuera nos estuviera haciendo más difícil todo ese asunto de la alegría. La escarcha que no nos dejaba calentarnos por completo. Fue la inesperada demostración de verdadera alegría, junto al exitoso esfuerzo por compartirla y contagiarla, que comenzó a derretirla, y nos dio pie para terminar de hacerlo nosotros mismos.

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